Sobre la sobria y triste elocuencia del gran cine de Aki Kaurismäki

El cine de Kaurismäki se nutre de sí mismo, pero también de la insistencia de la sociedad en sus iniquidades. Sus películas son un canto de amor a los débiles

Fotograma de "El Havre", una de las mejores película Kaurismäki.
photo_camera Fotograma de "El Havre", una de las mejores película Kaurismäki.

El cine del finlandés Aki Kaurismäki es de los que guardan una mayor coherencia. La búsqueda de un sello personal le hace insistir en ciertos elementos que hacen que su obra sea inconfundible. Tal vez podrían resultar demasiado recurrentes, pero, en sus variaciones, de una película a otra, el espectador no los percibe como redundancia. Esas constantes se aprecian en diversos elementos: un mismo grupo de actores, cuyos componentes apenas varían; los escenarios domésticos desangelados, pisos austeros, incluso barracones y contenedores; los afiches en los cines, de películas antiguas de culto cinéfilo; los restaurantes como negocio que cae y derrumba seguridades o como la esperanza para rebatir la miseria. Es el retrato de la hiriente precariedad en unos inocentes y tristes ciudadanos, la explotación por parte de unos insensibles empleadores. A veces se impone de fondo el noticiario —en la radio, mayoritariamente— que habla de las guerras y las injusticias que, sin descanso, se van cometiendo en el mundo. Por otra parte, nunca falta la música popular interpretada en directo por músicos casi siempre lánguidos; música anacrónica, nostálgica, melancólica, como alivio de un día a día teñido de adversidad personal o planetaria. Y más características comunes e importantes que iré desgranando.

Como he dicho, esa reiteración podría resultar un defecto, pero solo lo es en aquellas contadas películas suyas que no presentan significativas variantes. Por ejemplo, la tan valorada última obra, Fallen leaves, me parece una obra menor. Los vericuetos por los que nos conduce la historia resultan demasiado previsibles, y tampoco me gusta su abrupta resolución. Aun así, quien no conozca otras muestras del director finlandés podrá apreciar esta película como una obra verdaderamente sensible.

Las películas de Kaurismäki empiezan mal. Nos presentan a unos personajes que viven depresivamente, que están empleados en trabajos nada gratificantes, y se sienten juzgados y manejados por jefes sin escrúpulos. Unos hombres y unas mujeres que van a peor, en caída libre hacia la indigencia. Sobre todo, por la actitud del hombre, que aquí, sino nunca abiertamente malvado, sí que se lo representa como irresponsable. Y es la mujer la que siempre ha de mantener la sensatez, quien se decanta por realizar penosos pero sólidos esfuerzos.

Ese acercamiento al ser humano corriente deviene un retrato de su vulnerabilidad, de una seriedad triste, adquirida en la forja de un largo extravío. Aunque los temas varíen, la esencia humana permanece. Los personajes son mostrados en su indefensión frente a otros congéneres que ocupan los lugares de los lacayos del poder, en opresiones que cumplen inmisericordemente. Y hay una gran preocupación por los trágicos avatares del mundo. En su penúltima película, El otro lado de la esperanza, el protagonista era un sirio que pedía asilo y le era denegado por motivos nada verdaderos, absurdos al contrastarlos con la realidad de su país.

Entre sus muy valiosas películas —que son, al menos, media docena—, estaría Un hombre sin pasado, que ofrece un planteamiento original. Un hombre —del que luego sabremos que se acababa de separar de su mujer— es golpeado por un grupo brutal, de apariencia neonazi. A consecuencia de ello, pierde la memoria y ya no sabe quién es. Frente a la sociedad civilizada, se convierte en una especie de inmigrante, de apátrida, un hombre alegal, casi inexistente, porque no tiene papeles, no sabe cómo se llama, no pueden controlarse sus antecedentes. Ese hombre acaba juntándose con otros excluidos de la sociedad, que viven en contenedores.

El cine de Kaurismäki me recuerda a Chaplin por esa mirada insistente a los desfavorecidos, pero pasado por Buster Keaton, porque estos albergan su misma inexpresividad.

El cine de Kaurismäki me recuerda a Chaplin por esa mirada insistente a los desfavorecidos, pero pasado por Buster Keaton, porque estos albergan su misma inexpresividad. Son los rostros rígidos, asustados o asustadores, que tácitamente denuncian, que son la reprobación del poderoso que tan implacable es con el menesteroso, con el desvalido. También veo reminiscencias buñuelianas en esos toques de humor tan ácidos, tan críticos, tan punzantes en su mantenida seriedad, en su atrevimiento lejos de cualquier norma. Por último, vislumbro algo de Jarmusch en el tono de acercamiento, en las músicas como elementos reveladores de los sentimientos de quienes se mantienen en una precaria suspensión sobre el suelo que otros pisan con firmeza. Pero, aún más: la equiparación en lo literario con las historias de Kafka, y es que estos personajes son víctimas de una lógica avasalladora, de una cruel administración.

Hay otros elementos bastante comunes que no he mencionado al principio, como son los perros, esos animales que parecen representar el calor y la aceptación que esos hombres y mujeres tanto necesitan, rodeados de la jauría de sus semejantes. Y la presencia de las gramolas ­−tanto en los bares, como incluso en la habitación de un hogar− que actúan incitando al sentimentalismo, y que son la invitación a pulsar la llaga de unas emociones tan calladas como candentes. Y luego, los rótulos sencillos, como de cuento infantil. Esos “banco”, “pensión”, que parecen incidir en el carácter alegórico de estas historias. Y un fragmento de la Sinfonía Patética de Chaikovski, que se repite al menos en dos películas, y que parece subrayar la tristeza de los protagonistas, embelleciéndola.

El cine de Kaurismäki se nutre de sí mismo, pero también de la insistencia de la sociedad en sus iniquidades. Sus películas son un canto de amor a los débiles, un retrato de su tristeza, de su precariedad, de su temor a ser atracados por las palabras del otro, aunque suenen tan normativas que parecieran inofensivas. Me quedo prendado de esos rostros compungidos, de esas imágenes tan elocuentes −aunque próximas al mutismo−, de esos colores entristecidos. Qué cine tan sensible el de Aki Kaurismäki.  @mundiario