Richard Gere, Uma Thurman y Jacob Elordi se ponen bajo la batuta de Paul Schrader en Oh, Canada, una película que adapta Foregone, la novela póstuma de Russell Banks.
El filme, presentado desde el pasado el 20 de julio en Movistar Plus+, gira en torno a la figura de Leonard Fife, un reconocido documentalista canadiense que, al borde de la muerte por un cáncer terminal, decide enfrentarse a su pasado y desmitificar su vida ante una cámara. Lo hace acompañado por su mujer y por un antiguo alumno convertido ahora en cineasta, a quien le concede su última entrevista.
La historia de Fife es también la de uno de los 60.000 desertores estadounidenses que, durante la Guerra de Vietnam, huyeron a Canadá para no ser reclutados. Pero lo que parece un acto de valentía o de coherencia ideológica se revela, a medida que avanza el metraje, como una decisión más compleja, plagada de contradicciones y verdades a medias. Ese es precisamente el propósito de la confesión: romper con el mito construido y dejar constancia, en un último ejercicio de honestidad, de quién fue realmente.
La muerte, tanto literal como simbólica, atraviesa toda la película. No solo por la enfermedad del protagonista, sino también por el fallecimiento reciente de Russell Banks, gran amigo del director, y del padre del propio Richard Gere, justo antes de que Schrader le ofreciera el papel de Leonard Fife. El filme adquiere así un tono elegíaco que se refleja tanto en el texto como en la forma.
Gere, que da vida a Fife en su etapa final, explica que el personaje está obsesionado con ser grabado. No por vanidad, sino porque solo ante la cámara cree poder decir la verdad. "Solo le importa que la cámara esté encendida para que diga la verdad", afirma el actor, que considera que la película es también una reflexión sobre el cine como artefacto metafísico: una herramienta para capturar la esencia, para revisar lo vivido o, tal vez, para reconstruirlo.
El personaje de Leonard Fife emerge así como una figura trágica y profundamente humana. Un hombre que ha dedicado su vida a retratar a otros, pero que ahora se expone, por fin, a ser retratado. Un testimonio final que no busca redención externa, sino reconciliación consigo mismo.
Oh, Canada no es una crónica política ni una denuncia histórica. Es, ante todo, un retrato íntimo sobre la construcción de la identidad, el peso del pasado y el acto de mirar —y dejarse mirar— como una forma de verdad. @mundiario


