Hemos llegado a la parte cúlmine de la primera etapa en la que hemos dividido la saga Rápido y Furioso, y es que la entrega Tokyo Drift (Tokyo Race en España y Rápido y Reto Tokio en Hispanoamérica) llegó para demostrar el camino que tomarían las siguientes películas, cambiando principalmente de estilo.
Justin Lin sería el encargado de presentar frescura a la saga, en una película protagonizada por Lucas Black, Bow Wow, Brian Tee y Sung Kang; escrita por Chris Morgan. Esta entrega fue la primera de la franquicia que se despegó de los personajes de sus antecesoras, trasladando la historia de Estados Unidos a Tokio, Japón.
Sinopsis
Sean Boswell (Lucas Black) es un apasionado por las carreras callejeras; sin embargo, su pasión se convierte en vicio, lo que va involucrando a su familia en Estados Unidos en problemas legales y mudanzas continuas; ante un ultimátum, Sean debe elegir entre ir a la cárcel o mudarse a Tokio, Japón, con su padre.
Al escoger la segunda opción, descubre un nuevo e increíble mundo en las carreras de derrapes, un fenómeno importante en Japón; pero su ignorancia en el tema lo lleva a desafíar al Rey del derrape, Takashi (Brian Tee) a correr, terminando en deuda con uno de sus socios comerciales, Han Seoul-Oh (Sung Kang), quién está buscando a alguien fuera de la influencia de Takashi en quien confiar.
Tokyo Drift reivindicó la saga
Esta es posiblemente la película más destacada y reconocida de esta primera etapa, y es que se trata de la entrega que demuestra lo inteligente que es esta saga. A partir de aquí cada película va aprendiendo de su antecesora y da paso a la evolución narrativa.
Tenemos a un protagonista nuevo, así como una historia alejada de lo que ya teníamos presente en dos precuelas, lo que permite demostrar una nueva identidad que si bien funciona bajo el mismo título, parece estar muy alejada de lo que conocíamos.
Vemos una intención en cada aspecto de la película; por un lado tenemos más estética, con encuadres que ambientan, una paleta de colores fríos, música y estilo en autos que enmarcan una esencia; pero también, nos muestran el desarrollo de personaje, hay causas y consecuencias que motivan al protagonista a aprender.
Ahora, nuestro “héroe” no tiene respaldo, debe valerse por sí mismo, pero sobre todo, debe enfrentarse a sí mismo, pues es el único responsable de sus actos, y sabe que sus impulsos lo llevarán a la muerte; pero esto no queda al aire, porque se ve reflejado en las carreras, ya no se trata de ser el más rápido, sino el más hábil, debe aprender a hacer drift, así como debe aprender a manejar sus emociones.
Este desarrollo de personaje funciona, porque la saga sabe adaptarse a las tendencias, la película llegó en 2006 cuando la cultura de los autos y el tuning que había generado la primera entrega estaba desapareciendo; y aún así, triunfa.
A pesar de que los autos son la motivación principal del protagonista, vemos que estos comienzan a quedar de lado con la historia que hay aparte; por ende las carreras dejan de ser tan controladas, y las persecuciones ponen en riesgo a civiles.
Finalmente, podemos destacar la evolución en cuanto a los efectos especiales, pues si bien en las primeras se limitaban a mostrar el funcionamiento de los autos, aquí comienzan a funcionar más para la ambientación, para poner en contexto en las carreras y aportan a la estética de la ciudad, pasando a ser más artísticos que de relleno.
¿Todo es bueno en esta película?
Claro que no, en esta como en miles de películas, hay cosas que no funcionan; los actores podrían ser un ejemplo de ello, pues no demuestran un papel espectacular; el desenlace es un poco flojo, y la cinta en sí, no deja de ser un éxito taquillero.
Sin embargo, no se puede negar que se trata del cambio más significativo de la saga, que se sumó como otro gran éxito taquillero, y que, a pesar de todos los cambios cierra con la aparición de Dominic Toretto, generando expectativas a los fanáticos de la franquicia. @mundiario


