La masacre del microondas es una reliquia de la serie B que mezcla humor negro, terror y mal gusto con la despreocupación propia de finales de los setenta. Lejos de ser una obra maestra, se abraza a su precariedad técnica y a su argumento demencial como principales armas de seducción para el espectador más desacomplejado.
Wayne Berwick dirige esta sátira sin red, donde lo grotesco y lo absurdo se dan la mano para construir una película que, en su desfachatez, encuentra su razón de ser. No pretende innovar ni conmover: su única intención es provocar carcajadas incómodas y caras de asombro en quien se atreve a verla.
La interpretación de Jackie Vernon, con su impasible retrato de Donald, es esencial para que esta locura funcione. Su rostro anodino mientras cocina cadáveres en el microondas resulta tan inquietante como cómico, encapsulando el tono delirante que Berwick busca en cada secuencia.
No obstante, más allá de su humor chusco y sus efectos especiales rudimentarios, La masacre del microondas sirve como curiosa crítica social a la banalidad del consumismo y la obsesión culinaria de ciertas élites. Entre vísceras y bromas pesadas, late una burla a la sofisticación impostada.
En definitiva, esta cinta no es para todos los públicos. Es un placer culpable, una hamburguesa grasienta servida en bandeja de plata a quienes disfrutan del cine más bizarro. Para el resto, será un espectáculo tan indigesto como inolvidable. @mundiario


