Juan José Vázquez-Portomeñe: "El antídoto frente a la pseudociencia es el pensamiento basado en pruebas"

Juan José Vázquez-Portomeñe Seijas, autor de El derecho frente a la pseudociencia. / Mundiario
Juan José Vázquez-Portomeñe Seijas, autor de El derecho frente a la pseudociencia. / Mundiario

Firme apuesta del jurista gallego Vázquez-Portomeñe Seijas por combatir "sin ambages" teorías que se usan para "engañar y perjudicar a terceros".

Juan José Vázquez-Portomeñe: "El antídoto frente a la pseudociencia es el pensamiento basado en pruebas"

Juan José Vázquez-Portomeñe Seijas (Lugo, 1970) es abogado del Estado y letrado de la Xunta de Galicia. Es, asimismo, vicepresidente de Círculo Escéptico, asociación dedicada a combatir la pseudociencia. Con el libro titulado El derecho frente a la pseudociencia, publicado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), se ocupa del modo en que el derecho trata "los engaños perpetrados bajo el cobijo de la pseudociencia" y analiza los medios que ofrece para combatirlos. Porque como explica en esta entrevista concedida a MUNDIARIO cree en "lo que ha sido probado" y descree (provisionalmente y a la espera de pruebas) "de lo que no".

– ¿Qué lleva a un jurista profesional a escribir sobre pseudociencia?

– La unión del rechazo que, como jurista y ciudadano, me produce el engaño, del que la pseudociencia es una de sus posibles formas, y la posibilidad, tras muchos años de lectura sobre ciencia, de separar esta de la pseudociencia. Creo que la singularidad de ‘El derecho frente a la pseudociencia’ estriba en situarse en la intersección de dos disciplinas bien diferentes, la ciencia y el derecho.

– El derecho y la ciencia parecen, en efecto, disciplinas distantes, pero se necesitan, ¿no es cierto?

– La ciencia, como cualquier otra actividad humana, necesita al derecho para regular las relaciones entre quienes intervienen en sus procesos. Y el derecho necesita de la ciencia para entender y poder así disciplinar correctamente realidades creadas por aquella, que son casi omnipresentes en el mundo contemporáneo.  

– Una de las definiciones del derecho es “el arte de lo bueno y equitativo”. ¿Cree, realmente, que se ha conseguido cumplir con “lo bueno y equitativo”, sobre todo este último adjetivo?

– Esa definición, acuñada por Celso en el siglo II, alude al derecho como ideal filosófico o moral, pero, empíricamente, el derecho es un conglomerado de normas creadas, en las sociedades democráticas, por las mayorías políticas y sociales. Así que, teóricamente, el derecho en vigor en cada momento debiera responder al criterio de estas sobre lo que es justo, pero tal criterio puede mudar con el tiempo y no será necesariamente compartido por distintas minorías. Así que, a la postre, si el derecho es o no justo lo decide la opinión dominante en cada momento y en cada sociedad. 

– ¿Existen, en general, recursos jurídicos suficientes para actuar frente a la pseudociencia? Hay teorías que se exponen pero que no tratan de hacer negocio con ellas… Imagino que ahí el derecho poco puede hacer, ¿es así?

– La pseudociencia es relevante para el derecho cuando se usa para engañar y perjudicar a terceros. Frente a ello la ley ofrece sobrados recursos para castigar al embaucador y resarcir a la víctima. Pero si ese no es el caso, el discurso pseudocientífico, salvo que revista un contenido injuriante para alguien en particular, no está amparado por el derecho, que solo tutela la información veraz, pero tampoco castigado. Si alguien, por ejemplo, sostiene, con argumentos pseudocientíficos, que la Tierra es plana, las leyes no ofrecen medios para castigarle u obligarle a retractarse. Ni, en realidad, tiene por qué hacerlo.  

– ¿Cree que hay alguna posibilidad de que el concepto ‘pseudociencia’ tenga en ocasiones un matiz subjetivo?

– Pienso que no. Pseudociencia es aquello que se pretende parte del acervo científico, el fruto del consenso de la comunidad científica, sin serlo. Cuando una práctica o doctrina se jacta en falso de tal pertenencia puede y debe ser calificada como pseudociencia, sin margen de duda. 

– De lo que me he dado cuenta al leer su libro es que vivimos rodeados de pseudociencia. ¿Querer acabar con ella es una batalla perdida?

– En absoluto. Por buenas que sean las leyes contra el crimen seguirá habiendo delitos y por eficaz que sea la medicina seguirán existiendo enfermedades y sufrimiento, pero eso no significa que luchar contra los delitos, la enfermedad o el sufrimiento sea inútil. Se trata de reducir tales males a su mínima expresión posible y, en el caso de la pseudociencia, esa meta queda aún muy lejos. 

– ¿Al igual que la medicina preventiva, existe el derecho preventivo, que no se base solo en sanciones altas que impongan cierto respeto o miedo?

– Desde luego. La sanción ha de ser el último recurso. Las regulaciones legales deben, ante todo, dificultar el ilícito que obliga a imponer una sanción. Por ejemplo, sometiendo a severo control y autorización la práctica de la pseudomedicina se evitarán los males inherentes a su ejercicio. La aplicación del derecho punitivo es prueba del fracaso del preventivo, aunque tal fracaso pueda no serle imputable.    

– En la publicación del CSIC, dice que no está dirigida “a juristas y científicos, sino a cualquier interesado en el combate legal contra los engaños amparados en la pseudociencia”. ¿Existe algún antídoto contra ella?

– Por supuesto. El antídoto frente a la pseudociencia es el pensamiento basado en pruebas, que da a cada afirmación el valor que le otorguen aquellas que la respaldan. Un protocolo mental que obliga a someter cada afirmación a un escrutinio básico: ¿cuál es su fuente?, ¿qué pruebas la respaldan?, ¿qué solidez revisten estas? Su uso permite que la pseudociencia, o cualquier otra forma de desinformación, se desmorone con estrépito.

– Imagino que la voluntad formaría parte de ese antídoto…

– Es su alimento. Practicar un pensamiento basado en pruebas está al alcance de cualquiera, pero sus consecuencias, y ahí radica el mayor obstáculo, pueden no resultar siempre gratas. Creencias que se tienen en gran estima podrían venirse abajo tras pasarlas por tal filtro y eso puede resultar disuasorio.

– Por curiosidad, ¿cuándo tuvo conciencia de que el mundo estaba impregnado de algo que jugaba a ser ciencia?

– Creo que todos los niños “curiosos” de mi generación nos expusimos al tiempo a la ciencia y la pseudociencia. En los años 70 y 80 la divulgación sobre 'el misterio', ese oscuro objeto de atracción, mezclaba con toda naturalidad la astronomía con la parapsicología o la física con la criptozoología o la ufología. Los programas de Jiménez del Oso no nos parecían muy diferentes (de hecho, eran aun más interesantes) que los de Félix Rodríguez de la Fuente. Solo con el tiempo y las lecturas uno comenzaba a dotarse de las herramientas del pensamiento crítico y a advertir que no es oro todo lo que reluce. Y, por cierto, no todo el mundo, porque hay quien aún sigue en el punto de partida. En mi caso, a los 15 o 16 años la narrativa del misterio pasó a formar parte de la novelística. Pero la actual pseudociencia es mucho más peligrosa por los bienes que pone en peligro y su influencia no ha dejado de crecer. De ahí la necesidad de combatirla sin ambages.     

– ¿A medida que pasa el tiempo es más escéptico? ¿En qué cree usted?

– El término ‘escéptico’ no significa, naturalmente, descreer de todo, lo que sería un puro contrasentido, porque uno debería comenzar por descreer del propio escepticismo. Desde mi perspectiva, el escepticismo equivale al pensamiento basado en pruebas. Así que yo creo en lo que ha sido probado y descreo (provisionalmente y a la espera de pruebas) de lo que no. Pero, desde luego, el escepticismo se ciñe a las afirmaciones de hecho. Los criterios morales o los juicios de valor, por ejemplo, caen fuera de su ámbito. Que la renta per cápita de Corea del Sur es muy superior a la de Corea del Norte es un hecho, pero puede que, pese a ello, haya quien prefiera vivir en esta en lugar de aquella. El enfoque escéptico puede decir mucho sobre lo primero, pero nada sobre lo segundo. Con el tiempo, en efecto, me he vuelto más escéptico porque he apostado con mayor énfasis por el pensamiento basado en pruebas. Pero fuera del perímetro de este se sitúan cuestiones cruciales (como, por ejemplo, el papel y los límites de la libertad o del deber, por ejemplo) que yo, como cualquiera, no puedo pretender afrontar con pruebas, porque tales temas no las admiten, sino con valores o principios que son míos y pueden no ser compartidos por otra gente igual de escéptica, por lo demás. @mundiario

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