La premisa no puede ser más directa: cuatro mujeres quedan encerradas en una casa tras la muerte de Emanuel, marido de unas y amante de otras. Entre chistes afilados, reproches y balada tras balada, las protagonistas van desgranando secretos y rencores a ritmo de clásicos pop que más de uno cantó a pleno pulmón en los noventa.
La historia ya era un valor seguro sobre las tablas; trasladarla a la pantalla suponía, sin embargo, el riesgo de diluir su espíritu. La producción ha sorteado el escollo con una fórmula clara: conservar el tono de vodevil, respetar la iconografía cromática del montaje original y, sobre todo, dejar espacio para que las canciones marquen el pulso dramático.
Desde su estreno, los extractos musicales se han multiplicado en redes sociales. Clips de Mariana Treviño modulando cada gesto de Lupita o de Belinda reinventando las baladas ochenteras acumulan millones de reproducciones en TikTok e Instagram. El algoritmo, siempre atento al ritmo pegadizo y al estribillo fácil, ha hecho el resto: Mentiras la serie se ha convertido en fenómeno de recomendaciones y de listas de reproducción, impulsando reproducciones de los temas originales en Spotify. La nostalgia funciona como un imán para el público que ya conocía la obra, mientras que el montaje ágil y el humor a dos tiempos atrapan a quienes llegan sin referencias.
Interpretaciones irregulares, pero suficientes
Nadie descubrirá al próximo monstruo de la interpretación aquí. El reparto cumple sin alardes y cubre con carisma lo que podría haberse convertido en una función plana. Mariana Treviño lidera con oficio y convierte cada escena en un recital de picardía y vulnerabilidad. Belinda aporta magnetismo pop a sus solos, aunque se nota más cómoda cantando que actuando. Diana Bovio y Regina Blandón ofrecen energía y química de sobra, mientras Luis Gerardo Méndez ejerce de eje narrativo e hilo conductor de los flashbacks sin robar protagonismo. El resultado es un conjunto que quizá no brille en matices dramáticos, pero sí destila la chispa necesaria para que el espectador siga enganchado.
La serie adopta sin complejos la estética de telones pintados, paletas saturadas y escenarios minimalistas que recordaban al montaje teatral. Ese guiño estilístico, lejos de resultar artificioso, refuerza la sensación de estar asistiendo a un espectáculo en directo. El uso de la cámara, con movimientos que simulan cambios de escenografía y planos largos que respetan la coreografía, mantiene la frescura y evita la tentación de convertir cada número en un videoclip convencional.
Mentiras la serie no pretende revolucionar el género ni ganar premios de interpretación. Su mérito radica en entregar exactamente lo que promete: un cóctel de canciones icónicas, humor socarrón y conflictos sentimentales al ritmo de un musical que muchos consideraban inadaptable a la pantalla. Para los fans, es un baño de añoranza. Para los neófitos, un pasaporte a un clásico popular empaquetado en formato binge-watch. Y para Prime Video, un triunfo que demuestra que la nostalgia, bien afinada, sigue siendo un negocio redondo. @mundiario


