El estreno de Black Rabbit en Netflix ha sido recibido como uno de esos fenómenos que parecen inevitables: gran reparto, atmósfera oscura, un puñado de directores de prestigio y una campaña promocional milimetrada. El resultado era, casi por inercia, un éxito de visionados. La plataforma lo ha colocado rápidamente en su escaparate global y la crítica internacional no ha tardado en reconocer sus virtudes. Sin embargo, tras ese brillo inicial se esconde un debate más interesante: ¿es esta una serie destinada a marcar época o simplemente otro producto bien engrasado que desaparecerá de nuestra memoria tan rápido como llegó?
La respuesta, me temo, se inclina hacia lo segundo.
El thriller televisivo atraviesa una fase de sobreexplotación. Desde Ozark hasta Mindhunter, pasando por innumerables imitaciones, el género se ha convertido en una especie de refugio para las plataformas: oscuro, elegante, con giros dramáticos y personajes moralmente ambiguos. Black Rabbit se inscribe de lleno en esta tradición, con Nueva York como telón de fondo y dos hermanos antitéticos —Jake, rígido y responsable; Vince, caótico y magnético— que canalizan las tensiones familiares y delictivas de la trama. Funciona, sin duda, pero lo hace bajo un esquema tan reconocible que apenas deja espacio para la sorpresa.
El fichaje de Jude Law y Jason Bateman es, quizá, la mejor carta de presentación. Ambos sostienen la historia con oficio, ofreciendo química y tensión en cada escena compartida. Lo mismo ocurre con la dirección: nombres como Justin Kurzel, Laura Linney o el propio Bateman aportan solvencia y profesionalidad. Todo suena impecable sobre el papel, como un proyecto cocinado en un laboratorio de algoritmos que busca garantizar el aplauso de la audiencia. Y ahí radica precisamente el problema: lo que debería ser riesgo artístico se convierte en cálculo estratégico.
Netflix no arriesga porque no lo necesita. Sabe que basta con combinar un reparto atractivo, una atmósfera turbia y una narrativa en espiral para conquistar a millones de espectadores durante un par de semanas. Black Rabbit cumple con ese cometido a la perfección, pero lo hace a costa de diluir cualquier rasgo de singularidad. Sus personajes, aunque interesantes, no rompen moldes; su trama, aunque adictiva, no sorprende; y su tono, aunque cuidado, no desafía. Es un producto eficaz, sí, pero también intercambiable.
El verdadero debate, por tanto, no es si las serie merece el éxito que está teniendo —lo merece, en la medida en que entretiene y engancha—, sino si ese éxito nos dice algo sobre el momento actual de la ficción televisiva. El auge de series como esta refleja una tendencia preocupante: confundimos la popularidad inmediata con la trascendencia cultural. Lo que hoy consumimos con entusiasmo, mañana apenas lo recordaremos. El “éxito cómodo” se impone al impacto duradero.
Conviene preguntarse, además, qué lugar queda para la innovación en un ecosistema dominado por métricas y algoritmos. La televisión de prestigio, esa que en su día revolucionó el panorama con The Sopranos, The Wire o incluso Breaking Bad, se caracterizaba precisamente por lo contrario: la voluntad de incomodar, de arriesgar, de no ser complaciente. Black Rabbit confirma que esa etapa ha quedado atrás, sustituida por un modelo donde lo importante es la visibilidad inmediata, no la huella a largo plazo.
Black Rabbit es el paradigma del presente audiovisual: brillante en su superficie, calculada en su estructura y destinada a un olvido rápido. Un éxito, sin duda, pero un éxito que no transforma nada. Y eso, quizás, debería preocuparnos más que celebrarlo. @mundiario


