Elogio a la tradición en Cantigas y cárceles, de Juan Manuel Macías
Etimológicamente, "tradición" es el arte y oficio de entregar (trans/dare) y, en Cantigas y cárceles, publicado por Siltolá Poesía, Juan Manuel Macías recoge toda la retórica e imaginario de un legado cultural y literario que ha fundamentado las convenciones e influencias de nuestros textos creativos hasta el presente. El autor de Azul de enero elabora sus propias piezas de orfebrería en las que talento y oficio son más que tangibles. El título ya hace referencia a esa concepción del amor cortés en el que la amada representa una relación de vasallaje entre autor y sociedad cortesana, autor y torre de homenaje, entre motivación personal y convenciones. La despedida del amante y la cárcel de amor se convierten en ejes temáticos fundamentales dentro de un poemario que, a modo de cancionero petrarquista, desarrolla los diferentes estados y humores de quien escribe, pues se experimenta que amar es una condena, rara vez un acto de redención: "Quién aprendiera a besarte, /Ariadna enredadora/ de brañas en fino alarde (...)/ ¿Es aquí donde te escondes,/ en los labios que has mojado,/ laberinto de tu nombre?" (págs. 26-27).
Pero es esa realidad emocional ajustada a la convención de los lances de la corte y su posterior desarrollo a través del neoplatonismo la que articula todo un proceso de mitificación y desmitificación de la donna angelicata por el que poetas renacentistas y barrocos han transitado una y otra vez: "Silencio afinado y limpio, / relente de otras edades;/ afianzada osamenta/ de algo antiguo,/ innombrable" (pág. 53)
Es destacable que Juan Manuel Macías no solo preserve tipos de estrofa y la vocación latinizante de la sintaxis, sino que también encaja los tópicos y símbolos que progresan en este tipo de construcciones poéticas donde el tono arcaizante se cultiva con bastante elocuencia. Queda claro que la tradición penetra en cualquier poeta con oficio, pero aquí lo que se pone de relieve es la imitación como inventiva, la asimilación de corrientes y voces para escribir un poemario que no es ajeno a otros ejemplos claros de nuestra literatura actual, como puede ser Amor mi señor, de Luisa Castro: "Manos en vela, urdimbres de espejismos,/ o alas que en vilo elevan este sueño,/ y este largo dolor de ser humanos" (pág. 44).
Sin embargo, no quiero que se me entienda mal. No se trata solo de rendir tributo a través de la imitación, sino que Macías cultiva otras tendencias estéticas (Modernismo y vanguardias) en su percepción personal de los textos clásicos: "Abajo, en soledad de estatua y rosa, /gotea al mediodía un nuevo brillo./ Frente a un suicidio en flor de mariposa/ la diosa se ha encendido un cigarrillo" (págs. 48-49). La densidad literaria que otorga el barroco literario permite este uso de imágenes oníricas que inspiran hipérboles y sinestesias, algo que no pasó desapercibido para ningún miembro del 27. Basta recordar Sobre los ángeles, de Rafael Alberti. Una práctica que es recurrente también en autores transgeneracionales, como Miguel Hernández, Gamoneda o Juana Castro, y con la que Macías prosigue como manera de interpretar esta posmodernidad donde nada parece estar fuera de su sitio. La tradición también puede ser innovadora: "Los verbos con cascabeles/ ríen. Y la noche danza/ para acunarlos./ (No queda una estrella sin su adivinanza)" (pág. 58)