Algunos hombres buenos

Una imagen de la guerra en Ucrania / Archivo
Una imagen de la guerra en Ucrania.
Algunos hombres buenos es el título de una película de guerra de los años noventa, que dieron lugar a producciones cinematográficas impresionantes. Un  Hollywood esplendoroso.
Algunos hombres buenos

En aquellos -todavía dorados y taquilleros años de Hollywood- Tom Cruise, Demi Moore y Jack Nicholson compartían estrellato.   Un marine de los Estados Unidos fallece en circunstancias extrañas y Tom Cruise es el encargado del caso, de defender a dos marines- compañeros del fallecido- por haber aplicado a su compañero un código rojo (una medida disciplinaria, extraoficial muy fuerte). Más allá de ciertos excesos melodramáticos es una buena película, y muchos de sus diálogos invitan a la reflexión.

“Vivimos en un mundo que tiene muros y esos muros han de estar vigilados por hombres armados. ¿Quién va hacerlo? ¿Tú?”  ¡Qué frase tan actual! Los muros siguen hoy más vivos que nunca. El speech soltado por uno de los personajes del film en cierto momento de la película, plantea varios interrogantes. ¿Es lícito cualquier tipo de preparación para una guerra? El marine fallecido era débil, más débil para el entrenamiento que otros. ¿Era justo que se le hubiera aplicado un código rojo precisamente por serlo? ¿Es justo que se aplique un código rojo a alguien en la preparación para una guerra? Unos soldados que están siendo adiestrando para un combate no van a recibir instrucciones acarameladas, una medalla por buena conducta, o un beso de buenas noches antes de dormir, pero ¿es conveniente, incluso, necesario un rigor semejante? En la película, el muerto era físicamente débil. Por el hecho de que le apretasen más no mejoraría su rendimiento, sino más bien al revés.

“Nosotros usamos palabras como honor, código, lealtad… Los usamos como columna vertebral de una vida dedicada a defender algo” sigue diciendo el mismo personaje, para después recriminar al “hombre que se acuesta bajo la manta de la libertad que le proporciono y después cuestiona cómo la proporciono”

Aunque pudiera escandalizar, algo de verdad hay en esas palabras. No queremos ver las atrocidades de la preparación para una guerra y mientras sepamos que estamos protegidos nos da igual. Miramos para otro lado, pero luego nos rasgamos las vestiduras cuando vemos efectos colaterales atroces. Y toda muerte lo es. La guerra es el infierno y la preparación para ella- seguramente- algo parecido al purgatorio. El vehemente personaje -interpretado de forma excelente por Jack Nicholson- sostiene algo insostenible por dos motivos: el tiempo en que se aplica el código rojo y la actitud personal de quien lo ordena.

No es lo mismo tiempo de paz que tiempo de guerra. Un tiempo de paz, aunque preceda a una guerra no es lo mismo que un tiempo de guerra. Y la preparación para una guerra todavía es tiempo de paz. La guerra material es sórdida. No hace falta más que ver las imágenes trasmitidas por la televisión, y no son más que imágenes. Nos ponen los pelos de punta y apagamos el televisor. Imagina vivir eso. Ya no es que la guerra sea nieve roja, como dije en otro artículo. En el fondo, la nieve es de color negro. Es la consecuencia a una decisión atroz, desprovista de toda humanidad. Así se entiende lo que Pérez- Reverte dice de los hombres en una guerra. Pueden ser héroes y al instante siguiente villanos. Se trata de una cuestión de supervivencia. Seguro que se ha dado el caso de haber matado a los del propio bando.

El precioso artículo de Pérez- Reverte titulado “Hombres” hace un pequeño homenaje a los hombres de esta guerra y, en el fondo, de todas las guerras, pues como muy bien dice (porque las conoce) toda guerra es en el fondo la misma guerra. Yo no he tenido que vivir en primera persona ninguna guerra, pero el escenario de toda contienda bélica es la incertidumbre, la muerte y la destrucción, con alguna dosis de humanismo entre medias. Entonces, los elevados principios como el código, la lealtad, el honor se deshacen como arena en las manos. Las mismas que pisa el soldado en la contienda. Ante una guerra material desaparecen los códigos, ya que el único código que existe es el sálvese quien pueda. Los endebles principios sobre los que se asienta la preparación a una guerra se deshacen como papel mojado. ¿Qué le importa ya al soldado que entra en combate el honor o la defensa a su patria?

“Jodida gente.  No tenéis ni idea de cómo defender una nación. Lo único que habéis hecho es debilitar un país” El personaje que dice esas palabras no entiende o no quiere entender qué está pasando. Se aferra a sus rígidas ideas. Y, sin embargo, es débil. Es fuerte por fuera, pero es un bravucón. Probablemente ha tenido que serlo en sus condiciones de vida y en su escalada en la compleja jerarquía militar. Pero es más débil que el marine muerto, y buena prueba de ello es que deja en la estacada a sus dos subordinados que se sientan en el banquillo por una orden que dice no haberles dado. Su actitud personal, llena de contradicciones, muestra que no es persona, o que su persona es un totum revolutum.

La guerra que todos seguimos a través de la televisión me ha hecho reflexionar sobre los hombres de la guerra. Llevaba una semana dando vueltas a la idea de hablar de los hombres y su papel crucial como soldados en una guerra. Reverte me “quitó“ el título, obligándome a cambiarlo. Como mujer, y, sobre todo, como persona quiero agradecer a todos esos hombres que nos defienden en una guerra. La naturaleza ha dotado, en general, de más fuerza física a los hombres que a las mujeres (a nosotras nos ha dado una mayor resistencia). En la prensa y en las imágenes de los televisores vemos que la mayoría de soldados son hombres. Algunas mujeres también, pero la mayoría de las mujeres protegen a sus niños. Se me encoge el corazón cada vez que veo imágenes de niños gritando y corriendo. No me detendré más en esta barbarie porque creo que los que no estamos inmersos en una guerra debemos colaborar de otra forma, no incitando al odio o alimentando tristeza, sino viendo la poca luz que se pueda ver en una guerra.  

Por suerte, incluso en una guerra, en un humano sigue habiendo luz. Por eso me parece ridículo que Facebook haya dado veda abierta al odio contra los soldados rusos o ucranianos. ¡Menuda estupidez! Puede que en el contexto de la guerra ese soldado necesite el odio como munición para matar al otro, pero los demás, ¿ayudaremos en algo destilando odio? ¿De verdad así podrá sofocarse una guerra? Todos contribuimos a apagar o alimentar el fuego del bosque de la guerra. A nadie se le ocurriría apagar un fuego con más fuego. Entonces, ¿cuál es la diferencia? Claro que, si justificas, si te dices: tengo derecho a odiarle- estás perdido. Te pierdes dentro de los límites de tu justificación. Odiar a los soldados rusos. Odiar a los soldados ucranianos, no a los civiles. Esa es la consigna. Es espantosamente estúpido y ridículo. ¡Si ellos están para contener! ¿Odiarías a un bombero que va a apagar el fuego? En tal caso odiarías el fuego. Es lo mismo. Odia la guerra viendo su sinsentido. El soldado ruso o ucraniano al que odias puede que sea un peón más en el odioso juego de la muerte llamado guerra. Puede que quiera participar en la batalla porque tiene sentimientos patrióticos, aunque a medida que participe en ella pierdan todo su significado. En cualquier caso, ¿ha empezado él la guerra? ¿Quién ha tomado la decisión de combatir? Como parte de un sistema, todo soldado se ve obligado a combatir. No queda otro remedio.

Hombres de la guerra

¿Dónde están los

hombres de la guerra,

dónde las banderas?

Se hallan

ocultos,

agazapados

desesperados en la espera.

Niños, mujeres,

gritos desgarrados

tapados

en el fragor

de la contienda.

Pero tú,

soldado fuerte,

valeroso patriota,

defiendes tu nación entera.

¿Dónde está tu dirigente?

No, él no pelea.

Soldado valiente y hermoso,

carga en tu espalda la bandera;

en tu corazón,

tu mujer y tus hijos.

Por ellos,

por quiénes peleas.

Por ellos,

por todos nosotros.

Pelea, valiente, pelea.

Gracias a todos los hombres -soldados de la guerra- A todos, sin distinción de raza, color, nación o ideología política. La guerra no la han iniciado ellos, pero cargan con el peor peso de esta nieve roja, que en su implacable destrucción es negra. De todo corazón, gracias al soldado, y todavía más, gracias al hombre, el humano que hay detrás.

Seguimos viviendo en un mundo que tiene muros, porque desconocemos nuestra humanidad. No abrazamos la humanidad que nos caracteriza y, divididos para nosotros mismos, estamos también divididos para los demás. Conecta con tu humanidad porque cuando lo hagas verás que tu humanidad es reflejo de la de los demás y viceversa. Solo conectando con el humano que eres irá desapareciendo la necesidad de la guerra. Humano frente a humano. No más guerra. @mundiario

Algunos hombres buenos
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