La comunidad de Hollywood sigue conmocionada tras la trágica noticia del fallecimiento de Rob Reiner y su esposa Michele. Ante este devastador suceso, Martin Scorsese ha querido romper su silencio a través de un emotivo ensayo publicado en The New York Times. En sus líneas, el director de Taxi Driver describe la pérdida como una "obscenidad" y un abismo en la realidad vivida, mientras intenta procesar la partida de quien fuera uno de sus amigos más cercanos desde que ambos aterrizaron en Los Ángeles a principios de los años 70.
Scorsese destaca que lo que más le cautivó de Reiner desde el principio fue su "hermosa sensación de libertad sin inhibiciones". Unidos por un origen común en la costa este y un humor puramente neoyorquino, ambos cineastas forjaron una afinidad natural que se extendió durante más de cinco décadas. El ensayo retrata a un hombre que, a pesar de pertenecer a la realeza del espectáculo, nunca buscó tomar el control de la sala, sino que prefería disfrutar plenamente del momento con una risa estrepitosa que podía escucharse en cualquier auditorio.
Un legado entre la comedia y la ternura
Más allá de su estrecha relación personal, Scorsese ensalza la visión cinematográfica de Reiner detrás de las cámaras. Califica el falso documental 'This Is Spinal Tap' como una creación inmaculada y confiesa su profunda admiración por la dirección de 'Misery'. Sin embargo, su recuerdo más vívido y profesional se traslada al rodaje de 'El lobo de Wall Street' (2013), donde Reiner interpretó magistralmente a Max, el padre de Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio). Para Scorsese, Rob era un maestro de la improvisación que comprendía perfectamente la fragilidad humana de sus personajes.
"Me conmovió la delicadeza y apertura de su interpretación", escribe el cineasta, recordando con especial dolor la escena en la que el personaje de Reiner observa, con una mezcla de amor y desconcierto, la ambición autodestructiva de su hijo. Scorsese concluye su homenaje con la esperanza de que, con el paso del tiempo, pueda volver a imaginar a su amigo sentado a su lado en una cena, riendo y compartiendo historias, manteniendo vivo el rostro beatífico y el sentido del humor de quien se siente afortunado de haber tenido como amigo.