La Colmena, de Cela, era una profecía de este enjambre humano llamado España

Por fin comprendemos que lo de Don Camilo en el Senado no fue un ingenioso recurso galaico, sino un aviso profético: no es lo mismo diez millones de españoles jodidos que cien mil españoles jodiendo.

Camilo José Cela, escritor. / RR SS.
Camilo José Cela.

Por fin comprendemos que lo de Don Camilo en el Senado no fue un ingenioso recurso galaico, sino un aviso profético: no es lo mismo diez millones de españoles jodidos que cien mil españoles jodiendo.

No, si al final va a resultar que aquella célebre frase de Camillo José Cela en el Senado, no fue un ingenioso recurso literario, sino una profecía de la España en la se iban extinguiendo las familias de Pacual Duarte y empezaban a emerger las familias de Jordi Pujol. Cinco o seis décadas después de que Antonio Machado describiese el doloroso futuro de los españolitos que venían al mundo, ¡angelitos míos!, para los que el poeta resignado dejaba como consuelo una simple y escueta plegaria  “os guarde Dios”, aquel tipo que se convirtió en el primer Nobel gallego intercambiaba impresiones con el quisquilloso Presidente de la Cámara Alta que, en un alarde de autoridad, intentaba llamarle al orden en plena siesta parlamentaria:

- Sr. Cela, está usted dormido.

- No, señor, no estoy dormido; sólo estoy durmiendo.

- ¿Acaso no es lo mismo…?

- ¡Claro que no es lo mismo!, porque no es igual estar dormido que estar durmiendo, como no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo.

La cosa seguiría ocupando sitio y criando telarañas en el desván de la posteridad, donde se almacenan anécdotas de congresistas y senadores, sino fuera porque le viene como anillo al dedo a la cutre, mezquina, hedionda, injusta y asimétrica realidad nacional en la que siguen viniendo españolitos al mundo en pleno siglo XXI. Nunca, como ahora, hemos podido apreciar con tanta crudeza la diferencia entre el participio y el gerundio del verbo joder que, con semejante capacidad de síntesis y con la duda de si estaría dormido o estaría durmiendo, explicó el hombre que una vez hurgó en “La Colmena” alegórico/sociológica a la seguimos llamando España.

Ahora que diez millones de españoles están jodidos y unos cien mil siguen jodiendo, es cuando nos damos cuenta de que no es precisamente lo mismo una cosa que la otra. Ahora que unos cuantos sacan tarjetas negras de sus chisteras y a millones de compatriotas les saca tarjeta roja la vida, expulsados de su casa, de su trabajo, del paraíso perdido del mercado de consumo, es cuando comprendemos que aquel Nobel galaico sabía o intuía de qué estaba hablando. Ahora que los Mas, los Junqueras, los Urkullu, los Rajoy, los Pedrosánchez, las Aguirre, las Susana, los Pabloiglesias, las Rosadíez, los Cayos, las Anacolaus, gente de esa, practica el mayor número posible de posturas del kamasutra para provocar orgasmos sociales, económicos, ideo-i-lógicos, escatológicos, aprovechando la desesperada oleada de promiscuidad que envuelve a mi pueblo y mi gente, es cuando se te cae la venda de los ojos y te preguntas cómo tan pocos, con tan distintas y distantes estrategias, pueden estar jodiendo a tantos ciudadanos tan jodidos.

Al final, Director, todo se trata de lo mismo: un pueblo condenado a los participios y una élite política, económica, mediática, cultural, social, bendecida por los gerundios. Robados y robando, parados y parando, empobrecidos y empobreciendo, gobernados y gobernando, desinformados y desinformando, fiscalizados y fiscalizando, sentenciados y sentenciando, resignados y resignando, engañados y engañando, deslumbrados y deslumbrando. O sea, jodidos y bien jodidos y jodiendo y bien jodiendo. Esa es la cuestión.

Hemos tenido que esperar más de tres décadas, seis presidentes del gobierno, tres crisis, mil muertos de ETA, una erupción volcánica catalana, un rescate a la Banca, casos Filesa, Gurtel, Pokemon, Pujol, ERES y Formación en Andalucía, una abdicación, cosas y casos así, para darnos cuenta de que estábamos jodidos, que nos estaban jodiendo y que, a falta de pan, a la desesperada, claro, buenos son delirios republicanos asimétricos o bolivarianos miméticos a ciegas.

Para ese viaje, no hacían falta alforjas. Habría bastado con tomarse a Don Camilo en serio y no dejar que su voz clamase, aquella vez, en el desierto del Senado.

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