Si Elon Musk, Mark Zuckerberg, Jeff Bezos y algún otro gurú tecnológico se reunieran a jugar al póquer en una mansión en medio del desierto y, entre risas, decidieran derrocar un gobierno, probablemente nos parecería una locura.
Mountainhead, la primera película de Jesse Armstrong tras el éxito arrollador de Succession, parte de esa misma idea absurda… para demostrar que lo verdaderamente absurdo es lo cerca que está de la realidad.
La cinta, disponible desde el 31 de mayo en la plataforma Max, se presenta como una sátira política cargada de comedia, pero con un trasfondo que no tiene nada de superficial. Armstrong vuelve a exhibir su talento para diseccionar las estructuras de poder y la psicología de los ricos con la misma precisión que ya desplegó en Succession, aunque aquí el tono es aún más provocador. En Mountainhead no hay empresas familiares que cotizan en bolsa; hay imperios digitales que amenazan con tragarse al planeta entero.
El filme sigue a cuatro titanes tecnológicos, cada uno con una personalidad marcadamente exagerada —aunque curiosamente reconocible— que se citan en una casa de lujo en Utah. Lo que empieza como un encuentro amistoso entre egos descomunales, va derivando en una discusión sobre el futuro del mundo, el uso de la IA como herramienta de control y la posibilidad real de organizar un golpe de Estado. Sí, parece una parodia... pero esa es justo la clave de su impacto.
Steve Carell brilla como Randal, el veterano manipulador con ínfulas de visionario que actúa como el patriarca del grupo. Su interpretación equilibra con soltura el humor absurdo y el drama soterrado, dando forma a un personaje que, entre carcajada y carcajada, esconde una visión apocalíptica del mundo. Junto a él, Jason Schwartzman se luce como “Souper”, un multimillonario excéntrico que, sin pestañear, plantea quedarse con todo el Cono Sur. El reparto lo completan Ramy Youssef, como el joven liberal que se convierte en el más rico del grupo, y Cory Michael Smith como Venis, el anfitrión y artífice de esta reunión infernal.
Más allá del juego de personalidades, lo que convierte a Mountainhead en una película notable es su capacidad para introducir en una historia casi caricaturesca temas de un peso brutal: la concentración de poder en manos privadas, la dependencia de los gobiernos frente a las grandes tecnológicas, el peligro de una IA sin límites y la crisis de legitimidad de las democracias actuales. No es que la cinta sea totalmente coherente, ni que busque serlo. Su fuerza reside precisamente en ese desparrame narrativo que, entre bromas, deja una sensación inquietante de que el futuro ya está aquí… y lo están decidiendo cuatro tipos en bata desde un salón con vistas a las montañas.
El estilo visual es sobrio pero eficaz, apostando por los silencios incómodos, los planos cerrados que subrayan el cinismo de los personajes y un ritmo que mezcla tensión con explosiones de humor corrosivo. El guion, como era de esperar, brilla por su agudeza. Armstrong no da puntada sin hilo y sabe cómo construir una escena para que lo que empieza como un chiste acabe siendo una puñalada al sistema. @mundiario


