La recuperación económica, orientada hacia la desigualdad y la privatización
Tras una reforma fiscal más bien sesgada, el gobierno encara una recuperación que abre un panorama de desigualdad progresiva, en beneficio de un poder económico tan hereditario como la monarquía.
Tras una reforma fiscal más bien sesgada, el gobierno encara una recuperación que abre un panorama de desigualdad progresiva, en beneficio de un poder económico tan hereditario como la monarquía.
Pasado el impacto del relevo de rey en España, envuelto en un abrumador despliegue mediático de alabanzas de oficio, volvemos de la realeza hereditaria a la cruda realidad, no menos hereditaria. No tan cruda, según el Gobierno, que lleva pregonando la supuesta recuperación económica desde la campaña de las recientes elecciones europeas, con no demasiada fortuna a juzgar por los resultados de su partido, que sólo pudo presumir de ser la fuerza más votada, gracias a que su principal adversario había perdido todavía más votos que él.
Tan convencido parece el gobierno de la tan ansiada recuperación que se lanza a anunciar la bajada de impuestos que figuraba en el programa electoral con el que había ganado la mayoría absoluta parlamentaria, y que todavía no había tenido ocasión de cumplir. No vamos a insistir ahora en que hacer esa y otras alegres promesas de prosperidad, en el momento en que se celebraron las elecciones, tenía mucho de demagogia o de frivolidad. Alegar después que desconocían la verdadera situación de la deuda y del déficit –y de las tendencias austericidas que se estaban marcando en la Unión Europea– es tanto como confesar un nivel de ignorancia o de estupidez difícil de aceptar en un equipo de insignes altos funcionarios del Estado (registradores de la propiedad, abogados del 0estado, fiscales… ), que ya se sabe que la mejor manera de defender los intereses de las grandes corporaciones privadas y de promover las facilidades para el despido de trabajadores es tener las espaldas bien cubiertas por un buen puesto público vitalicio. Por insistir en la hipocresía, algunos parece que prefieren pasar por tontos.
El caso es que el gobierno está dispuesto a bajar impuestos, a pesar de que desde la Unión Europea le advierten de que los niveles de déficit no están todavía para alegrías. Ya veremos si le dejan. Si siguen adelante, ya nos explicarán (o eso deberían) por qué ahora desobedecen a la UE y antes, cuando recortaban, hacían lo que tenían que hacer por imposición, decían, de Bruselas. Claro que tampoco hay tanta rebaja. Parece que, aparte de bajar las retenciones mensuales (para que se note inmediatamente y justo en las vísperas de elecciones), volverán a dejar la cosa más o menos como la encontraron, con algunas ventajas adicionales para las grandes rentas y las grandes empresas (¿quién dijo que ya no hay izquierda ni derecha?), es decir, que van a bajar algo así como lo que ellos subieron cuando llegaron y de paso favorecen a sus afines. La misma jugada de imagen que con la prima de riesgo (alardearon de haberla bajado cuando volvió a los niveles de la etapa del gobierno anterior, después de haber llegado bajo su mandato a más del doble).
El gobierno no quiere que la realidad le estropee una buena previsión. Si lo previsto era llegar a las siguientes elecciones con la economía en trance de recuperación, vale cualquier pirueta estadística para proclamar el comienzo de la nueva era de prosperidad, presentada además como el premio a los sacrificios de los ciudadanos, como si los sacrificios ya hubiesen terminado y los recortes temporales no se hubiesen convertido en permanentes. De hecho, ya tienen encarrilado el nuevo escenario de crecimiento, una vez desvalorizados los salarios y rebajados los derechos laborales, por una parte e, por otra, abriendo nuevas vías de negocio privado sobre el desmantelamiento de los servicios públicos (aeropuertos, ferrocarriles, sanidad y ahora hasta la gestión de barrios selectos, además del consiguiente etcétera).
Si las urnas no lo remedian, por lo menos parcialmente, seguiremos caminando decididamente por la senda de la desigualdad progresiva a beneficio de los de siempre, es decir, de los sucesivos herederos del poder permanente. Para eso también resulta simbólica la sucesión hereditaria de la jefatura del Estado.