En una ciudad inglesa sin nombre, donde el gris del entorno parece reflejar el estado emocional de sus habitantes, Adolescencia se desarrolla como una bomba narrativa que estalla en cada episodio. Creada por Jack Thorne y protagonizada por Stephen Graham, quien también participa como productor, la serie se sumerge en el caso de Jamie, un niño de 13 años acusado de asesinar a una compañera de clase. Lo que parece al principio un drama judicial se convierte rápidamente en una exploración profunda de los rincones más oscuros de la adolescencia contemporánea.
La historia, dirigida por Philip Barantini con su característico estilo de plano secuencia, no se limita al crimen. Va mucho más allá. A través de los ojos de Jamie, sus amigos, sus padres y su terapeuta infantil designada por el tribunal (Erin Doherty), la serie revela cómo la propaganda digital —especialmente la de la llamada “píldora roja”— puede moldear la percepción, la identidad y el comportamiento de los jóvenes. Este término, popularizado en foros misóginos, representa una ideología que promueve la superioridad masculina y el desprecio hacia las mujeres, disfrazado de “despertar” frente a una supuesta opresión feminista.
Lo que comienza como una investigación policial se transforma en una exploración social profunda. ¿Cómo llegó Jamie a este punto? ¿Qué voces escuchó en la oscuridad de su habitación? ¿Qué discursos lo convencieron de que la violencia era una respuesta válida? La serie no se enfoca únicamente en el acto violento, sino en el proceso de radicalización silenciosa que ocurre en miles de hogares, sin que padres, maestros o instituciones lo noten.
Adolescencia, la serie que debes ver con tus hijos
Adolescencia no ofrece respuestas fáciles. En cambio, plantea preguntas incómodas sobre el rol de internet, la falta de educación emocional y la negligencia institucional. La serie expone los rincones más grotescos de la manosfera —ese universo digital donde se promueve una masculinidad tóxica y se desprecia todo lo que se considera “débil” o “femenino”. Este entorno virtual, compuesto por influencers, youtubers y foros anónimos, se convierte en una escuela paralela donde los adolescentes aprenden a odiar antes de aprender a sentir.
La narrativa se apoya en actuaciones intensas, especialmente la de Doherty, que encarna a una terapeuta atrapada entre el deber profesional y el dolor humano. Graham, como el padre de Jamie, ofrece una interpretación contenida pero devastadora, mostrando cómo la paternidad rota puede convertirse en caldo de cultivo para el resentimiento. La madre, interpretada por Sharon Duncan-Brewster, aporta una dimensión emocional desgarradora, al intentar comprender lo incomprensible.
La dirección de Barantini es claustrofóbica y efectiva. Cada plano parece encerrarnos en la mente de Jamie, donde el ruido digital se mezcla con el silencio emocional. El guion de Thorne no teme incomodar: no hay redención fácil, ni moralejas simplistas. El espectador se ve obligado a confrontar sus propios prejuicios y a preguntarse qué papel juega en esta cadena de silencios.
Adolescencia se convierte así en una obra necesaria. No solo para entender lo que está ocurriendo en las sombras de la red, sino para prevenir lo que podría convertirse en una epidemia silenciosa. Es una advertencia, una llamada de atención, y sobre todo, una invitación a mirar más allá de la pantalla. Porque si no hablamos de esto ahora, ¿cuántos Jamie más tendremos que ver antes de reaccionar? @mundiario

