Austria se corona en Eurovisión: una victoria queer en un certamen que teme la libertad

Johannes Pietsch, más conocido como JJ, ha cautivado a Europa con Wasted Love. / @eurovision.
La victoria de Austria con la  interpretación de JJ en Wasted Love ha marcado una edición de Eurovisión atravesada por la política, el debate de la libertad artística y una desconexión entre el jurado y la audiencia. España naufraga con Melody y su Esa diva, que apenas consigue 37 puntos.

La edición número 69 de Eurovisión ha confirmado lo que desde hace años se viene intuyendo: el festival ya no es sólo una celebración de la música, sino un campo de batalla simbólico donde se entrelazan tensiones culturales, identidades en disputa, lecturas políticas y una evidente lucha entre el entretenimiento y el compromiso.

Austria se alzó como ganadora gracias a una propuesta que ha sabido conjugar una interpretación vocal exigente con una estética escénica impactante. Johannes Pietsch, más conocido como JJ, ha cautivado a Europa con Wasted Love, una balada dramática interpretada en clave de contratenor queer, que mezcla lo lírico con lo urbano y cuya escenografía—ideada por profesionales españoles—evocaba el naufragio emocional tras una ruptura. El resultado: 436 puntos y el reconocimiento unánime del jurado profesional.

Pero si algo ha evidenciado esta edición es el divorcio creciente entre los expertos y el público. El televoto, claramente más receptivo a las emociones directas que a la sofisticación técnica, dio casi la victoria a Israel, que volvió a polarizar a la audiencia europea con una propuesta moderada en lo musical, pero altamente conflictiva en lo simbólico. La representante israelí, Yuval Raphael, ha afrontado una semana bajo abucheos y protestas por la guerra en Gaza. Pese a la presión, su actuación fue sobria y sin fallos, aunque sin el impacto artístico que se espera de un ganador.

La televisión pública española, RTVE, ha tenido un papel destacado fuera del escenario. La tensión con la Unión Europea de Radiodifusión (UER) por mencionar el conflicto palestino ha tensado las costuras diplomáticas del evento. Pese a las amenazas de sanción, España lanzó un mensaje en apoyo a Palestina, lo que, junto con otras posturas reivindicativas dentro del festival, ha hecho que esta edición adquiera un aire de disidencia soterrada frente al intento de despolitización de la UER. Curiosamente, el mismo organismo ha censurado referencias explícitas al colectivo LGTBI+ y ha forzado cambios en vestuario y letras por consideraciones “morales”, mostrando un doble rasero difícil de justificar.

En cuanto a la representación española, la historia se repite con un sabor amargo. Melody, con una impecable ejecución de Esa diva, no ha conseguido conectar con Europa. Su antepenúltima posición, dos escalones por debajo de Nebulossa en 2024, ha generado perplejidad. No por la calidad del número, que fue milimétricamente ejecutado, sino porque su propuesta parecía desfasada frente a una Europa que ya no aplaude lo que antes adoraba. La jefa de delegación española, Ana María Bordas, ha defendido a la artista, pero quizá el problema esté más en la estrategia que en la intérprete. España sigue sin entender que Eurovisión ya no premia lo "latino" como hace una década.

En los márgenes del espectáculo, países como Portugal, Letonia o Francia ofrecieron alternativas serias, artísticas y coherentes con una visión más clásica del festival. En el otro extremo, propuestas excéntricas como la de Suecia con su oda absurda a la sauna, o la de San Marino con su caricatura del italianismo más rancio, pusieron la nota surrealista a una gala que a ratos parecía no tomarse en serio ni a sí misma.

El debate de fondo, sin embargo, es más profundo: ¿qué es hoy Eurovisión? ¿Una plataforma para descubrir talentos? ¿Una maquinaria de espectáculo? ¿Una vitrina ideológica? Quizá todas a la vez, y por eso sufre las tensiones de quien no sabe definirse. La fractura es evidente. Suiza, anfitriona y símbolo del nacimiento del certamen en 1956, ha sido también testigo de su transformación. Desde el clasicismo de Lys Assia al icono queer y no binario de Nemo, Eurovisión ha pasado de ser un remanso de paz postbélica a una arena donde se representan las pugnas sociales de nuestro tiempo.

El episodio con Malta es significativo: la UER obligó a cambiar el nombre del tema Kant (con eco involuntario en el alemán y el inglés), eliminando cualquier ambigüedad provocadora, mientras toleraba actuaciones de corte hipersexualizado si el cuerpo en escena era masculino. En paralelo, el acceso restringido de los medios a los artistas durante la semana eurovisiva ha hecho sospechar que los organizadores no sólo intentan controlar el espectáculo, sino también el relato.

Y sin embargo, pese a las contradicciones, Eurovisión sigue siendo una plataforma cultural única. Permite a países pequeños como Estonia o Letonia obtener visibilidad, ofrece a artistas disidentes un escaparate sin igual y, sobre todo, sigue despertando pasiones en millones de hogares.

JJ, desde la Ópera Estatal de Viena, ha demostrado que la excelencia artística y la sensibilidad emocional todavía pueden ganar, incluso en un escenario cada vez más complejo. Austria no sólo ha vencido; ha recordado que en medio del ruido, la música aún puede decir algo auténtico.

Y eso, en 2025, ya es mucho decir. @mundiario