Mar adentro, una ecuánime defensa del derecho a la muerte propia
Mar adentro (2004, Alejandro Amenábar) me parece una de las películas españolas más relevantes en lo que llevamos de siglo. Ahora, veinte años después de su estreno, y casi tres desde la aprobación de la Ley de Eutanasia, he vuelto a ella, para disfrutarla y para conmoverme, porque se han reproducido en mí, intactos, todos aquellos valores que aprecié en su día. He vuelto a sentir como altamente reconfortante la atmósfera que mantiene Amenábar, esa que admite a la vez el enaltecimiento de la sagrada existencia humana y la libertad de elegir la muerte para el hombre que juzga que su vida es solo un incumplimiento radical de la realización de sus designios principales. La tesis que se podría deducir de la película es la del derecho de un ser humano a no tener que ser coaccionado por otro para decidir sobre sí mismo, pero eso no la convierte en un panfleto, sino que introduce algunos temas que la aproximan a una posición imparcial.
Seguimos a Ramón Sampedro —genialmente interpretado por Javier Bardem, para mí, el mejor actor que tenemos en España— en su lucha para convencer a los demás de su decisión de terminar con sus días y contra el intento de ser convencido por otros de que ha de seguir viviendo; esos otros que lo hacen desde el afecto, desde su mejor voluntad o desde sus más recalcitrantes convicciones. Al ser humano respetuoso con la vida —que es el mayoritario— le cuesta comprender que pueda haber una excepción en que la bondad precise de la muerte del otro. Hay prejuicios religiosos muy enraizados que aquí se ilustran en esa visita que hace el cura al inválido, una escena que adquiere ese acertado tono humorístico que salpica diferentes momentos del relato, rebajando un poco el posible exceso de dramatismo. Este sacerdote, investido por la autoridad de ser, como Sampedro, tetrapléjico, le canta las bondades de la mera existencia pese a todo, le quiere convencer de que él no es el dueño de su vida, de su cuerpo, sino Dios.
La película narra los últimos años de la lucha por morir de Ramón Sampedro, ese gallego que, cuando tenía veinticinco años, cometió el error de tirarse de cabeza sobre un porción de mar poco profunda, quedando inmovilizado para siempre. Amenábar —junto a Mateo Gil, su colaborador habitual en los guiones— no omite los argumentos que podrían estar a favor de disuadir a ese hombre de su letal empecinamiento. Así, sabemos que está rodeado de personas que lo quieren —especialmente de su abnegada cuñada y de su cariñoso a la vez que perplejo sobrino—, que escribe libros vividos intensamente —aunque con títulos tan gritados como Cartas desde el infierno—, libros escritos con el tesón de su boca manejando un pincel sobre una hoja en blanco dispuesta en vertical; o que sabe disfrutar de la música.
Pero Sampedro también es capaz de otras emociones como la del amor o la del deseo, fogonazos mentales que se frustran, que se quedan en tan solo un conato o una ensoñación. En esos últimos años, vemos cómo acuden a su cama dos mujeres bien distintas. Una primera, Rosa (en la realidad, Ramona Maneiro), madre joven, separada, que se conmueve al ver a ese hombre por televisión y empieza a acudir a su casa frecuentemente. Pero Rosa se hace pesada, se la llega a juzgar incluso como una mujer egoísta, que si se ofrece a ayudar a ese hombre es para resolver sus propios problemas psicológicos. Otra cosa es la abogada que llega de Barcelona, de quien parece enamorarse ese hombre sin esperanzas, que renuncia a su futuro, pero que no puede eludir la existencia de un presente que se le ofrece íntegro, que, en su emoción, difumina sus limitaciones. Esa mujer, Julia, camina apoyada en un bastón, y luego sabremos que padece una letal enfermedad degenerativa. Es alguien que puede comprenderlo, pero que, aunque no lo mencione, no comparte su afán de desaparecer. En la escena final la veremos en su silla de ruedas, ausente, vaciada de sí misma para ella y para los demás.
Amenábar evitó muy bien el peligro de caer en un relato claustrofóbico, centrado en la habitación del protagonista, de ese hombre que había renunciado a salir a la calle, tal vez para no herirse con la visión de una libertad inalcanzable. Es algo que se nos muestra en su excepcional salida, en dirección al juzgado. Su mirada reparando en las distintas figuras en movimiento que van configurando el desarrollo de tantas vidas enlazadas.
En varios momentos, el director explota el recurso de representar la imaginación de Sampedro, haciendo que se levante de la cama de un modo un tanto fantasmal. En esos momentos, obtenemos la imagen fantástica de la plasmación de su deseo. Me gusta mucho —y es el momento que más recordaba— cuando la cuñada le pone en el tocadiscos la Nessum dorma de Bellini, y él inicia un viaje aéreo. Remonta esa ventana, que es la incumplida promesa de un mundo liberador, y llega hasta la playa para encontrarse con Julia. Allí desciende para abrazarla, para besarla, porque la realidad de un sueño, en ese momento, no puede ser contradicha por ninguna otra.
Resultan muy destacables la mayoría de las interpretaciones. Es como si todos los actores y actrices hubieran sido conscientes de haberse metido en unos papeles que resultaban especialmente necesarios. Hay mucha humanidad concentrada en cada uno de ellos. Lo que prevalece es la bondad, la voluntad de convivir aun en lo incomprensible, y el personaje más refractario, como lo es el hermano de Sampedro, no solo está hecho de intransigencia, de cerrazón, sino que sugiere un fondo de amor contrariado.
En la película —que eso es, y no una simple reconstrucción de los hechos— se modifican algunos datos, algunos nombres, pero no lo esencial, el decir de Ramón Sampedro, como podemos comprobar en Youtube en diversas entrevistas y documentales. Amenábar nos sitúa en una posición en la que tendemos a sentirnos solidarios con la decisión de Sampedro. Contra esa resolución, y para equilibrar la balanza, se nos muestra aquello que es bueno —aunque también, en este caso, al mismo tiempo, doloroso—, como son los afectos, la solidaridad; y se nos oculta, en gran medida, aquello más insoportable, los momentos más dolorosos y más humillantes de su postración. Porque, cuando Mercedes Milá le preguntaba si sentía algún dolor, ese hombre postrado, permanentemente inquirido por su decisión, contestaba que tenía el más grave, el psicológico. Y sí, también la vergüenza de tener que ser atendido en lo más íntimo.
Podríamos pensar que, si una persona en esa situación pudiera ser cuidada plenamente por una máquina, las posibilidades de querer seguir viviendo crecerían. De ese modo se eliminaría la humillación de la dependencia, la pena de estar forzando a los demás a una dedicación dura y poco gratificante. Ya “solo” le quedaría esa sensación de impotencia, que tal vez pudiera revertir educando sus deseos, explotando al máximo sus posibilidades, como lo hacen los ciegos más felices, o los parapléjicos más conformes y desarrollados. Pero no, no tendríamos derecho a negar el que alguien quisiera desistir de esos heroicos esfuerzos. Ramón Sampedro no creía en paraísos ni infiernos ultramundanos. Seguramente esperaba la nada.
En Ramón Sampedro parecía que cada sonrisa suya fuese una contradicción con su súplica, que hubiera sido más coherente en él un personaje claramente amargado, rabioso. Pero su inflexible idea de la eutanasia estaba fundada en una larga convicción. Finalmente, ayudado por once personas —la más importante de las cuales era Ramona—, frente a la cámara, desde una serenidad solemne, alcanzó su ansiado objetivo. Fue un acto, no tan solo para sí mismo, sino también para remover las conciencias de unos legisladores que un día no se opondrían a los deseos de quienes considerasen esa decisión como el logro de una muerte propia, verdaderamente digna, humana. Frente a ellos, otros, en su misma situación, decidirían seguir viviendo, al considerar la vida como un bien supremo, como una posibilidad suficiente, pese a los terribles dolores, la enajenación, o la crueldad de las limitaciones. @mundiario