Diferencias
A veces las diferencias no se ven por un tema de coquetería. Otras veces, reconocer las diferencias es doloroso; finalmente la desinformación hace que la distancia no sea nítida.
Cuando pensamos en la palabra distancia, ¿qué nos sugiere? Distancia es un vocablo polisémico. Lo más frecuente es pensar en distancias físicas, pero tampoco es infrecuente hablar de distancias emocionales. Las tres primeras acepciones que contempla la RAE son:
- Espacio o intervalo de lugar o de tiempo que media entre dos cosas o sucesos.
- Diferencia o desemejanza notable entre unas cosas y otras.
- Alejamiento, desvío, desafecto entre personas.
Con la misma raíz, otras palabras aluden a significados parecidos, añadiendo algún otro matiz: distanciar, distanciamiento…
Cabría suponer que en el mundo globalizado en que nos hallamos no existen grandes distancias o estas se acortan, pero pocas veces en la Historia apreciamos más las distancias que ahora. O eso creo yo. Aunque los contemporáneos de un momento histórico concreto tienden a ver su propia época como la única o la más significativa de algo.
En cierto modo las distancias se han acortado. Ya no necesitamos esperar para conversar con nuestro amigo o nuestros familiares. No es necesario esperar la ansiada carta que traiga nuevas de esa persona a la que queremos. Echamos mano del móvil o de Skype, y asunto resuelto. Los viajes se han democratizado y las personas que pueden viajar son muchísimas más que en otras épocas de la Historia. Las guerras se retransmiten por la televisión, y en el salón de tu casa entra libremente el horror en diferido, uno que puedes apagar con solo pulsar el mando a distancia.
SOMBREROS CHISTERA, ELEGANCIA Y CLASICISMO
- Son muy diferentes, caballero.
El hombre interpelado arquea sus gruesas cejas, aprieta los ojos, se reconcentra, y vuelve a observar los objetos.
-No lo veo. -insiste.
- ¿Qué no ve qué…? - repregunta el dependiente de la tienda de sombreros.
-Lo que usted dice.
-A ver, señor, esto que tengo en mis manos es una chistera de gran calidad. Observe el acabado interior. Es la joya de la corona de nuestra tienda.
- ¿Y este otro? -pegunta el hombre, dubitativo, y acerca al dependiente el sombrero que él mismo tiene entre sus manos.
Con voz irritada el dependiente responde:
-El que usted tiene es un bombín. De fieltro.
Le arrebata el bombín de las manos con impaciencia y le da la espalda.
-Disculpe. Todavía no he terminado de preguntar.- Ahora el enfadado es el cliente.
-Yo creo que sí. -concluye el dependiente.
Aquella conversación de sordos deja a dependiente y cliente malhumorados, y el cliente decide irse.
El gerente de la tienda comienza a colocar los sombreros en sus baldas. Cuando aquel hombre entró en su tienda le había parecido un hombre elegante. De buena presencia y elegantes ademanes, estaba seguro de que venderle un sombrero sería coser y cantar, pero se había equivocado. Alto, de facciones agradables, sin duda su cabeza luciría bien uno de aquellos sombreros; con una sonrisa de complacencia se había imaginado a aquel caballero saliendo por la puerta de la tienda con cualquiera de sus creaciones.
Y ahora, mientas coloca un Fedora, piensa que quizá le hubiese quedado bien aquel Fedora, por su irreverencia classy. El más clásico de todos sus sombreros, pero mientras cuando entró se imaginaba al cliente vistiendo en su cabeza un Fedora por su clasicismo, ahora se lo imaginaba más por su irreverencia, la misma que había tenido al no ver las inmensas diferencias de todos aquellos sombreros. Contemplando aquel otro sombrero de copa, enteramente plana, con ala corta y curva hacia arriba, su nombre pegaba como anillo al dedo al osado cliente. Puede que un porkpie le hubiese sentado bien, más del lado del pork, que del pie. Ahora viene el sombrero que más ama: la chistera, por algo da nombre a la tienda. Esa chistera es de seda. La sitúa junto a las demás chisteras confeccionadas con materiales nobles, varias de seda, otras tres de piel castor, un par de fieltro.
El sonido de una campanilla anuncia la llegada de un nuevo cliente. ¡Vaya, una mujer muy elegante! Solo espera que sepa ver las diferencias. Haciendo para sí mismo sus consideraciones, con una sonrisa hacia la exquisita dama, el gerente se acerca a la balda de las pamelas y sombreros de mujer, y comienza a sacar diversos modelos.
Entre tanto, el cliente malhumorado camina con brío por aquella gran ciudad. Hace frio en la capital y se ajusta el abrigo. No había sido una buena idea haber ido solo. No. Pero el dependiente había sido un desconsiderado. De todas formas, había más tiendas de sombreros. Sin ir más lejos, una en la esquina de su casa. No puede desprenderse de su malhumor. Es hora de regresar a casa. Su mujer le recibe con los brazos abiertos. Adoraba a su mujer, y ella a él.
- ¿Compraste el sombrero?
-No, cariño. -responde con una mueca.
-Lo imaginaba. -dice su esposa, frunciendo los labios en un rictus deliciosamente reprobador. Un rictus maravilloso.
Su esposa era una mujer muy inteligente. Hablaba varios idiomas y mantenía conversaciones sumamente inteligentes, alguna de las cuales había causado revuelo en sus círculos cercanos. Le habían aconsejado adoctrinar a Manuela para que no fuera tan ostentosa en su forma de expresarse. Pamplinas, había dicho él a sus amigos.
-Cariño, te estoy hablando. -dice su mujer de nuevo.
-Perdona, Manuela. ¿Qué decías?
-Que ya sabía que no ibas a comprar el sombrero.
Él enarca las cejas.
-¿Lo sabías?- pregunta.
Manuela canturrea una dulce cancioncilla. Su voz dulce y melodiosa, se pierde en la distancia y regresa con una caja bastante grande. Hay unas letras impresas en el costado de la caja. Sombreros chistera- Elegancia y clasicismo.
-Pero ¿cómo…? ¿Cuándo…?
- Lo compré ayer. -responde Manuela risueña.
-¡Manuela! ¡Te dije que iba a ir hoy a comprarlo!
-Lo sé, pero hubiera apostado a que no ibas comprar ninguno. No podrías ver la diferencia.
-Manuela… -interviene él.
Manuela saca unos gruesos anteojos del bolsillo de su bata y dice a su esposo:
-Te has vuelto a dejar las gafas en casa. No, Rodrigo, no digas nada, que ya sé que no ha sido un olvido. Me encanta…- añade, besando a su marido. -Todo un gesto de coquetería.
Rodrigo mira a su esposa y le sonríe. Lo conoce mejor que nadie. Manuela sabe que cuando se trataba de mostrar elegancia nunca saldría a la calle con sus anteojos. Y así era imposible ver las diferencias.
DOS AMIGOS
En aquel restaurante dos amigos disfrutan de unas pizzas y de una conversación. Aparentemente amable, la escena transcurre sin estridencias; un análisis más profundo permitiría ver las diferencias, el mundo que les separa. Están a años luz el uno del otro, y pese a las sonrisas, ningún vínculo.
- ¿Irás mañana al partido? -pregunta uno.
-Sí. ¿Qué tal Francesca? - interroga el otro.
-Bien. Francesca bien.
Ambos saben que Francesca le importa cuatro cojones, pero hacen como si tal cosa. Francesca había hecho que se viesen cada vez menos, y que ahora no tuviesen nada más que decirse, salvo cuatro frases de relleno. Pero eso es lo que se dicen a sí mismos. Algo que justifique su distanciamiento, el desvío, la bifurcación de su amistad. Para cuando terminan de cenar, se despiden con la aparente calidez de toda la vida, pero es una amistad fría, inerte. Una amistad en que no hay comunicación, salvo rutina. Y con las frases hechas tapan sus insalvables diferencias.
DOSCIENTOS METROS
Habían ido a ver el espectáculo de Carlos Latre a la ciudad olívica. Había reservado el hotel en una página web, y se disponían a coger un taxi. Metieron las maletas en el maletero y se introdujeron en el vehículo de pago.
- ¿A dónde? - preguntó el taxista.
- Al Occidental.
- ¿Perdón? - repreguntó el taxista.
Por culpa de la puta mascarilla no podía entenderle. Estaba claro que era por eso.
-Al Occidental. -volvió a repetir ella, esta vez con más brío.
El taxista hizo un ademán de brazo, indicando un letrero a escasos doscientos metros, se giró y dijo con sorna:
-Está allí. ¿Lo ve?
Les ayudó a sacar las maletas del maletero y llegaron al hotel antes de que el taxista arrancase el motor para atender el servicio siguiente.
Las menciones a los diversos modelos de sombreros que figuran en el primer relato las extraje de un artículo de Google titulado Los doce tipos de sombreros que necesitas conocer, escrito por Fernández y Roche. @mundiario