Es legítimo que toda franquicia intente renovarse para encontrar nuevos públicos. No obstante, cuando dicha renovación supone dinamitar el núcleo identitario de la obra original, cabe preguntarse si no estamos ante una simple explotación de marca vacía de contenido. Esto es lo que ocurre con Alien: Planeta Tierra, una serie que, aunque ambientada cronológicamente antes de los eventos de la película fundacional de Ridley Scott, se siente más cerca de Blade Runner que del espacio asfixiante de la Nostromo.
Lo que en su día fue una lección de angustia claustrofóbica, silencio narrativo y amenaza biomecánica casi primigenia —el xenomorfo como símbolo de lo incontrolable, lo inexplicable, lo letal— aquí se convierte en un decorado sin alma donde adolescentes con cuerpo de androides se debaten entre dramas existenciales y eslóganes de autoayuda. La protagonista, Wendy, es un ejemplo paradigmático de este desvío. Una niña con cáncer transferida a un cuerpo sintético que inaugura la era de los “híbridos”, y cuya trama no hace más que reciclar los mismos dilemas filosóficos que ya hemos visto, y mucho mejor contados, en otras obras del género.
Una saga desfigurada: el falso renacimiento
Hay algo casi paródico en la manera en que se gestiona el conflicto identitario de Wendy: diálogos impostados, recursos argumentales previsibles, flashbacks forzados y un aire general de solemnidad hueca. El intento de dotar de profundidad a la narrativa se ve saboteado por una construcción infantilizada del universo. ¿A quién se le ocurre enfrentar la amenaza alienígena más temida del cine con una patrulla de niños transhumanos que, por momentos, actúan como si estuvieran en una secuela oscura de Peter Pan? De hecho, la alusión directa al cuento de J. M. Barrie no hace más que evidenciar la endeblez de la propuesta.
La vergüenza ajena se intensifica cuando aparece lo que debería ser el elemento clave de la franquicia: los xenomorfos. En lugar de criaturas que inspiran pavor y respeto, nos encontramos con un zoológico intergaláctico de bichos de diseño insulso y comportamiento absurdo. Lo que en Alien: El octavo pasajero era una amenaza ineludible e impredecible, en Planeta Tierra se convierte en un pretexto decorativo para escenas de acción mal dosificadas. El terror ha desaparecido; en su lugar, hay coreografías poco creíbles de niños saltando entre huevos de alien como si estuvieran en un parque acuático.
Tampoco ayuda que el apartado narrativo esté plagado de clichés y momentos anticlimáticos. La subtrama del reencuentro entre Wendy y su hermano CJ, que debería ser el ancla emocional de la serie, se resuelve con una torpeza que desactiva cualquier posible conexión con los personajes. La emotividad parece impostada y la psicología de los personajes, caricaturesca.
El gran pecado de Alien: Planeta Tierra no es tanto su alejamiento estético del canon, sino su traición al espíritu original. Alien no era solo monstruos en el espacio: era una crítica al poder corporativo, una metáfora del cuerpo invadido, una exploración del miedo como experiencia vital. Ridley Scott, James Cameron o incluso David Fincher —cada uno con su estilo— supieron dialogar con esos elementos sin perder la esencia. Aquí, sin embargo, nos encontramos con una serie que parece querer contentar a todos y no convence a nadie: ni a los fans del terror cósmico ni a los amantes del sci-fi de corte filosófico.
Del ‘survival horror’ al melodrama sintético: ¿qué queda de Alien?
Eso sí, justo es reconocer que la producción visual es excelente. El diseño de escenarios y tecnología futurista respeta la estética industrial de la saga, con sus pasillos oscuros, interfaces retro y arquitecturas opresivas. Hay momentos, especialmente en el cuarto episodio, donde parece que la serie va a encontrar su tono. Pero la esperanza dura poco: enseguida se impone el caos argumental y la trivialización de la amenaza.
Desde el punto de vista histórico, cuesta entender cómo hemos llegado hasta aquí. Tras Prometheus y Covenant, que ya dividieron a la crítica con su giro filosófico, parecía que Alien: Romulus (2024) había devuelto a la saga su naturaleza de pesadilla espacial. Planeta Tierra, en cambio, da un paso atrás, como si no supiera muy bien qué quiere ser. Serie juvenil, drama existencial, distopía de manual, alegoría transhumanista… pero nunca, en ningún momento, Alien.
Alien: Planeta Tierra representa el ocaso de una franquicia que, al parecer, ya no confía en su propio ADN. La búsqueda de relevancia a cualquier precio, el intento de sumar nuevas capas identitarias sin una estructura sólida detrás y el uso instrumental de símbolos míticos del cine de terror convierten esta serie en un producto olvidable. Ojalá pronto llegue otro Alien que, como el original, nos devuelva la oscuridad, el silencio... y el miedo. @mundiario


