Dirigida por Jordan Scott y basada en la novela Tokyo de Nicholas Hogg, la cinta cuenta con un reparto encabezado por Eric Bana, Sadie Sink y Sylvia Hoeks. Pese a las expectativas que generaba su propuesta y la presencia de nombres reconocidos, el resultado final deja la sensación de estar ante una producción correcta en lo técnico, pero sin rumbo narrativo claro.
La historia sigue a Ben, un psicólogo social y escritor que viaja a Berlín para investigar el poder de las sectas y la influencia que ejercen sobre sus miembros. En esta búsqueda conoce a Nina, una experta en el tema, con quien entabla una conexión que va más allá de lo profesional. La llegada de Mazzy, la hija adolescente de Ben, complica la trama: resentida por la distancia con su padre y desubicada en un entorno que no conoce, Mazzy se ve atraída por Martin, un joven que comparte sus inquietudes medioambientales, pero que la introduce poco a poco en una peligrosa comunidad sectaria.
El desarrollo de la película apunta en varias direcciones sin llegar a profundizar en ninguna. Lo que podría haber sido un thriller inquietante sobre el poder de manipulación de las sectas se convierte en un drama familiar predecible, donde las decisiones de los personajes resultan difíciles de justificar. Mazzy actúa movida por una ingenuidad exagerada, Ben parece más preocupado por su nueva relación que por proteger a su hija y los líderes del culto resultan tan evidentes que la tensión dramática se diluye rápidamente.
Aunque la ambientación berlinesa y el tono sombrío añaden cierta atmósfera, la narrativa avanza sin sorpresas y el guion no consigue generar el suspense que promete. Se intuye desde el principio hacia dónde se dirige la historia, lo que resta emoción a un desenlace que llega con más resignación que impacto. La dirección de Jordan Scott se limita a cumplir con los estándares del género, pero sin aportar frescura ni originalidad.
El mayor punto a favor de la película es la interpretación de Eric Bana, que consigue dotar a su personaje de una presencia sobria y convincente a pesar de las limitaciones del guion. Sadie Sink, conocida por Stranger Things, cumple con su papel, aunque no logra desmarcarse de otros personajes adolescentes vulnerables que ha interpretado anteriormente. Sylvia Hoeks, en el papel de Nina, aporta fuerza a la trama, pero no consigue salvar un argumento que se siente plano.
La secta es una película sencilla y predecible que, pese a su producción impecable y su reparto llamativo, no logra definir su identidad. Su premisa tenía potencial para explorar el poder de persuasión de los cultos y el impacto emocional de las relaciones familiares fracturadas, pero el resultado es una historia que no engancha ni sorprende, y que termina perdiéndose en tierra de nadie. @mundiario


