Carta a los 500 inmigrantes de Lampedusa: cometisteis un grave error
Subisteis a la panza de ese barco cargados de un amasijo de sensaciones. Teníais la ilusión de encontrar en la gran Europa una esperanza para vuestras maltrechas vidas.
Subisteis a la panza de ese barco cargados de un amasijo de sensaciones. Teníais la ilusión de encontrar en la gran Europa una esperanza para vuestras maltrechas vidas. Seguramente allí, pensaríais, podremos vivir como vemos que viven en la televisión. En el continente vecino comen todos los días (incluso más de tres veces), tienen trabajo, una cómoda casa con electricidad, suelo de madera y agua corriente donde albergar a sus familias. ¿Por qué no probar?
Teníais miedo, incluso terror, pero os embarcasteis porque alcanzar esa Ítaca os llenaba de la valentía necesaria para no desistir en vuestro empeño. Algunas estabais embarazadas y precisamente por eso erais las más heroicas de todos: arriesgar dos vidas en una solamente se hace por desesperación. Otras, llevabais a vuestros hijos ya nacidos en el regazo: bebés ignorantes de su mala suerte por haber venido al mundo en el lugar equivocado. Solo vosotros sabéis a qué velocidad latía vuestro corazón por la incertidumbre de lo que estaba por venir. Es posible que alguien cantara alguna melodía para conciliar el sueño o para aplacar el hambre y, por un momento, sentisteis que todo iba a salir bien. ¿Por qué no?
Pero cometisteis un grave error: tuvisteis frío en mitad de la noche y alguien encendió fuego en cubierta. Las llamas, entonces, lo cubrieron todo y ningún barco de pesca acudió a ayudaros a pesar de los gritos de socorro. Vuestros sueños, en fin, se hicieron ceniza.
Ahora, ya estáis aquí, habéis pisado tierra firme. Incluso ya salís en televisión: muchos envueltos en bolsas, los más afortunados en mantas, del resto nadie sabe. Y toda la gran Europa os llora como una hipócrita plañidera que os olvidará en dos telediarios. ¿Qué os pensabais?