Mujeres ante el 8 de marzo de 2015: ¿víctimas o revolucionarias?
Veo una actitud sádica en los poderes patriarcales en estos tiempos en que nuestras denuncias se tornan grito y en fechas como ésta llenan de razones cuantitativas la verdad de la discriminación.
Veo una actitud sádica en los poderes patriarcales en estos tiempos en que nuestras denuncias se tornan grito y en fechas como ésta llenan de razones cuantitativas la verdad de la discriminación.
Huyo de enquistarme en el victimismo, no por no formar parte de la legión de víctimas en las que figuramos también las mujeres más públicas, no tanto por una excesiva timidez cuanto por no darle una satisfacción mayor por sus éxitos a nuestros victimarios.
Veo una actitud sádica en los poderes patriarcales en estos tiempos en que nuestras denuncias –muchas veces, nuestras quejas- se tornan grito y en fechas como ésta llenan de razones cuantitativas la verdad de la discriminación, de la invisibilización, de la humillación, de la exclusión… que desde cualquier ámbito que analicemos, encontraremos en las estadísticas elaboradas con perspectiva de género
Los veo darse palmadas de satisfacción sobre sus vientres burocráticos –en unos casos- o salivar con más hambre, en los casos de los orfebres de la violencia física. No necesito imaginarlo o suponerlo: LOS VEO. Porque el paso del tiempo demuestra que cada avance conseguido y exaltado por nosotras, recibe una bofetada de tamaño mayor que no siempre es inmediata, pero que llega con certeza y muchas veces cuando más desprevenidas estamos.
Los veo reclutando a muchas de las nuestras con métodos no explícitos, como lobos que se disfrazan de corderos, salmodiando nuestro discurso y apropiándose de él para tranquilizarnos. Para que creyamos que entendieron nuestra lucha, para distraernos y dejar que nos confiemos y creamos que el milagro ocurrió. ¡Aleluya, ya somos legión! ¡Entendieron que estamos hablando de la Humanidad, no sólo de la confrontación entre sometidas y sometedores! ¡Aleluya, vamos pasito a pasito, y esto ya no tendrá vuelta atrás!
Si Rosalía viviera dedicaría uno de sus poemas a despertarnos
¡Ay, de nosotras! Si Rosalía viviera dedicaría uno de sus poemas a despertarnos de este letargo en el que entramos tan fácilmente porque son tantas las ganas de ganar que vemos victorias donde sólo hay espejismos.
El mayor de todos los espejismos, ese laberinto de espejos cóncavos y convexos donde transitamos en España, en Galicia, desde la llegada de la Democracia, es que nuestros derechos como ciudadanas, recogidos en la Constitución de 1978, forman parte central de un tejido que sostiene, que conforma, que construye, una sociedad avanzada y civilizada.
Es cierto que sin leyes específicas no hay estructuras formales y públicas para dejar claras las reglas del juego democrático: lo que se puede y lo que no se puede hacer; lo que cuesta y lo que hay que “pagar” por atentar contra los valores humanísticos y progresistas que dan carta de naturaleza a sociedades democráticas en las que todas las personas somos iguales, al menos, ante la Ley.
Pero ya dice el refrán que “hecha la Ley, hecha la trampa”, y en este contexto de pícaros que es el mundo, las mujeres no estamos protegidas con absoluta certeza por ninguna legislación que tenga la verdadera contundencia y el verdadero propósito de que así sea, para que podamos caminar sin miedo..
El miedo de las mujeres es una de las armas más letales del patriarcado. Desde el miedo a nuestros propios compañeros de vida, a los propios hijos, a nuestros padres, a nuestras madres reproductoras y amaestradas como mantenedoras de los modelos conservadores y tradicionales -según de qué país, religión o filosofía estemos hablando- hasta el miedo a hacernos escuchar y a hacernos ver en la esfera pública porque seremos clasificadas como futuros expedientes X. Como incómodas modelos a seguir que pueden llegar a ser un peligro real para dinamitar las fortificadas barreras que nos son impuestas.
Ya no pueden quemarnos en las hogueras, pero somos las nuevas brujas de este medievo futurista en el que perviven costumbres ancestrales venerados como tradiciones que nos arrancan o nos suturan los órganos sexuales para convencernos de que sólo somos máquinas reproductoras, en vez de seres que pueden amar, gozar, ser amadas, felices, dar y sentir placer...; o aquellos otros en los que las esposas no tienen por qué seguir viviendo cuando el varón al que su familia la entrega, debe ser incinerada viva junto al cadáver de su amo porque son sólo una extensión de su propietario... O, en aquellas otras sociedades que aparentan ir a la contra de esos pueblos “atrasados”, pero que comparten la misma ansia de domeñarnos y para eso inventan nuevas religiones modernas dirigidas a nuestro ego para convertirnos en jóvenes infinitas, sin derecho al respeto que da la sabiduría y la experiencia del paso de los años, siempre juveniles, siempre deseables, siempre sometidas, imponiéndonos el absoluto y masoquista convencimiento de que para ser bella, hay que sufrir. La belleza... todo un tema para hablar de la violencia, que no dará tiempo a más que sugerir hoy aquí.
Quieren castigarnos por preferir parecernos a Lilith y por reivindicar la parte de Eva que el paradigma misógino nos impuso como el gran error que expulsó a la Humanidad del Paraíso, trastocando incluso el mito y haciéndonos creer que el pecado original recaía sobre nosotras porque la madre primigenia “quería comer el fruto del árbol del conocimiento”. ¿Habrá algo más perverso que convertirnos en temerosas del saber, mediante chips incrustados en el cerebro desde que tenemos memoria, transmitidos de mujer a mujer por los siglos de los siglos... Aciagas maquinaciones de los guardianes del Templo del Poder. Y digo poder, sin más, porque añadirle patriarcal es redundar.
Y así podríamos seguir explicando lo que nosotras sabemos ya más que bien, pero que cuando lo comunicamos tarda nanosegundos en ser borrado de la memoria colectiva, como si el mismo chip en el que nos encuadran los paradigmas, tuviese la capacidad de resetear la comprensión de los mecanismos que nos hacen repetir, monótona pero eficazmente, los mismos comportamientos de sometimiento a un ser superior: El amor romántico como excusa para la entrega total; la maternidad entendida desde el punto de vista del varón; el control de nuestros cuerpos (nuestros templos) en las manos de locos con traje de ministro o birrete de juez; el acceso al trabajo como un imposible que haga compensatorio que sigamos en la casa siendo las manos cuidadoras, las manos educadoras, las manos trabajadoras sin remuneración, porque eso abarata el sistema y nos cierra en una cárcel no por evidente menos ensalzada.
Antes dije que el poder era patriarcal o no era poder. Ahora digo que la revolución contra el poder, la lucha contra la explotación, contra la destrucción del planeta, contra un modelo caduco y mezquino, será feminista, o no será.
Antes dije que el poder era patriarcal o no era poder. Ahora digo que la revolución contra el poder, la lucha contra la explotación, contra la destrucción del planeta, contra un modelo caduco y mezquino, será feminista, o no será.
No quiero que la responsabilidad de resolver todos los problemas del mundo no sea atribuida, como algunos seudo-feministos quieren ahora preconizar. ¡Qué cómodos! Pero lo que sí aseguro es que sin nosotras, y empezando por nosotras mismas, nada va a cambiar. Y que no esperemos ayuda de nadie.
Lo siento, amigas y compañeras de viaje, pero tenemos que darnos cuenta, de una vez por todas, de que el dueño de la casa no va a ser quien nos ayude a derrumbarla para hacer otra que sirva también para nosotras.
Porque no somos víctimas, somos revolucionarias: Que nos teman. Que dejen de dar por ganada esta batalla. Y cuanto más brutal sea la represión, más lucharemos por no perder ni un solo derecho, ni un solo avance, o incluso por rectificar aquellas actuaciones que sin querer les dan alas a los que nos quieren sometidas y sumisas, con los ovarios convertidos en rosarios, con lenguas cortadas y los pies torturados para no avanzar.
Que se olviden de eso. Nuestra voz no la podrán apagar. Nuestra seguridad en la necesidad de este esfuerzo -beneficioso para la Humanidad en su conjunto- es un arma pacífica pero contundente.