Crítica a La Guerra de los mundos: una invasión sin pies ni cabeza y con Amazon como el salvador

Ice Cube no se levanta del sillón, Eva Longoria está desperdiciada y los extraterrestres aparecen menos que el sentido común en la peor adaptación de La Guerra de los Mundos.
Póster de La guerra de los mundos. / Prime Video
photo_camera Póster de La guerra de los mundos. / Prime Video

La nueva adaptación de La Guerra de los Mundos acaba de aterrizar en Prime Video y ya hay quien pide que la devuelvan al espacio exterior. Dirigida por Rich Lee, con guion de Kenneth Golde y Marc Hyman, esta versión moderna del clásico de H.G. Wells sustituye la tensión original por un pastiche tecnológico que parece más una campaña de marketing de Amazon que una película de ciencia ficción.

La historia sigue a Will Radford (Ice Cube), un analista de ciberseguridad del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos que, sentado todo el metraje frente a su ordenador, presencia una invasión alienígena sin moverse del sitio. Literalmente. Mientras el planeta colapsa, él hace gestiones burocráticas y llamadas de Zoom. Es como si la amenaza extraterrestre fuese solo un inconveniente en su jornada laboral.

La trama gira en torno a un sistema de vigilancia masiva llamado Goliat, que almacena los datos de todos los ciudadanos norteamericanos. Los alienígenas, híbridos orgánico-cibernéticos, no vienen a conquistar ni a destruir: vienen a devorar nuestros datos, como si fueran hamburguesas digitales. A través de pantallas, videollamadas y mensajes encriptados, se nos explica que los extraterrestres han decidido alimentarse de la información alojada en los centros de datos del gobierno estadounidense. ¿La solución? Un virus biológico-informático que hay que cargar físicamente en los servidores subterráneos.

Y aquí es donde todo colapsa

Como nadie tiene una memoria USB a mano (ni en el edificio de Seguridad Nacional ni en casa de un analista de seguridad), la familia Radford decide pedir una por Amazon. Sí, Amazon. La hija, Faith, contacta con su novio repartidor, que lanza un dron Prime Air hacia la base subterránea. El dron se estrella, un vagabundo lo ayuda a corregir el rumbo a cambio de una gift card de mil dólares y, acto seguido, se salva la humanidad. Sin ironía. Esto ocurre. Así, tal cual.

El producto final se siente como la peor adaptación posible del texto original de Wells. Toda la acción ocurre a través de pantallas, los extraterrestres aparecen apenas unos segundos, y ni siquiera hay un intento serio de construir tensión. Ice Cube no abandona su silla en toda la cinta. Eva Longoria, que interpreta a una científica de la NASA, repite en bucle la misma línea sobre el ADN cibernético de los aliens, como si fuese un mal chiste reciclado. Y lo que podría haber sido una crítica a la vigilancia estatal y la dependencia tecnológica se convierte en una oda bizarra al consumismo digital.

La película parece escrita con prisas y ensamblada por un comité de marketing. La subtrama entre padre e hijo —el protagonista y un hacker que resulta ser su descendiente— se resuelve con un par de frases moralistas sobre la familia y el entendimiento. Todo mientras el mundo está a punto de ser devorado por bichos que nadie ve y que solo existen como amenaza verbal.

Más allá de lo absurdo del guion, lo que sorprende (e irrita) es su incapacidad para generar cualquier tipo de emoción. Ni miedo, ni tensión, ni risa involuntaria. Solo desconcierto y agotamiento. El espectador asiste perplejo a una sucesión de escenas sin coherencia narrativa, conectadas únicamente por pantallas y por una omnipresencia publicitaria que parece burlarse del propio medio. Amazon salva al mundo, los aliens desaparecen, y nosotros apagamos la pantalla con una mezcla de incredulidad y pena. @mundiario