September (1987) pertenece a ese pequeño grupo de películas dramáticas, intimistas, en las que Woody Allen trató de seguir −con excelentes resultados− la senda de uno de sus maestros: Ingmar Bergman. En esta ocasión nos encontramos con una obra de duración contenida, ochenta y dos minutos, y de escenarios interiores, que son las diferentes zonas de una casa en la que todo ocurre en menos de veinticuatro horas. Así pues, esta escenificación sería fácilmente trasladable al teatro, y nos remite también a autores que el neoyorkino admira, como Ibsen o Chéjov.
Estamos en una casa poblada por seis seres más o menos extraviados en los desencuentros, en la búsqueda de un futuro que a veces resulta dudoso, tan imposible como prometedor. Sin embargo, en esa cabaña de madera son posibles los encuentros íntimos en estancias vacías, las conversaciones en voz baja, las palabras sentidas, muy pensadas, pero ahora frescas, temblorosas, explorando el largo y denso transcurso de una decepcionante realidad. Y todo a un ritmo de jazz lento, melancólico, con una leve luz, o directamente en la penumbra en la que sobreviven unos rostros que parecen los vestigios de almas que quieren sobrevivirse.
Lo que se nos cuenta son las vivencias de una familia, la formada por una actriz ya mayor. Es una mujer de fuerte personalidad, aferrada a su empuje, al ciclón de su desesperada voluntad, al recurso de su pulsión frívola, para sobrevolar las graves sospechas sobre sí misma, esos secretos, la insuficiencia y la culpa. Ahora está recién emparejada con un hombre que trata de adaptarse a sus arrolladoras aseveraciones, que contempla con tristeza y estupor los choques que tiene con su hija, esa Lane, (Mia Farrow), que es una mujer débil, indecisa, acobardada, que ha conocido a un escritor del que se ha enamorado; una mujer desafortunada, porque ahora ese joven que, desamparado, la buscó en otro tiempo tan cercano, se ha dado plena cuenta de que no la quiere. De quien se ha enamorado es de la amiga de Mia, de Stephanie, una joven en crisis matrimonial, a la que también le gusta ese joven escritor, aunque, por lealtad amistosa, se esfuerza en resistirse. Y lo que faltaba para intrincar aún más esta noria de emociones: el vecino, Howard, está enamorado de Lane, y esperanzado, aunque ella le reitere su rechazo. Lo ve mayor, o simplemente es que no lo ama más allá del afecto y del respeto que ambos se demuestran, que no lo desea como desea al escritor. Ese vecino, que está saliendo del duelo de su mujer, podría ser su solución, el abrigo que la cubriese de la intemperie en la que va a quedar cuando Peter la abandone. Pero ella quiere vender la casa, irse a NY, para estar cerca de Peter, para encauzar su vida de una forma improbable, no sabe cómo aún.
September nos habla, además del amor, de la búsqueda de la identidad; principalmente la de Lane, pero también la de Peter, que duda sobre su futuro como escritor; o la de Stephanie, que está abandonando a su marido, a sus hijos, y no sabe si se dejará vencer por sus deseos, como le está empezando a suceder con ese joven. Hay un cierto paralelismo entre esta película y Sonata de otoño, de Bergman, en esa relación de madre ya triunfadora, ya cumplida su trayectoria, y la hija frágil, indecisa, apabullada por la personalidad de una mujer imperfecta pero firme en su actitud vital. De hecho, Mia Farrow está caracterizada de manera muy parecida a Liv Ullman, con ese pelo recogido, las gafas, la mirada tímida, sumisa, dirigida hacia el suelo. Aquí, el personaje de Lane es el de una joven permanentemente derrotada, arrasada por quienes marcan firmemente su dirección, aunque tampoco sepan muy bien ellos a donde les llevan sus pasos, a los que lo único que les piden es que los sostengan sobre las peligrosas preguntas que a veces se escuchan pronunciar.
Dicen que Allen tuvo que rodar una segunda vez la película porque no quedó nada satisfecho de la primera. Incluyó retoques en el guion, incluso improvisándolos la misma mañana del rodaje. Y llegó a sustituir a algunos de los actores. Esto nos da idea de la importancia que le daba a esta obra en la que parecía apostar gran parte de su saber sobre la psicología humana, de su conocimiento sobre el tan posible sufrimiento sentimental. El resultado es un guion perfecto, altamente sugestivo, que pone con delicadeza la mirada en llagas diversas, en la imposibilidad del ser humano de ser feliz cuando las piezas no encajan y se siente incapacitado para una verdadera y renovadora aceptación.
Hay una idea que sobrevuela la historia, y es la que expone Peter acerca de su novela: “Hay personas luchadoras y otras que se dejan abatir”. También su madre le dice a Lena: “Si te ha ido mal en la vida, deja de echarme a mí la culpa. A ti te toca agarrar al toro por los cuernos. Haz que ocurra algo”. Y este otro reproche: “Eres joven y bonita, aunque te vistes como una refugiada polaca”. Pero ella no atiende a ese estímulo. La medida de sus expectativas se la da su reconocimiento en la tristeza: “Hace tiempo que no me siento atractiva”.
Todo es dolor en estas complejas relaciones; y cuando parece que no lo es, es tan solo frívola apariencia. Al final, Stephanie cederá ante la insistencia de Peter, y Lane los sorprenderá besándose, de la peor manera, mientras está enseñando la casa a unos probables compradores. Su madre le dirá que no la venda, que quiere irse a vivir allí con su pareja. Todo se derrumba. Son las servidumbres del amor. Lena le ha dicho a Howard: “¿Y por qué Peter y tú no? No porque tú lo merezcas menos”. Y Peter es ese hombre que ama, que va de inocente, de dolorido, pero que es egoísta, al que no le va a importar, para romper su sequía creativa, escribir la biografía de la famosa actriz, nombrar, describir, aquel terrible episodio, el disparo de la hija al amante maltratador de su madre (aunque luego Lane, en su desesperación, gritará la verdad, que fue su madre la que mató a su amante, y que ella asumió la culpa para librarla de consecuencias más graves).
El final, la salida de la actriz y su marido, forzados por la voluntad de la hija, da como consecuencia un paisaje después de la batalla, una extensa y pormenorizada desolación. Que quien menos podrá con ese golpe es Lane, lo sabe su amiga Stephanie, por eso se preocupa de retirarle las pastillas que podrían drásticamente acabar con su sufrimiento. Ella también coincide en su diagnóstico. Ante su desesperanza, le dice: “Tendrás que echarle más narices, ¿no crees?”. Y luego: “¿Quieres morir?” “No, no, siempre he querido vivir, ese es mi problema”, contesta Lane.
Al final, todos quieren disculparse de lo que no pueden o no han podido dar. “Si te he dado algún disgusto, perdóname. Ha sido sin querer”, le dice su madre a Lane. Stephanie, demolida por la imposibilidad de seguir con Peter, le da ánimos a su amiga, proyectándole una nueva vida posible, aunque necesariamente difusa. Son dos mujeres de ojos llorosos, de futuros irresueltos. Tal vez el tiempo los dilucidará para bien. @mundiario