Crítica a la temporada 2 de Nueve perfectos desconocidos, la continuación que nadie pidió

Fotograma de Nueve perfectos desconocidos. / RR SS
Tras una primera temporada que captó la atención del público con su mezcla de misterio, terapia poco ortodoxa y personajes, regresa con una segunda entrega que, aunque ambiciosa, se siente innecesaria, difusa y carente

En su vuelta, Nine Perfect Strangers cambia el lujoso retiro californiano por los Alpes austríacos, pero conserva a su enigmática guía espiritual: Masha Dmitrichenko, interpretada por Nicole Kidman. La premisa vuelve a ser parecida: un grupo de personas con traumas acumulados busca sanar a través de métodos poco convencionales, entre ellos el uso de drogas psicodélicas.

Sin embargo, lo que en la primera temporada funcionó como un cóctel intrigante de drama emocional y suspense espiritual, ahora se diluye en una narrativa que no termina de encontrar su propósito. Esta segunda tanda de episodios abusa de los saltos temporales —muchos de ellos innecesariamente confusos— y presenta un conflicto central que tarda demasiado en cobrar sentido.

Nicole Kidman ofrece una interpretación correcta, aunque algo distante. Su Masha se ha vuelto más abstracta, menos humana, y eso la convierte en un personaje plano, más símbolo que persona. A pesar de sus esfuerzos interpretativos, Kidman parece atrapada en un papel que no evoluciona ni genera empatía real.

Quienes sí consiguen aportar algo de vitalidad al conjunto son Mark Strong, en la piel del magnate David Sharpe —un villano que no termina de redimirse— y Murray Bartlett, como Brian, un actor infantil venido a menos cuya fragilidad emocional es de lo poco auténtico que hay en la serie. Ambos logran transmitir emociones genuinas y ofrecer matices que el guion no siempre facilita.

La estética sigue siendo impecable: paisajes nevados, baños de vino, luces tenues y simbolismos a raudales. Pero la narrativa pierde fuerza. El uso de psicotrópicos, que en la primera temporada generaba tensión e introspección, aquí cae en lo anecdótico, rozando lo teatral y sin consecuencias reales.

Se introduce un giro moral interesante cuando los participantes deben juzgar al magnate responsable de muchas de sus desgracias. La idea sugiere una especie de catarsis colectiva o tribunal emocional. Pero lejos de impactar, ese momento clave se diluye entre divagaciones y diálogos que nunca aterrizan en algo verdaderamente revelador.

Entre la confusión y la indiferencia

El problema de fondo es que Nine Perfect Strangers ya había contado su historia. Esta nueva temporada parece forzada, sin nada sustancial que añadir. El misterio desaparece, la estructura se enreda y las subtramas no logran enganchar. Ni siquiera el final consigue ofrecer una resolución satisfactoria: la serie cierra con una escena ambigua que en vez de abrir nuevas preguntas, deja una sensación de desgaste.

La segunda temporada de Nine Perfect Strangers no logra justificar su existencia. A pesar de su empaque visual y algunas actuaciones sólidas, la serie pierde lo más valioso que tenía: su capacidad para incomodar, emocionar y generar reflexión desde lo íntimo. Lo que antes era una invitación a mirar hacia dentro, ahora es una puesta en escena vacía, cargada de simbolismos que no alcanzan el corazón. @mundiario