De fiesta desde las 6 a la siesta de las 6: es inevitable, no se canse
Relojes internos que, en teoría, regulan nuestro sueño y vigilia, pero que en la práctica parecen programados por un íntimo enemigo. Cambian con la edad, con la luz, con las estaciones y hasta con el cambio de hora.
Dormir. Ese acto tan sencillo y a la vez tan misterioso que, según los expertos, deberíamos practicar durante un tercio de nuestras vidas.
Pero, ¿quiénes son esos expertos y por qué nunca tienen ojeras? La realidad es que, a medida que cumplimos años, el sueño se convierte en una especie de montaña rusa biológica, una tragicomedia nocturna en la que los ritmos circadianos —esos relojes internos tan impertinentes y que nadie pidió— se empeñan en fastidiarnos la existencia.
Prepárate para un viaje socarrón por la evolución del sueño desde la infancia hasta la vejez. Los ritmos circadianos son un verdadero coñazo.
INFANCIA
Empecemos por el principio. Cuando eres un bebé ni te acuerdas de nada, tu relación con el sueño es la envidia de cualquier adulto: puedes dormirte en cualquier sitio, en cualquier momento y en cualquier postura, incluso mientras comes, lloras o te cambian el pañal. Los bebés duermen entre 14 y 17 horas al día. ¿El secreto? Nadie les ha hablado aún de la ansiedad, las facturas o el té rojo.
Eso sí, los ritmos circadianos de los bebés están más perdidos que un pulpo en una biblioteca. No distinguen el día de la noche, así que duermen a ratos, despertando a sus padres cada dos horas para recordarles que la paternidad es una prueba de resistencia y aguante.
NIÑEZ
A medida que creces, el sueño se convierte en el enemigo público número uno. Los niños, esos pequeños dictadores de la lógica que siempre serán “unos locos bajitos”, consideran que dormir es una pérdida de tiempo.
¿Para qué dormir cuando puedes ver dibujos, saltar en la cama o pedir agua cada cinco minutos? Los padres, por su parte, desarrollan habilidades de negociación dignas de Trump con Putin para lograr que sus hijos se acuesten antes de que salga el sol.
Aquí los ritmos circadianos empiezan a afinarse, marcando la diferencia entre el día y la noche. Pero, claro, la energía de un niño es inagotable.
Si existiera una forma de convertirla en electricidad, ya habríamos solucionado la crisis energética mundial. ¡Fijo!
ADOLESCENCIA
Ah, la adolescencia. Esa etapa en la que el cuerpo crece, las hormonas se revolucionan brincando y el sueño se convierte en una farsa shakespeariana. Los adolescentes tienen un reloj biológico que va a contracorriente del mundo civilizado: les da sueño a las 2 de la mañana y se despiertan a las 12 del mediodía (si les dejan, y si no… también).
¿La culpa? Los ritmos circadianos, esos tiranos que retrasan la producción de melatonina, la hormona del sueño. Resultado: los adolescentes viven en un jet lag perpetuo, luchando por mantenerse despiertos en clase y desarrollando habilidades mágicas para dormir en cualquier sitio: el autobús, la biblioteca, la mesa del desayuno, el filo de una afilada navaja…
Por supuesto, los adultos no entienden nada. "¡A tu edad yo ya estaba trabajando!", repetimos sin parar, ignorando que los horarios escolares están diseñados por sádicos que odian a los adolescentes.
JUVENTUD
Llegamos a la gloriosa juventud, una época en la que el cuerpo todavía aguanta todo tipo de excesos. Aquí el sueño es un obstáculo para la vida social, las fiestas y las series de streaming. Dormir ocho horas seguidas es considerado un fracaso personal; lo cool es trasnochar y presumir de ojeras como si fueran medallas al valor en guerra. Como la cicatrices.
Los ritmos circadianos, por su parte, están en modo "me la pela todo". Puedes pasar la noche en vela y aun así sobrevivir a base de “Red Bull”, café y pizza.
El cuerpo joven es un milagro de la naturaleza, capaz de recuperarse de una noche de fiesta con una simple siesta de veinte minutos. Siempre en clase o en el trabajo, por supuesto.
Eso sí, el sueño REM (ese en el que sueñas que vuelas o que te persigue un payaso asesino) empieza a escasear. Pero, ¿a quién le importa? ¡La vida es demasiado corta para dormir!
TREINTA Y TANTOS
A partir de los treinta, el sueño se convierte en un bien de lujo.
Ya no trasnochas por gusto, porque el insomnio ha decidido mudarse a tu cama. Empiezas a valorar las siestas como si fueran diamantes y a mirar con envidia a los gatos, esos maestros del arte de dormir.
Los ritmos circadianos, mientras tanto, se vuelven terriblemente caprichosos.
Un día te despiertas a las seis de la mañana sin motivo aparente y otro te pasas la noche dando vueltas como una croqueta. El estrés, las preocupaciones hacen que conciliar el sueño sea una misión imposible.
Aquí descubres que existe el "sueño de calidad", ese concepto abstracto e impreciso del que hablan los anuncios de colchones. Y empiezas a invertir en almohadas ergonómicas, infusiones relajantes y aplicaciones de meditación. Aun a sabiendas de que nada funciona.
CUARENTA Y CINCUENTA
En la madurez, el sueño se convierte en una especie de ex-novia: la recuerdas con cariño, pero ya no está tan disponible como antes. Te acuestas temprano, pero te despiertas a las tres de la mañana para ir a orinar, revisar el móvil o pensar en cosas absurdas como si has cerrado bien la puerta.
Los ritmos circadianos, esos fariseos, empiezan a adelantar la hora de acostarse y de levantarse. Te conviertes en esa persona que a las diez de la noche ya está bostezando y que a las seis de la mañana está desayunando mientras ve las noticias. La vida social se reduce a cenas tempranas y a planes que acaben antes de medianoche, cuál estúpida cenicienta.
Descubres el insomnio por estrés, el insomnio por culpa y el insomnio por costumbre. Y, por supuesto, te conviertes en el aguafiestas oficial: "No, gracias, mañana madrugo".
SESENTA Y MÁS
Yo no tengo muchos más, pero espero tenerlos. Con ritmos circadianos cabales, a ser posible. No caprichosos.
Llegamos a la tercera edad, una etapa en la que, paradójicamente, tienes todo el tiempo del mundo para dormir… y el cuerpo decide que ya no hace falta. Los mayores duermen menos horas, se despiertan más veces durante la noche - las ganas de orinar, no perdonan - y compensan con siestas a lo largo del día.
Los ritmos circadianos, ahora sí, se han ido de vacaciones. El reloj biológico se adelanta tanto que a las cinco de la tarde ya estás pensando en la cama. Las noches se vuelven largas y las mañanas eternas. Pero, eso sí, las siestas se convierten en un derecho constitucional. Con pijama y orinal a ser posible.
Aquí el sueño es un tema recurrente de conversación. Se comparan horas dormidas, se recomiendan pastillas y se cuentan anécdotas de insomnio como si fueran batallas bucólicas. Dormir bien es motivo de celebración; dormir mal, de estoicismo.
LOS RITMOS CIRCADIANOS: ESOS RELOJES CABRONES (CON PERDÓN)
¿Y qué decir de los ritmos circadianos? Relojes internos que, en teoría, regulan nuestro sueño y vigilia, pero que en la práctica parecen programados por un íntimo enemigo. Cambian con la edad, con la luz, con las estaciones y hasta con el cambio de hora.
Son tan impredecibles como una telenovela latinoamericana de doscientos y pico capítulos.
Los científicos dicen que deberíamos respetar nuestros ritmos circadianos para dormir mejor. Pero es porque algo tienen que decir, puesto que ellos les ocurre exactamente igual. Sin embargo, ¿cómo hacerlo cuando la vida moderna va a su p*** bola?
Entre el trabajo, la familia, las redes sociales – quien las tenga, que eso debe ser puro y duro masoquismo - y el ruido de la calle, lo raro sería dormir bien.
DORMIR, ESE PLACER CADA VEZ MÁS ESQUIVO
En resumen, dormir es una habilidad que se complica con los años. De bebés dormimos como troncos, de jóvenes como búhos y de mayores como gallinas. Los ritmos circadianos, lejos de ayudarnos, parecen empeñados en jodernos la existencia.
Así pues, la próxima vez que se queje de no dormir bien, recuerde: no es culpa suya, es culpa de la biología. Y, sobre todo, ríase – si puede - de ello. Porque, al final, dormir mal es lo más normal del mundo. Y si no, siempre nos quedará la siesta, como a Bogart París.
¡Felices sueños… si puede! @mundiario


