El PD italiano cumple un año de gobierno presionado por su líder y acosado por extremistas
El panorama de la evolución de la política en Italia ha sido un esperpento en los últimos veinte años y un tanto delirante desde las elecciones de febrero de 2013.
Tenían el partido comunista más potente y de mayor presencia electoral de la Europa occidental y ahora casi no tienen izquierda. Vivieron el proceso más espectacular contra la corrupción, que se llevó por delante a la todopoderosa Democracia Cristiana y a un Partido Socialista en ascenso, pero llegó después la corrupción absoluta del berlusconismo. En el norte industrial, de donde había partido el impulso de la unificación italiana hace siglo y medio, se asienta hoy una fuerza política nacionalista, racista y xenófoba, que compara con simios a una ministra negra y le tira plátanos. Incluso uno de los movimientos surgidos de las protestas antisistema, que alcanzó en los últimos comicios una importante y hasta ahora inútil presencia parlamentaria, se dedica ahora a hacer crítica política con groserías de machista violador contra la presidenta del parlamento y las diputadas de centro izquierda, mientras practica boicots sistemáticos contra la actividad legislativa.
Verdaderamente esperpéntico el panorama de la evolución de la política italiana en los últimos veinte años. Y un tanto delirante en el último año, desde las elecciones generales de febrero de 2013. Con su abstención desde la pureza, el Movimiento 5 Estrellas –la olla de grillos, de Beppe Grillo concretamente, que llamaba a regenerar la política desde las redes sociales– contribuyó a dar aliento a un Berlusconi en baja, al que tuvo que recurrir para poder gobernar el Partido Democrático, ganador de las elecciones pero sin la mayoría suficiente. Una serie de condenas judiciales –una de ellas una ratificación del Tribunal Supremo, es decir, la primera definitiva– consiguieron que en otoño Berlusconi abandonase la política, después de que la mitad de su partido decidiese romper con él y seguir la coalición con el PD.
Pero, en el último minuto, Berlusconi acaba de recuperar protagonismo de la mano, curiosamente, del nuevo líder del PD, Matteo Renzi, que ha acordado con él la reforma de la ley electoral y que ahora somete a presiones a su compañero de partido, Enrico Letta, para que le traspase el puesto de primer ministro o fuerce la convocatoria de nuevas elecciones. Mientras Berlusconi sigue lidiando con los jueces y espera una resolución sobre su inhabilitación, Renzi trata de acelerar el cambio generacional en su partido y en el gobierno. La política va a seguir siendo la misma: ajustarse a los criterios de austeridad marcados por la Unión Europea (es decir, Alemania) pero posiblemente con más entusiasmo y energía que Letta.
El Partido Democrático italiano ha sido la última transformación del mítico PCI que nunca pudo gobernar (el democristiano Aldo Moro estaba a punto de llegar al “compromiso histórico” para coligarse con los comunistas en 1978, pero fue asesinado antes por terroristas de extrema izquierda). Después de la caída del muro de Berlín, los comunistas italianos iniciaron su evolución semántica, de Partido Democrático de la Izquierda (1991) a Demócratas de Izquierda (1998) para terminar en 2007 como Partido Democrático a secas. Para entonces, ya se había convertido también en refugio de socialistas supervivientes de la corrupción de Craxi y de los democristianos de talante social-liberal. Estos últimos (desde el competente Prodi hasta el impaciente Renzi) son los que han terminado haciéndose con las riendas de este conglomerado de centro-izquierda, que, aunque nació con cierto aire de Partido Demócrata norteamericano, ya no desentona en el conjunto de los actuales partidos socialdemócratas europeos, sobre todo después de que François Hollande ha seguido el ejemplo de Rodríguez Zapatero de terminar por rendirse a las presiones neoliberales tras intentar resistir en el mantenimiento de políticas sociales.
No es extraño que el 97 por ciento de los italianos –según encuestas citadas estos días en un informe de la Comisión Europea– opinen que la corrupción sea un fenómeno generalizado entre sus políticos. Fue abundante en el pasado y va sobreviviendo a los sucesivos intentos de depurarla, como en una especie de maldición o de impotencia que va frustrando todos los propósitos de recuperación democrática.