La socialdemocracia no es centrista, ni antes ni después de Pedro Sánchez
La socialdemocracia, marxista o no marxista, precede históricamente a la dictadura del proletariado leninista, que escinde aquélla en 1920, creando los partidos comunistas.
La socialdemocracia, marxista o no marxista, precede históricamente a la dictadura del proletariado leninista, que escinde aquélla en 1920, creando los partidos comunistas.
Lo único sorprendente alrededor de la proclamación de Pedro Sánchez como candidato del PSOE a la Jefatura del Gobierno es que el periódico de máxima difusión y tendencia socialista abra con un “Pedro Sánchez apuesta por buscar el poder desde el centro y la moderación.” Pedro Sánchez, en realidad enarbola los principios socialdemócratas asumidos por el partido que fundó Pablo Iglesias – la homonimia es pura coincidencia – y la acentuación del objetivo de una España federal, hasta ahora tenuamente insinuada por los socialistas españoles.
¿Ah! ¿ Y la bicolor proyectada sobre una pantalla?, la bicolor sin “aguililla” es la enseña del Estado en la actualidad. El PSOE, nunca radical, es social por demócrata y, por lo tanto, no cuestiona las reglas de la democracia.
Tildar de radicales a los socialistas constituye un inveterado truco de la derecha española.
Recuerdo que en el 82, cuando se le vieron los cuernos al coco y Felipe González ganó las elecciones por goleada, un pequeño empresario gallego me preguntó con cara de honda preocupación. “Y ahora, que vienen los socialistas, ¿qué será de nosotros?”
La socialdemocracia, marxista o no marxista, precede históricamente a la dictadura del proletariado leninista, que escinde aquélla en 1920, creando los partidos comunistas.
Los socialdemócratas no prevén el fin de las clases y del Estado sino cuando culmine la evolución a través de sucesivas etapas de sucesivas. Etapas de conquista de derechos por la totalidad del pueblo.
Socialdemocracia no es un adjetivo sino un substantivo que lleva el sistema democrático a su verdadera esencia: la igualdad, sin alcanzar la cual no habrá auténtica libertad.
En el camino espinoso, desde luego, se sucederán incontables patinazos, porque el sistema elegido es el democrático, no los atajos supuestamente revolucionarios.
Claro que la asunción de la política como “arte de lo posible” implica un precio. Por ejemplo, esa más o menos útil puesta en escena por mor de la utilidad “mediática.”
Hablar de primarias y de candidatos a la Presidencia encubre un complejo de provincia del Imperio Americano. Pero ¿por qué escandalizarse cuando el guiño va dirigido a un país cuyas clases medias visten a sus hijos con birrete y toga anglosajona aunque sólo se gradúen de primaria; escrutan el cielo en espera de la llegada del trineo de Santa Claus; cantan, aunque traduzcan la letra, el Happy birthday to you” en los cumpleaños; van de mcdonalds y de burgers un día sí y otro no; creen que el símbolo de la judicatura es un mazo de madera; tienden una alfombra roja a la mínima oportunidad…?
En noviembre, mira por donde, si bien no el primer martes después del primer lunes, la elección del (o de la) nuevo inquilino de la White House coincidirá con la del “reyezuelo” de la Moncloa.