La muerte y la doncella, de Roman Polanski: la tensión del dolor
Pocas películas tan intensas como La muerte y la doncella (1994). Polanski, en gran parte de su cine, asume el propósito de cautivar al espectador, incluyéndolo en una vorágine de continua expectación, a través de los diálogos y del inquietante y dramático periplo de los personajes. Mi primer contacto con el cine del ya nonagenario director polaco lo tuve con Repulsión, una película que admiré muy especialmente. Después, fui conociendo buena parte del resto de su prolífica obra a través de otras propuestas suyas posteriores que no disimulaban un afán comercial, pero se revelaban honestas y vigorosas, y casi siempre densas y profundas en su contenido.
La muerte y la doncella ostenta esa virtud suya de atrapar al espectador y no soltarlo hasta el final. En este caso, lo hace apoyado sobre un argumento que no es precisamente un mero pasatiempo, sino que plantea cuestiones éticas y políticas de primer nivel. La acción se sitúa en un país imaginario sudamericano, que podría ser cualquiera de los que en el siglo XX padecieron una feroz dictadura, pero que yo no puedo evitar imaginármelo como Argentina.
Polanski tiene la buena costumbre de basarse en buenas obras teatrales, de este modo logra preservar aquello de lo que ese arte no es capaz por su intrínseco carácter efímero. Y demuestra que la traslación de un solo escenario al cine no ha de maniatar necesariamente la acción, sino que la cámara puede entonces hurgar en los recodos que se nos escatimaban, que pueden presentarnos los rostros en todo su detalle emocional. La acción de esta película se desarrolla íntegramente en una casa aislada, una vivienda vacacional, que representa un espacio tanto de descanso como de vulnerabilidad, la posibilidad de que pueda tener lugar lo cruel y lo impune.
Paulina Escobar (excelente Sigourney Weaver) es una mujer que pocos años atrás, en la dictadura, padeció días de torturas y violaciones. Ha preparado en su casa una cena para su esposo, pero este se retrasa. La lluvia arrecia fuertemente y se va la luz. Cabreada por la tardanza, cena sola. Cuando llega Gerardo, su marido, abogado de profesión, a este no le sirve la veraz excusa de que ha pinchado una rueda y que lo ha tenido que traer en su vehículo el generoso doctor Roberto Miranda (Ben Kingsley da perfectamente en el papel, con ese bigotito que recuerda al de los militares golpistas, con ese rostro que mintiendo sugiere una inocente personalidad). Está de uñas contra su marido porque en la radio ha oído que muy probablemente va a presidir una comisión para aclarar los crímenes del gobierno militar. Al parecer, lo que no le gusta es que vayan a ser perseguidos solo aquellos casos de desaparecidos o asesinatos, pero no de quienes fueron torturados, como ella.
Se van a dormir, pero el doctor Miranda regresa, despertándolos. Alarmada, ella busca otra vez la pistola, porque acabó la dictadura, pero no la pesadilla instalada en algunas mentes seriamente dañadas por sus efectos. El doctor se había olvidado de dejar la rueda de repuesto que Gerardo tendrá que llevar a reparar. Este, agradecido, invita a ese hombre que lo ha socorrido a tomar una copa. Ella se queda en la habitación. Al escuchar al invitado se revela en su rostro una enorme estupefacción. Está reconociéndolo como a su torturador. Entonces, no lo pudo ver, porque le tapaban los ojos, pero ahora está segura de que es él, por su timbre de voz y por sus expresiones. Por eso decide apropiarse de todo el dinero que hay en la casa, de su coche y alejarse. No puede soportar que su marido, a quien repudia en esos momentos, y ese criminal, estén de feliz compadreo, sellando una nueva amistad. Cuando se detiene en mitad del camino y revisa los casetes del coche, comprueba que uno de ellos es La muerte y la doncella, de Schubert, ya está completamente segura de que es él. Esa fue la música que le ponía mientras la torturaba. Entonces, decide lanzar el coche por un acantilado y volver a casa para vengarse de ese criminal. Allí, ambos hombres duermen la borrachera. Gerardo, ha bebido para olvidar lo que simple y dramáticamente cree que es el abandono de su mujer. Su nuevo amigo lo ha secundado.
La gran virtud de la película −aparte de no cejar en ningún momento en su intensidad− es que, durante gran parte de su metraje, hasta los momentos finales, mantiene al espectador en la duda de que ese hombre sea el verdadero torturador. Es la que también podría tener ella, pero se empeña en que no hay posibilidad de no estar en lo cierto. Pero, por otro lado, aunque lo fuera, no puede ser que ella lo amordace, lo ate a una silla, incluso le pegue. Es lo que le dice su marido, que un momento antes ha sentido tan gran comprensión, apoyo, amistad, y ahora, como defensor de los valores democráticos, se niega a esa salvaje, ilegal actuación. Siempre ha creído en que la justicia debe ejercerse con ecuánime respeto a las reglas, ofreciéndole al acusado la oportunidad de defenderse, por muchas evidencias que pudiera haber. No pueden actuar ellos como los asesinos del gobierno militar.
Paulina no se fía de su marido, así que este se siente igualmente amenazado por ella. En una de las conversaciones que tienen aparte, le habla de las catorce violaciones que padeció escuchando aquel cuarteto de Schubert, algo que Gerardo no sabía. También, conocemos que ambos pertenecían a un grupo clandestino que editaba una revista opositora al régimen. Entre la mayoría de los miembros no se conocían para no tener que denunciarse, pero ellos dos sí, pues tenían ya una relación sentimental. Pero Paulina fue tan fuerte que no lo delató, algo que él, que se reconoce más débil, dice que sí habría hecho. Además, mientras ella estaba desaparecida, él tuvo otra relación que le fue perdonada. Demasiada balanza a favor de esa mujer heroica, víctima, que ahora tiene la tentadora oportunidad de un brutal resarcimiento.
Paulina quiere que ese hombre acabe reconociendo que fue su torturador. Solo quiere eso: grabar su confesión y dejarlo marchar. Pero el doctor, que se ve acorralado por esa mujer que considera que está loca (“Sí, tan loca como el resto del país”, le contesta Gerardo, que oscila entre defenderlo a él o apoyar a su mujer), para salir de esa situación, está dispuesto a confesar lo que dice no saber qué es, por lo que le tendrá que ayudar su efímero amigo a escribir el guion. Cuando graba su relato, cuenta que había atado a esa mujer con alambres, algo que era verdad y que Gerardo no se lo había podido decir, porque Paulina preparando una trampa le había dicho que eran cuerdas el material que empleó. Ahora está aún más convencida, si cabe, de que ese hombre que tiene ante ella es el culpable.
El tiempo se agota, porque a las seis de la mañana van a llegar unos hombres del estado a proteger al flamante presidente de la Comisión que ha recibido amenazas. Pero ese hombre no acaba de realizar una declaración convincente. Gerardo le da una oportunidad. Siguiendo sus instrucciones, llama a una clínica de Barcelona. La persona de contacto dice que ese médico, en el tiempo en que se produjeron las torturas, sí que estuvo allí. Pero Paulina no se lo cree. Sabe que muchos criminales han creado coartadas para cuando pudieran ser inculpados. Por eso, decide llevarlo hasta el lugar donde despeñó el coche. Si lo lanzan al vacío, todo el mundo creerá que tuvo un accidente.
Allí, junto al precipicio, sobre el rocoso mar, lo que pueda decir este hombre no puede ser sino la verdad o tal vez una mentira convincente, una confesión falsa que lo salve. Podemos pensar ambas cosas. Finalmente, confiesa que fue él, pero suaviza su culpabilidad, habla de elementos de misericordia, de que no había podido evitar violarla −oh, qué insuperable tentación− pero que lo había hecho con cierta delicadeza. Si es verdaderamente culpable, la última escena nos habla de algo parecido a la banalidad del mal, que dijera Hanna Arendt. En una sala de conciertos, junto a su marido, Paulina −tal vez ya curada− está escuchando el cuarteto de Schubert. De pronto, eleva la vista hasta uno de los palcos y ve al doctor, que la mira de forma que tal pudiera considerarse compasiva. Junto a él, están su mujer y sus hijos, en un cuadro perfecto de familia ejemplar. @mundiario