Democracia digital, una senda sin retorno

Internet. / RR SS
Internet. / RR SS

Tras la aparición del fuego, la imprenta o la máquina de vapor, la democracia digital tiene la oportunidad de afianzar la participación ciudadana en la era cibernética de la humanidad.

Democracia digital, una senda sin retorno

Ha llegado la hora de la democracia digital. Hemos superado todas las etapas anteriores incluso la cogobernanza, y si los partidos políticos demandan una mayor implicación de la sociedad civil en los asuntos públicos, ésta pasa por dar cabida a la democracia 2.0

Hace unos años que impulsamos la digitalización de la sociedad con la pandemia, y todo indica que España como el resto de Europa está destinada con trompicones a acelerar la digitalización del continente. Y con mayor razón de instaurar la democracia digital, contemplando el voto online, las consultas ciudadanas por internet y dar forma a una nueva era de la política.

Si queremos gozar de una democracia plena, la democracia digital es un paso atrevido tecnológicamente posible, si sorteamos las resistencias políticas de la mayoría de las formaciones a que la ciudadanía se implique de forma directa a emitir su juicio desde internet de forma instantánea e inmediata.

España aunque es un país modélico en Europa por lo que a la administración pública digital se refiere en algunos ámbitos como la Sanidad, Hacienda, Enseñanza, Transportes, Banca, etc... siempre podemos progresar y ampliarlo a muchas más áreas como el futuro se merece. Y por qué no hacerlo extensivo al debate político para lograr una mayor participación ciudadana, abriendo los debates que realmente interesan a la ciudadanía y no los que presuponen los políticos en numerosas ocasiones alejados de la realidad.

Temor infundado como la maquina de vapor

Tenemos unos índices de absentismo electoral preocupantes, aunque podría mitigarse gracias a tener unos de los niveles de penetración de banda ancha (fibra) y cobertura móvil más extensos de la UE. Citar a unas elecciones digitales en vez de un colegio electoral, con el desembolso que conlleva cada uno de ellos en urnas, papeletas y propaganda electoral se ha vuelto en plena era digital algo arcaico, menospreciando las ventajas políticas, ambientales y socio-económicas del voto electrónico desde cualquier dispositivo conectado a internet.

El temor al voto digital es comparable a la llegada de la máquina de vapor en el siglo XIX pero no en los actuales tiempos que pagamos y compramos por internet, realizamos la declaración de la renta todos los años desde casa, ordenamos al banco la compra/venta de acciones de empresas, acudimos a una cita médica con nuestro historial médico digital actualizado en la nube o decidimos comprar una casa o coche por la web con una seguridad casi del todo infalible.

La democracia digital no debe tener miedo al voto electrónico de los electores que han de refrendar un determinado tema trascendental para el conjunto de la ciudadanía ya sea a escala municipal, autonómica o incluso nacional en unas elecciones generales. Es más, podríamos empezar a adquirir ese hábito tan suizo de ser llamado a consulta de forma regular varias veces al mes para pronunciarnos en referéndum online sobre cualquier tema que conmueva al electorado, refrendar las acciones de gobierno y/o reprobar a la oposición.

En unos tiempos que las finanzas públicas flaquean en toda Europa y hemos de ser sostenibles, ahorrar energía y residuos y descarbonizar Europa, nada mejor que pasar pantalla de la democracia analógica en papel y probar con la democracia 2.0.

No podemos esperar a que vuelva otra pandemia más grave aún si cabe, nos confinen más meses encerrados en casa y la crisis de ahorro drástico de energía nos aboque a la urgencia de digitalizarnos por la fuerza sin los deberes hechos. La democracia digital nos está llamando a las puertas y aunque no cuenta con muchos adeptos en la actual clase política tanto española como europea porque posiblemente ven peligrar sus privilegios que arrastran de otros siglos analógicos anteriores, no por ello podemos obviarla por mucho tiempo, salvo riesgo de engendrar más nacionalismos populismos, grupos extremistas y de lograr que cada vez más población desconfiemos de la actual democracia analógica. En la historia también los negacionistas rechazaron subirse al tren en marcha recién inventado por considerarlo peligroso para la salud cardiaca de los viajeros.


Acabar con el absentismo electoral

Por un lado, los índices de absentismo electoral baten récords en cada una de las citas a las urnas, el desacoplamiento entre la clase política y la ciudadanía se ha acrecentado como nunca y el desinterés mayúsculo de un aparte de la sociedad civil por el excesivo postureo político certifica la desincronización entre los poderes y la ciudadanía.

Lo hemos visto en parte con la irrupción de las redes sociales y el impacto en el cuarto poder o más medias. Desde que el periodismo tiene que convivir con las noticias instantáneas en las redes, los medios de comunicación están viendo transformar tanto el modelo de negocio como el ejercicio del periodismo clásico. ¿Deberíamos matar el progreso tecnológico y las redes para salvar al periodismo o el periodismo debería adaptarse a los nuevos tiempos?

Negar que la opinión pública no se pronuncie o no tenga voz propia instantánea sobre un tema controvertido y que por ello necesitamos de “mediadores” con carnet político o antiguamente predicadores de la fe como viene siendo hasta ahora, podía ser válido en el siglo anterior. Hoy en día, la Iglesia que también debe digitalizarse y quitarse de encima mucho polvo analógico para actualizar postulados anacrónicos ha de ceder el paso como en la clase política a otro tipo de democracia donde la inmediatez, la transparencia y el recuento fiable sustituyan procedimientos propios de otra era. 

En suma de la asimetría actual en términos de libertades, transparencia, control del poder y máxima participación ciudadana se ha de converger a la simetría entre los representantes políticos y las preocupaciones reales de ciudadanía que promete la democracia digital.

Si asumimos que las guerras ya no son convencionales sino cibernéticas, que el debate político ya no se dan en los parlamentos sino en las redes, que las decisiones más trascendentales de un consejo de administración puede cuestionarse abiertamente en internet, qué más nos queda por constatar que la democracia no se puede practicar cada cuatro años cuando acudimos a un colegio a depositar una papeleta en la urna, a fiarnos de unos sondeos/encuestas de opinión manipuladas desde las fuerzas políticas, de unas instituciones públicas descaradamente politizadas o de unos debates en los medios claramente sectarios.

Si países en vías de desarrollo como India, Islandia, Brasil y otros más desarrollados como Taiwán o Estonia crearon en su día plataformas digitales de participación ciudadana, la proliferación del 5G, la IA y la robótica tendrá que animarnos a buscar modelos de democracia digital y consulta online donde datos, tecnología y seguridad verifiquen el modelo de instituciones públicas y privadas que deseamos en la sociedad con voz y voto en tiempo real.

Conforme se agudiza el holocausto ecológico en el planeta, el cambio climático forzará a un ahorro energético mucho mayor y se recurrirá de forma creciente al teletrabajo y al transporte colectivo. La toma de decisiones también se volverá si cabe aún mucho más diligente. A medida que el mundo se torne complejo, interactivo y con crisis endémicas de nuevo cuño o ataques cibernéticos de todo tipo, más difícil será que un político de la era analógica sea capaz de afrontar en democracia digital los muchos desafíos abiertos por temor a “equivocarse” por falta de capacidad interpretativa de la realidad demandada por los electores hiperconectados.

Hay cierta formación política en España disfrazada de ideología que afirma nacer para escuchar durante toda una larga gira las propuestas de la calle y recoger sus propuestas electorales. ¿No sería más efectivo recoger en la era digital todas esas propuestas de manera más rigurosa, efectiva y económica a través de las nuevas tecnologías a nuestro alcance evitando tanto postureo y derroche?

Hemos de alejarnos de la falsa percepción que lo digital es un instrumento de comunicación, información y entretenimiento, como la prensa clásica del siglo pasado. Hoy en día Internet favorece la participación ciudadana de forma instantánea y refuerza la democracia, la libertad de elección y el derecho de rectificación. 

Si la máxima transparencia en política es una quimera en la democracia clásica (analógica), no en la 2.0. Nos convendría ver la democracia digital sin tantos secretismos ideológicos, compartiendo el acceso de información y la participación ciudadana que reclama con urgencia de sus dirigentes máximo rigor en sus acciones a falta de memoria histórica.

Puede que la democracia digital traiga consigo otra política que los dirigentes actuales no estén dispuestos a renunciar, porque la política ha dejado de ser una vocación de servicio público y ha pasado a ser un “oficio” donde agarrarse por miedo a no saber dónde caerse muerto.


Los beneficios de desconectar el poder

La democracia digital podría encuadrarse como un fenómeno que nos resistimos a adoptar por temor exclusivamente político, aunque sea un hito histórico en la humanidad como en su día lo fueron el descubrimiento del fuego, la invención de la imprenta o la máquina de vapor. Si la digitalización de la sociedad junto a la descarbonización de la economía van a ser una realidad inminente, no se entiende la resistencia numantina a la democracia digital por parte de las instituciones que más beneficio obtendrían. 

Un estudio publicado por un think tank europeo denominado El reto de la democracia digital, pone en evidencia que si la ciudadanía está cada vez más interconectada el concepto de democracia clásica parece desfasada.

Sus autores enumeran algunos de  los siguientes beneficios de un sistema democrático digital:

-Modernización del Estado

-Democracia directa 

 -Transparencia

-Sociedad colaborativa

-Acceso a información pública

-Igualdad, Inclusión y no discriminación

-Reducción de la corrupción

-Preservación de recursos y protección medioambiente

Hay que asentir que eso mismo aspiramos sin éxito con la democracia analógica aunque la irrupción de la tecnología y la sociedad 2.0 están haciendo saltar por los aires los paradigmas de siglos pasados al desarmar la concentración del poder. Una de las más evidencias en la empresa privada se observan en las jerarquías cada vez más planas.  Aunque queda mucho por hacer en política y en otros muchos ámbitos de la vida cotidiana, tampoco hay que descartar en un futuro inmediato una Constitución Digital Europea que vele por los derechos y obligaciones de la democracia 2.0. @mundiario

 

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