Crisis en Eurovisión: VRT cuestiona la legitimidad del televoto y se plantea su salida
Eurovisión nació como una celebración paneuropea de la música, con el loable propósito de acercar culturas en tiempos de reconstrucción y unidad continental. Sin embargo, a día de hoy, ese espíritu fundacional parece desdibujado, atrapado entre tensiones geopolíticas, intereses comunicacionales y un sistema de votación cada vez más cuestionado. La reciente advertencia de la televisión pública flamenca VRT, uno de los dos entes que representan a Bélgica en el certamen, es sintomática de este desgaste.
La gota que ha colmado el vaso para VRT no ha sido, curiosamente, una polémica en torno a su propia actuación o resultados, sino el desencanto acumulado tras la falta de respuesta por parte de la Unión Europea de Radiodifusión (UER) a sus legítimas preguntas sobre el funcionamiento del televoto. No se trata de una denuncia directa sobre el resultado de 2025 ni de una solicitud de auditoría, como sí ha hecho RTVE desde España, sino de una preocupación más estructural: ¿puede el sistema actual resistir el embate de campañas externas, lobbies digitales o influencias políticas soterradas?
La posición belga, expresada en un comunicado que no escatima en tono crítico, pone el dedo en la llaga: Eurovisión, dicen, se está alejando de sus valores fundacionales, y lo que debería ser un certamen musical integrador se está convirtiendo en una herramienta de polarización. Y lo más preocupante: según la VRT, la UER no muestra verdadera voluntad de abrir un diálogo profundo sobre estos aspectos. La defensa cerrada del sistema de televoto como “el más avanzado del mundo” no basta si no se acompaña de una auditoría independiente o, al menos, de un proceso de escucha y transparencia que reconozca las sombras del sistema actual.
Resulta revelador que VRT no haya recibido una carta de advertencia por parte de la UER por sus mensajes relacionados con la guerra de Gaza —al contrario que RTVE—, probablemente porque supieron mantener la ambigüedad suficiente para evitar la sanción. Pero incluso en ese gesto se percibe una tensión creciente entre el deseo de las cadenas públicas de ejercer su labor social y crítica, y las restricciones que el festival impone bajo el argumento de mantener la neutralidad política.
No es casualidad que tanto VRT como RTBF —las dos televisiones que se turnan la representación de Bélgica en Eurovisión— hayan coincidido en mostrar su malestar. Si ambas emisoras, con bagaje europeo y sensibilidad democrática, se plantean revisar su continuidad en el certamen, es que el problema va mucho más allá de una edición concreta.
Eurovisión, si quiere sobrevivir como espacio cultural legítimo, no puede seguir escudándose en la supuesta neutralidad técnica de sus mecanismos. Necesita abrirse a una reflexión seria sobre cómo garantizar la integridad del voto popular, cómo evitar manipulaciones políticas o propagandísticas, y sobre todo, cómo recuperar su vocación de espacio de encuentro, y no de confrontación soterrada.
La música, dicen, une. Pero no puede hacerlo si el escenario donde se interpreta está lleno de grietas, sospechas y silencios. @mundiario



