El Grupo Dogma 95, formado por diversos directores daneses, supuso la última revolución que se ha formalizado en el cine. Si no tuvo mucho recorrido —al menos, en sus normas más rigurosas—, sí que probablemente haya tenido cierta influencia en algunos cineastas o películas concretas posteriores. De aquel impulso innovador quedaron, por orden de importancia, según mi criterio, tres películas muy destacables: Celebración, de Thomas Vinterberg (1998); Los idiotas, de Lars von Trier (1998); y Mifune, de Soren Kragh-Jacobsen (1999). La de Vinterberg fue la primera que vi, y me produjo—como creo que nos pasó a todos— una gran impresión.
Celebración, vista ahora, pasados más de veinte años, sigue conservando su tremenda fuerza. A estas películas, dadas a la exageración, que inciden —reiterada o crecientemente— en el dolor más escandaloso, con tal de conmocionar al espectador y mostrar las miserias de la psicología humana, se las suele tachar de tremendistas. Y, desde luego, que esta historia está plagada de situaciones incendiadas por unos personajes que, sin freno, buscan un objetivo que los resarza del trauma, del dolor o de su propia mezquindad. No obstante, este argumento que plantea reacciones inopinadas y extremas, no me parece morboso, sino que supone una impactante denuncia de la terrible agresión pederasta, de la impunidad y de la hipocresía que reinan sin oposición.
Y es que lo que se representa aquí no es solo una acusación largamente diferida en los años —ya sea por miedo o por esa paradójica vergüenza que, en estos casos, padece la víctima—, sino el momento especial en la que se realiza, esa fiesta de cumpleaños en el que el pederasta será homenajeado por su familia y amigos. A la denuncia se suma, pues, la venganza, el escarnio infligido a ese padre burgués, a ese patriarca que sabemos que está adscrito a la Logia, y que ha paseado su aparente inocencia durante casi tres décadas. El detonante de la resolución que toma Christian, su hijo, es el reciente suicidio de su hermana, derivado de la irresoluble herida causada por la perversión de su padre. Ahora, ya no puede seguir callando. Aprovechará la ingesta de alcohol para envalentonarse. Su hermana y él fueron la carne objeto de aquellas irreparables agresiones sexuales, las víctimas de su eco infinito.
Ya el principio de la película nos sume en una violencia que paralelamente acompañará al ritual de celebración más solemne y tradicional, fundado en las apariencias. Cuando Michael ve a su hermano Christian andando solo por la carretera, en dirección al hotel familiar donde se celebrará el evento, detiene el coche y echa brutalmente a su mujer y a sus tres hijos del mismo, para meterlo a él. El taxi que lleva a la otra hermana, a Helena, adelantando temerariamente a los demás coches, obedeciendo la juguetona sugerencia que le ha hecho ella. Pero, junto a la aparición de elementos funestos, como la habitación y la bañera en la que se produjo el suicidio, también nos adentramos, en esta historia tan dramática, con cierto humor. Así, el personaje del servil y patidifuso recepcionista del hotel propiedad del patriarca, en donde se va a celebrar la fiesta. Y también otros invitados, como los padres del homenajeado, con sus facultades mentales un tanto enflaquecidas, hasta el punto de —en medio de la conmoción que se producirá— proseguir con sus malos chistes o sus impertérritos cantos.
Podríamos decir que es esta una película coral, pues son muchos los personajes que tienen un papel suficiente para aportar significación a una historia que lo que pretende es burlarse de tantas actitudes inauténticas y cobardes. Así ese maestro de ceremonias alemán, que se toma tan en serio su papel, y me recuerda a la orquesta del Titanic, en ese absurdo cometido de mantener el programa de una fiesta que, desde el primer momento, requeriría más del luto que de la protocolaria alegría. Junto a los burguesitos invitados, está el mundo de la cocina, en el que habitan los empleados, que, sumados al servil recepcionista, representan a una clase inferior, pero que ha tenido el privilegio de observar de cerca la comedia que ha compuesto la familia a lo largo de los años. El chef es otro personaje curioso. Necesita emborracharse para soportar su propia sumisión a tan vergonzante pantomima. Tiene una especial amistad con Christian, que proviene de su infancia, hasta el punto de que espera de él precisamente lo que finalmente hará: denunciar esas agresiones traumatizantes. Y luego los dos hermanos: Helena y Michael. Este es un joven que denota todos los odiosos defectos de un niño de papá: caprichoso, mujeriego, machista, anárquico, informal, racista, pendenciero con quien se ponga delante; pero que es, a la vez, sumiso con su padre, siempre necesitado de su aprobación.
La película es la puesta en escena de una ardua subversión que ha sido dolorosamente larvada durante años. Christian es el hijo solitario, el hombre que sube a su habitación, acompañado por una guapa camarera que se desnuda ante él, con la excusa de bañarse, y ante la que solo se muestra entristecido, preocupado. Es todavía un personaje misterioso. Podría pensarse que su sexualidad, o tal vez el luto por su hermana, le impiden aceptar ese apetitoso ofrecimiento. Solo luego, en el primero de lo que será una serie de explosivos discursos, se revelará el motivo de su tensión. Lo que tenía que decir era muy fuerte y lo hace desde una rabia que viste de un sarcasmo demoledor.
De lo que se trata es de representar una denuncia contra un mundo burgués en el que, más que en ningún otro, se imponen las apariencias. Cuando Christian empieza a verter sus acusaciones, los invitados no saben cómo reaccionar. Tal vez lo que piensen, más que nada, es que se les está chafando la fiesta de una manera innecesaria. La sombra que les está presentando ese hombre la sienten como algo inoportuno y obsoleto. Esperan la contundente y solucionadora reacción del ahora injuriado, y este trata de difuminar esas acusaciones, como si fueran las componentes de una broma o de una fantasía, de algo que no cupiese en la realidad ya por todos aceptada. El apoyo de la madre y esposa es total, y llega a alcanzar altas cotas de absurdo por su insistencia en una actitud que está lejos de toda verosimilitud. Ella insiste en fingir una realidad que se le está cayendo a pedazos, pero cree que podrá salvarse si mira hacia otro lado, si se inventa un nuevo cuento para sí misma y para los demás, si mantiene su pretenciosa pose y su sonrisa de superioridad, su simulacro de cariño a unos hijos con los que no ha tenido sino una suave frialdad; si se agarra al apoyo de su marido, que es quien la mantiene sobre la cresta de una ola tan vistosa como perversa.
Toda esta historia de creciente violencia verbal, de recíprocas acusaciones —porque el padre también recrimina, en privado, a Christian, su sadismo infantil y sus sucesivos fracasos en diversas áreas de su vida— se nos presenta mediante una cámara en mano que persigue a los personajes o está instalada en un elevado punto de las estancias, como si fuera un artilugio de seguridad. La imagen es granulosa debido a la preceptiva omisión de una luz adicional a la natural de la escena. Y no hay ninguna música salvo los estúpidos himnos que se cantan o alguna canción ahogada por el tenso clima general. Celebración logra completar a la perfección su largo tránsito violento, con un guion y unas interpretaciones inmejorables, con un montaje —especialmente el de los primeros minutos en el hotel— de un acierto superior. Creo que no resulta excesivo comparar esta película con otra que, en su momento, resultó tan revolucionaria: Ciudadano Kane. Tal vez la de Orson Welles alcanzara mayores y más perdurables hallazgos, pero Celebración se parece a aquella en su atrevimiento y en su perfección, en el contundente socavamiento de las lujosas fachadas que erigen algunos para engañarse a sí mismos y al mundo que los contempla. @mundiario


