G20 o una oportunidad perdida para consagrar a Viola Davis como heroína de acción

G20. / Prime Video.
La nueva película de acción de Prime Video tenía todos los ingredientes para ofrecer un thriller vibrante al estilo Jungla de cristal, pero acaba naufragando entre tópicos, falta de tensión y un guion que no está a la altura de su ambición.

En los últimos años, el cine de acción ha tratado de reinventarse entregando el testigo de sus héroes musculados a protagonistas más versátiles, más complejos, incluso más maduros. Que una actriz del calibre de Viola Davis encabece una película de acción como G20 era, a priori, una propuesta interesante: una líder política enfrentada a una amenaza terrorista internacional en plena cumbre del G20, rodeada de fuego cruzado y traiciones, sonaba a material perfecto para un thriller adrenalínico. Sin embargo, lo que prometía ser una actualización inteligente de los clásicos de los 80 y 90 acaba convirtiéndose en una película de usar y olvidar.

Lejos de alcanzar la intensidad claustrofóbica de Jungla de cristal, G20 parece más preocupada por cumplir con el checklist de cualquier cinta genérica de acción que por construir una narrativa sólida. El guion, firmado a varias manos, es el principal culpable de esta deriva. Carece de giros efectivos, diálogos memorables o personajes mínimamente trabajados. Ni siquiera la ubicación en Sudáfrica —que podría haber aportado algo de frescura o singularidad visual— se aprovecha, reducida a una mera postal en los primeros minutos.

Lo que sorprende es que una producción de este calibre, con una protagonista de tanto peso como Davis y un antagonista de lujo como Antony Starr —inolvidable en su papel de Homelander en The Boys—, pueda resultar tan plana. El enfrentamiento entre ambos personajes, que podría haber sido uno de los grandes duelos del cine de acción reciente, se ve lastrado por una realización mecánica y escenas de acción sin nervio ni inventiva. No hay tensión real, ni sensación de peligro inminente. Todo ocurre porque sí, sin un ritmo sostenido ni una evolución clara.

G20. / Prime Video.

En el aspecto visual, la dirección de Patricia Riggen tampoco consigue dotar de identidad al filme. Las secuencias están coreografiadas con corrección, pero sin alma, como si se tratase de un telefilme con aspiraciones. El clímax, que debería ser el momento álgido, es un espejismo: parece espectacular en sus primeras imágenes, pero se diluye pronto como un plato de diseño mal ejecutado. Ni siquiera la violencia tiene impacto; todo parece amortiguado, desprovisto de fuerza.

Aun así, G20 no llega al desastre absoluto gracias al oficio de su reparto. Viola Davis es, como siempre, una presencia imponente. Aunque el material que se le ofrece esté por debajo de su nivel, ella se entrega con convicción, dotando de credibilidad a una presidenta que pasa del protocolo diplomático a la acción directa en cuestión de minutos. Su sola presencia eleva escenas que, en otras manos, rozarían el ridículo. Del mismo modo, Antony Starr cumple con eficacia, aunque su personaje no aproveche su carisma inquietante como debería.

G20. / Prime Video.

Pero hay una gran diferencia entre que una película no aburra y que sea buena. G20 logra pasar el rato, sí, especialmente si uno la ve con el piloto automático activado, pero eso está muy lejos de justificar su existencia. En tiempos en los que las plataformas necesitan contenidos potentes para mantener suscriptores, da la sensación de que se ha preferido lanzar un producto funcional en lugar de apostar por una historia que realmente explote su potencial.

El resultado es una cinta que podría haber aspirado a emular el legado de Jungla de cristal, o incluso de Alerta Máxima, pero que acaba más cerca del cine tardío de Steven Seagal, donde todo es formulaico y rutinario. Una ocasión perdida no solo para revitalizar el género, sino para consolidar a Davis como figura central del cine de acción. Porque el problema no es solo lo que hace mal, sino todo lo que podría haber hecho bien y no se atrevió a explorar.

En resumen:, es el ejemplo perfecto de cómo una premisa prometedora puede acabar diluyéndose en el conformismo industrial. Un filme que, sin ser infame, se queda peligrosamente cerca de la irrelevancia. @mundiario