Resulta irónico que una serie que revolucionó el panorama televisivo hablando sin tapujos sobre sexo, amor, amistad y ambiciones femeninas en la gran ciudad, acabe ahora con un susurro casi imperceptible. And Just Like That..., secuela directa de la mítica Sexo en Nueva York, se despide sin bombo ni platillo el próximo 14 de agosto. Ni siquiera sus más acérrimos seguidores sabían que los episodios que están viendo estos días son, en realidad, los últimos.
La noticia llegó a finales de la semana pasada, por boca del productor Michael Patrick King y de Sarah Jessica Parker, con un mensaje melancólico y un vídeo en redes que repasaba la trayectoria de Carrie Bradshaw. No hubo titulares triunfales ni estrategias de marketing estruendosas. Solo una voz en off, una pizca de nostalgia y un cierre improvisado en pleno verano, como si los responsables de la ficción temieran asumir que la historia no daba más de sí.
Pero esta forma de clausura, casi vergonzante, no puede desligarse del devenir errático que ha tenido el reboot desde su estreno en 2021. Desde el primer episodio, And Just Like That... ha sido una producción incómoda para sí misma: queriendo adaptarse a los nuevos códigos sociales sin traicionar su ADN, ha acabado por desdibujar a sus personajes originales, alienando tanto a viejos fans como a nuevos espectadores.
Entre la corrección política y la pérdida de identidad
La transformación de Miranda en una mujer confundida y errática, la caricaturización de Charlotte como madre en perpetuo estado de crisis y, especialmente, la desconcertante evolución de Carrie, han sido motivos de debate continuo. No se trata de negar el derecho de los personajes a evolucionar, pero sí de cuestionar si lo han hecho de forma orgánica o por imperativo de la agenda política del momento.
En este contexto, la tercera temporada ha sido particularmente significativa. Justo cuando algunos personajes comenzaban a recuperar una cierta coherencia emocional —después de dos temporadas plagadas de decisiones incomprensibles—, la guillotina cae. La vuelta de Aidan, otrora el eterno "tipo bueno", ha generado más rechazo que entusiasmo. Miranda no encuentra su sitio ni con Che ni sin él. Carrie parece más un holograma de sí misma que una persona real. Y Samantha, el alma irreverente de la serie original, ha sido reducida a cameos episódicos llenos de ausencia, consecuencia directa del desencuentro entre Kim Cattrall y Sarah Jessica Parker.
HBO Max, en un ejercicio de control narrativo, ha preferido silenciar el final. Lo ha hecho de forma estratégica, sin anunciar a bombo y platillo que la tercera sería la última temporada. No querían —dicen— empañar la experiencia del espectador con la sombra del adiós. Pero lo cierto es que este cierre discreto es también el reflejo de una historia que ha ido perdiendo el pulso, atrapada entre el deseo de seguir siendo relevante y la incapacidad de encontrar un tono auténtico en la era post-Me Too y de la hiperconciencia identitaria.
Cómo estirar un legado hasta el agotamiento
¿Era necesario un reboot? La respuesta sigue dividida. Para algunos, la secuela ha sido una oportunidad de reencontrarse con personajes queridos y ver cómo enfrentan los dilemas de la madurez. Para otros, ha sido un ejercicio forzado de corrección política que ha convertido una serie ágil e irreverente en un catálogo de discursos prefabricados sobre diversidad, inclusión y trauma emocional.
En definitiva, And Just Like That... termina como vivió sus últimas temporadas: en la cuerda floja entre la fidelidad al pasado y la presión de un presente que exige adaptaciones constantes. Su final no solo marca el cierre de una serie; también simboliza el agotamiento de un modelo narrativo que, tras haber conquistado audiencias durante décadas, ya no encuentra cómo reinventarse sin perder su esencia.
Quizá Carrie Bradshaw, sentada frente a su portátil, hubiera sabido cómo decirlo mejor: a veces, el verdadero final no es un portazo, sino un susurro que apenas se oye entre las luces de la ciudad. @mundiario


