La casa como metáfora existencial en cabaña mínima/cabañas escritas

Escribe Lola Irún: "Soy la niña callada que tiendo en la azotea un sostén pretoriano".
cabaña mínima/ cabañas escritas./ La Garúa
cabaña mínima/ cabañas escritas./ La Garúa

Si algo es posible a través del lenguaje, lo es a través de la poesía. Desde convertir el universo en una cáscara de nuez a hacer de mi mundo, una casa, la cabaña, la cabaña mínima, con sus habitáculos y recovecos, donde todo sucede porque hogar y creador son prolongación de ese mundo. Quizá, origen. Prolongación y origen al mismo tiempo. Sencillamente, porque la realidad la penetra, la indaga, la redescubre, la cabaña, una y otra vez desde su marginalidad o desde el fulgor de su núcleo, o de sus diversos núcleos.

Publicado por La Garúa, cabaña mínima/ cabañas escritas, de Lola Irún, es un poemario sobre la relectura del pasado y de los lugares que, en la naturaleza y al margen de la misma, acontecen como escenarios renovados una vez que la madurez ha acabado con los bondadosos asideros de la infancia. La incertidumbre, la amenaza y otras posibilidades de mundo se dan ahí a través de una sintaxis versátil y multiforme, con una brillantez en la que destaca la riqueza léxica, pero con contención, sin apenas barroquismo: "En la existencia, la escritura,/ retirar/ las ramas sobrantes." (pág. 111). Lo que es relevante en el texto poético de Irún es que la casa y la naturaleza se funden en una misma realidad metafórica, en un espacio simbólico, íntimo, introspectivo, que pertenece solamente a quien dice: "Esa presencia grácil rondando por la casa:/ dichosa en el estudio, / resuelta en la cocina,/ feliz con sus manos de tierra/ plantando tulipanes,/ y en la noche de negro,/ con los labios tan rojos,/ subida a unos tacones de jirafa/ sorprende/ al marido,/ algunas veces". (pág. 21).

Lo íntimo es la casa, la cabaña, las cocinas, las azoteas, pero también lo es esa mirada inspirada que absorbe lo que existe afuera y presiente que el pasado es lastre, memoria y estigma, porque la infancia, territorio de la ingenuidad, ya ha sido, y lo que queda es la sabiduría, la experiencia, vivir conociendo, lo más arduo verdaderamente, porque la protección de la candidez y la inexperiencia se han volatilizado: "Ventanas fértiles, luz natural, / lilas en la mirada, aceites de Pompeya./ Estos versos no son/ espejos empañados de mi alcoba". (pág. 26).

Conocer es sufrir. Tan desalentador como habitar la casa de uno sin nadie reconocible, la casa vacía, la casa erosionada, macilenta, la casa grande de Rosana Acquaroni, trepanada por sombríos recuerdos, la casa quemada, analogía de un pathos que representa el declive de un ímpetu al que la erosión de vivir confina a una sola acción, a la de la pausa que requiere escribir: "y ese tapiz de pólvora/ hundiéndose/ en sus escamas/ cuentan diligentes/ el verde ralo/ de mi infancia". (pág. 69). El poemario de Irún destaca formalmente por esa fusión de modernismo y vanguardia para elaborar unas imágenes recurrentes en diversos poemas (pájaros, plantas, agua, libros). Se crea así un imaginario propio en el que el ansia de la fuga y romper con la incertidumbre compiten con la necesidad del enclaustramiento y del retiro personal para reflexionar sobre lo vivido, lejos de la sublimación y del idealismo que representa el regreso a la infancia. Qué distantes estaban el anhelo y la perversión que engendran la madurez y el juicio: "Hallar en la tensión/ de la experiencia y el lenguaje/ la intuida oquedad". (pág. 100).

Pero la obra de Irún no se queda solamente en un legado poético, sino que comprende también una serie de breves ensayos (cabañas escritas) en los que la casa se convierte en el motivo temático de inquisiciones y sondeos sobre biografías de artistas en los que la intimidad de un habitáculo catalizó su proceso creativo. Desde la cabaña en Richmond donde escribía Virginia Woolf hasta el refugio bucólico de Thoreau en su bosque lacustre. Esta prosa sin ambages ilustra cada uno de estos episodios vitales que, sin duda, justifican la poesía que Irún ha dejado en su cabaña mínima como exégesis de los diferentes significados de hogar.

Porque el hogar familiar es la mirada de dentro hacia fuera que per se exige el trabajo poético. Pero también es la interiorización de ese fragor de la vivencia que continuamente se abre desde ese vértice, desde esa casa encendida donde todas las cosas parecen estar exactamente colocadas como estarán dentro de un año; o quizá no, o quizá nunca lo estuvieron, o quizá no pertenecen a la realidad, sino que son impresiones de la realidad aprehendida por su hacedor, usurpaciones, objetos a la deriva que la palabra concibe como inéditos: "la límpida conducta, unas manos cruzadas:/ la escucha  se hace cuerpo". (pág. 57) @mundiario

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