De la vida de las marionetas o el espíritu ofuscado según Bergman

La película se desarrolla en capítulos que vienen a ser como piezas de un puzle que el espectador deberá saber unir para diagnosticar la enfermedad mental y moral del protagonista.

Fotografía del rodaje de "De la vida de las marionetas", con Bergman y los actores principales.
photo_camera Fotografía del rodaje de "De la vida de las marionetas", con Bergman y los actores principales.

De la vida de las marionetas (Ingmar Bergman, 1980) siempre me ha parecido una película extraña dentro del universo bergmaniano. Tal vez, porque forme parte del periodo de ese exilio fiscal al que recurrió el director sueco, y que lo llevó a realizar tres películas en Alemania. Pero, si El huevo de la serpiente es una película fallida, y Sonata de Otoño, una de sus grandes obras, reconocible en sus elementos habituales, en esta producción sale exitoso, a pesar de prescindir de sus actores y actrices fetiche, recurriendo a unos alemanes poco conocidos y quizás menos excelentes.

Realizada para la televisión —como lo fuera también la enorme Secretos de un matrimonio—, De la vida de las marionetas es tal vez una obra menos brillante, pero no por ello menos esencial. Si bien utiliza un recurso narrativo poco habitual, como el de configurar la historia en torno a una investigación, a unos flashbacks desordenados, en lo que parece casi una película policiaca, observamos en ella las grandes constantes del director: la enfermedad mental, la angustia existencial, el vacío, el egoísmo, el odio; todo ello aquí con el añadido del crimen y del sexo.

Estamos ante una de la películas más angustiosas del director sueco —lo que es mucho decir—. Está rodada en un triste blanco y negro que contrasta con el colorido chillón y rojizo de la primera escena. Esta se desarrolla en un cutre escenario que es el de un peepshow. Al cierre del mismo, vemos al protagonista, a Peter Egermann, que se ha quedado a solas con una de las artistas, ahora reconvertida en prostituta. Pero él no es un cliente normal. No busca el simple desahogo del sexo sino algo más oscuro que le da miedo, que forma parte de su angustiosa confusión. Está muy trastornado, y, sin ningún motivo —en realidad, vicariamente, sustituyendo a su esposa por esa mujer—, acaba asesinándola.

A partir de ahí, la película se desarrolla en capítulos que vienen a ser como piezas de un puzle que el espectador deberá saber unir para diagnosticar la enfermedad mental y moral del protagonista, así como también la de los personajes con los que se relaciona. Semanas antes del suceso, Egermann acude a un psiquiatra amigo y le confiesa su deseo de matar a su esposa. Sin embargo, no se siente en absoluto comprendido, sino amonestado. A la hora de salir de la consulta, cierra la puerta, finge haberse marchado pero, en realidad, se queda dentro. Así puede comprobar como el psiquiatra llama a su mujer, la hace venir, y pretende acostarse con ella; aunque, en esta ocasión, su propuesta es rechazada.  

La relación con su esposa es compleja. Él reconoce su mutua infidelidad, pero el problema no radica ahí, sino en una cierta indescifrable repulsa hacia al otro que, en mucha mayor medida, siente él. Su angustia es insoportable. Bebe mucho. En una noche de insomnio, se levanta y agarra la botella de coñac. Katherina, su mujer, se desvela y lo acompaña. Quiere consolarlo pero no sabe cómo. En otro momento, vemos a los dos en la cama. Él la obvia. Le dice que puede admitirla a su lado solo si permanece callada. Pero ella quiere recuperarlo, o al menos sanarlo. Le dice: “¿Recuerdas el comienzo de nuestro matrimonio?” Y él le responde, inflexible: “Teníamos un capital de amor y lo hemos despilfarrado todo. Aceptamos las reglas del juego sin saber cómo jugarlo”. Y luego: “Bebo para destruirme completamente. Para convertirme en una pulpa de sangre y nervios”.

Los diálogos son demoledores. Demuestran una lejanía infranqueable frente a cualquier asomo de felicidad. El monólogo de Tim —un homosexual también desquiciado psicológicamente— en presencia de su amiga Katherina, su amiga, es brutal. Empieza por lamentar su decadencia física: “Me miro la boca, las manos, y siento tristeza. Soy un viejo aniñado”. Ella le pregunta: “¿Qué eres Tim?” Y he aquí su respuesta, mirándose en el espejo: “Lo mismo que tú. Un reflejo de lo que quieres ser”. Y le confiesa que frecuenta ciertos lugares para librarse de sus deseos y ansiedades, “aunque cueste de entender”. “Lujuria y excitación, terror y bestialidad, no precisamente intimidad y ternura. Me siento dominado por fuerzas que no puedo controlar: doctores, amantes, píldoras, drogas, alcohol y trabajo. Nada me ayuda. Son fuerzas ocultas que no están ni en la experiencia ni en los libros”. Y así sigue confesando su decepción: “Tal vez mis sueños fueran demasiado hermosos y, como castigo, la vida te da golpes cuando menos te lo esperas, como castigo tienes un orgasmo respirando tan cerca del barro que casi te ahogas”.

Uno de los capítulos escenifica un sueño que tiene Peter, en el acaba sintiendo esa pulsión asesina que lo aterroriza. Es una escena narrada en off, en la que el matrimonio está desnudo sobre lo que parece una sola dimensión de blancura, y que me remite a escenas similares de Fresas salvajes o de Persona.  

Al final, volvemos a la escena del crimen, pero desde otra perspectiva, desde unos minutos antes a que se produzca. Primero, nos zambullimos en ese espectáculo pornográfico por el que una mujer desnuda provoca la excitación de unos hombres que, en sus cabinas, la miran a través de una escueta ventanilla. Es curioso el contraste con la pensativa mirada de la prostituta que morirá, que parece totalmente ajena a esa falsa lascivia de sus compañeras; de la misma manera que luego será para ese Peter tan extraño, tan triste, que está, sin reconocerla, junto a una chica amable y cercana, que remarca su inocencia, lo singularmente incomprensible, injusto, de la agresión mortal que luego sufrirá. Pero Peter se mueve en un mundo interior volcánico, y apenas percibe la calma de los signos externos. En un momento dado, quiere marcharse, pero, por seguridad, las puertas han quedado cerradas. Se sentirá atrapado. Ese tiempo de más, recluido, resultará fatídico, propicio para su demente descontrol.

La conclusión del psiquiatra es la siguiente: “Una madre dominante y unas relaciones insuficientes con su padre indudablemente han dado como resultado una homosexualidad latente que ha tenido un efecto perturbador en las relaciones con su esposa y con otras mujeres, como la prostituta. Esta condición, más el miedo que tenía a una madre dominante, no ha tenido otra salida que la trágica que se ha producido. Este hombre ha reprimido su vida emocional desde una temprana etapa. Ha estado maniatado a una esposa que, como la madre, es de una personalidad muy fuerte. La chica es asesinada en un momento de cortocircuito, probablemente en un estado de éxtasis que le hace llevar a cabo el acto sexual con la chica muerta. Solo puede poseer a alguien a quien ha matado. Y se ha convertido en un posible suicida, pues: solo alguien que se mata a sí mismo, se posee completamente”. Al final de ese veredicto que dicta a una grabadora, a través de una ranura, ya estamos viendo a Peter en una habitación de una residencia psiquiátrica.

En el “Epílogo”, ante la triste escucha de Katherina, una enfermera describe la vida del paciente como si estuviera leyendo un informe médico: sus partidas de ajedrez con una computadora, sus tristezas y su rehúse a la ayuda que se le ofrece. Y termina: “Duerme con un osito de peluche, probablemente un recuerdo de la infancia”. Como si de un rosebud se tratara, vemos a Peter, con la mirada perdida en su naufragio, y la cámara recorre su brazo, hasta llegar a un último plano, el que muestra su mano agarrando al muñeco. Se ilustra así esa dramática deriva en la que también hay otros afectados. Tres semanas después del asesinato, Katherina visita a la madre de Peter. Ambas dicen sentirse solas, pero no pueden aliviarse mutuamente. La madre le espeta a su nuera: “Tú no eres madre. No puedes comprender la responsabilidad, la culpa, la vergüenza”. Y ella le confiesa que, bajo su aparente desenvoltura social, está llorando todo el tiempo: “Lloro por mí misma y porque no puedo ser como era”. “Lo que ha sido nunca volverá a ser como antes”. Pero lo más difícil, lo más duro para ella es pensar en esa pobre mujer asesinada. Siente compasión. La alivia imaginar que esa joven víctima no se diese cuenta, hasta el final, de lo que le estaba pasando. Y ahora cree saber cómo se siente Peter: “Indefenso, atemorizado y solo”. Y llega a una conclusión fatídica, casi tranquilamente desesperada: “Se ha marchado y nunca volverá. No importa lo que podamos sentir". @mundiario