Han pasado casi quince años desde Tron: Legacy y más de cuatro décadas desde que la película original revolucionara el cine con su estética digital. Tron: Ares llega con la promesa de actualizar el universo del Grid y trasladarlo al presente tecnológico, donde la inteligencia artificial ya forma parte de la vida cotidiana. Sin embargo, aunque visualmente es un despliegue impresionante, la cinta dirigida por Joachim Rønning se queda corta en su intento de profundizar en las cuestiones que plantea.
El argumento sigue a Ares (Jared Leto), un programa digital que logra cruzar al mundo real con la misión de garantizar la supervivencia de las inteligencias artificiales. En el proceso se cruza con Eve Kim (Greta Lee), una ejecutiva de Encom obsesionada con integrar la IA en la sociedad humana, y con Julian Dillinger (Evan Peters), heredero de un legado corporativo y moralmente ambiguo. La idea suena prometedora: explorar el choque entre lo humano y lo sintético. Pero la historia se limita a la superficie y, en lugar de ofrecer una reflexión profunda sobre el papel de la inteligencia artificial, opta por un enfoque más orientado al espectáculo.
Lo mejor de Tron: Ares está en lo que se ve y se oye. La estética sigue siendo una marca de identidad: luces de neón, texturas digitales, persecuciones imposibles y escenarios que parecen sacados de un sueño tecnológico. La dirección de Rønning y el impecable trabajo de efectos visuales convierten cada plano en una experiencia sensorial.
A ello se suma una banda sonora excepcional firmada por Trent Reznor y Atticus Ross (Nine Inch Nails), que mezcla sintetizadores, percusiones industriales y atmósferas electrónicas con un ritmo hipnótico. La música eleva cada escena y consigue ese equilibrio entre nostalgia y modernidad que tanto caracteriza a la saga.
Es precisamente este aspecto técnico el que salva la película. Aunque la trama no arriesga ni sorprende demasiado, la puesta en escena logra mantener el interés y justificar su existencia dentro del universo Tron.
Ecos del pasado que no terminan de resonar
Uno de los puntos más débiles de Tron: Ares es la desconexión con sus predecesoras. No se menciona qué ha ocurrido con Sam Flynn o Quorra, personajes fundamentales de Tron: Legacy, ni se explica por qué Flynn no regresó al mundo real. Solo al final aparece un guiño hacia él, demasiado breve para satisfacer a los seguidores de la saga.
Tampoco hay rastro de Tron, el icónico programa que en su momento protegía a los usuarios dentro del sistema. Su ausencia se nota, sobre todo porque representaba el alma heroica de la franquicia. En este sentido, Ares parece más interesada en redefinir su propio relato que en continuar la mitología que la hizo legendaria.
Jared Leto, una interpretación correcta pero sin brillo
En el plano interpretativo, Jared Leto cumple sin destacar. Su Ares combina rigidez y misterio, pero carece de la fuerza necesaria para convertirse en un protagonista memorable. Greta Lee, por su parte, aporta credibilidad y energía, mientras Evan Peters da vida a un antagonista convincente. Sin embargo, el conjunto actoral nunca llega a alcanzar la intensidad emocional que una historia de este calibre podría ofrecer.
Un espectáculo que entretiene, pero no trasciende
Tron: Ares es, ante todo, una experiencia visualmente impresionante. Su diseño de producción, sus secuencias de acción y su ambientación futurista justifican verla en pantalla grande. Pero, al mismo tiempo, deja la sensación de ser una oportunidad perdida. La saga Tron siempre ha jugado con la frontera entre el hombre y la máquina, y en esta ocasión parecía tener el contexto perfecto para explorar el auge de la inteligencia artificial.
El resultado final es una película entretenida, espectacular y coherente con el espíritu estético de la franquicia, pero que se queda corta en ambición narrativa. Si Tron (1982) fue pionera y Tron: Legacy expandió el mito, Tron: Ares se conforma con mantener viva la chispa, sin llegar a encenderla del todo. @mundiario


