El mago, la vida de un Thomas Mann familiar novelada por Colm Tóibín

Portada de la novela El mago de Colm Tóibín y retrato de Thomas Mann
Portada de la novela El mago de Colm Tóibín y retrato de Thomas Mann

A Thomas Mann le hubiera gustado ser un nuevo Goethe, vivir en una torre de marfil y ser respetado en sus sabias alocuciones.

El mago, la vida de un Thomas Mann familiar novelada por Colm Tóibín

La extraordinaria novela que acabo terminar, El mago. La historia de Thomas Mann, de Colm Tóibín (Lumen, 2022), empezó, sin embargo, por decepcionarme. Compré este libro por dos motivos: primero, por mi afición al género biográfico y porque el escritor alemán es uno de mis favoritos, aunque solo sea por la gran admiración que me despiertan dos de sus obras: La muerte en Venecia y Doktor Faustus; y, segundo, fiándome de las hiperbólicas críticas sobre el buen hacer del escritor irlandés, al que aún no había leído. Aunque, por otro lado, eso de novelar la vida de un personaje real, del que se conocen suficientes datos, me parecía un recurso innecesario, tal vez una concesión a un público más amplio. Si bien es cierto que las biografías que más me gustan son las que avanzan por un estilo decididamente literario, prefiero que no se rellenen los espacios desconocidos con la ficción, y menos con lo legendario. La veracidad era un aspecto innegociable sobre el que, en este lectura, he terminado por aflojar a cambio de las grandes dosis de verosimilitud que he encontrado.  

Enfrentado a las primeras páginas, encontré algo distinto a lo que esperaba y que era principalmente que prevaleciese un retrato interior del personaje, el desbrozamiento del espíritu literario del autor, así como algunas significativas intimidades no necesariamente detalladas. Sin embargo, en la narración que estaba leyendo, al escritor se le dedicaba la atención mayor, pero esta quedaba bastante diluida entre tantos personajes secundarios como lo eran principalmente los miembros de su familia. En esta novela, las menciones a su pura tarea de escritor quedan reducidas a la descripción de las circunstanciales génesis biográficas de sus novelas, y al hecho de que recurrentemente se lo sitúa aislado en los sucesivos gabinetes de sus casoplones de burgués, en estancias laborales casi oficinescas, en las que no me lo imagino en zapatillas, pijama y bata, sino poco menos que trajeado para la ocasión de poner un ladrillo más en la construcción de su Obra. Pero nunca nos encontramos a solas con el escritor en ese ámbito privado, no lo observamos en el laboratorio de su espíritu creador.

La narración se desarrolla a través de una serie de escenas concebidas desde la primacía de una conversación sustanciosa, no porque los temas sean lo filosófico o lo literario, sino porque cada frase pronunciada expresa, de la forma más brillante y sensible, una intención, un dolor o un afecto de cada personaje. Entre esas escenas, que podrían sustentar el guion de una excelente miniserie de televisión, se insertan algunas escuetas observaciones que sitúan la acción en el transcurso de una historia que se inicia en 1891, cuando Thomas (Tóibín siempre lo nombra así, sin el apellido, como desprendido de su aura literaria, inmerso en una cotidianidad mayoritariamente doméstica) tiene dieciséis años, hasta 1955, cuando muere.

En esos primeros años, Mann se casa con Katia, una joven perteneciente a una rica familia que no practica las servidumbres de su origen judío. Con esa mujer de fuerte personalidad compartirá el resto de su vida. A lo largo de catorce años irá teniendo seis hijos que le vendrán muy bien a su marido para disimular su incómoda tendencia homosexual manifestada en él desde muy joven. Tóibín se demora varias veces en describir las contenidas aproximaciones eróticas que tiene con jovencitos rubios que le gustan, y que luego le ocupan la mente durante horas y días y las describe en sus diarios. (Una vez, cuando recién exiliado, estos diarios, que se han quedado en Múnich, corren el peligro de ser requisados por los nazis, con el consiguiente peligro de un vergüenza y condena fatal).

La relación con sus hijos es muy particular, y también escasa, habida cuenta de las cuatro horas diarias que dedica a escribir por las mañanas y de las tardes consagradas a la siesta y a la lectura. Parece que tenía preferencia por algunos de ellos, pero en general lo que sentía era algo que estaba entre una cierta indiferencia o desprendimiento, o simple permisividad. Sus dos primeros hijos, Klaus y Erika, eran homosexuales, pero no de forma reprimida y clandestina como él, sino decididamente declarados en esa tendencia, sin miedo a escandalizar (tal vez ayudara que su eclosión juvenil tuviera lugar en los felices y descocados años veinte). Otro de sus hijos, Michael, también lo fue. Klaus se suicidó en 1949 en Cannes. Era morfinómano. Sus padres lo apoyaron sin demasiada entrega y, cuando recibieron la noticia de su muerte en un hotel de Suiza, dudaron de si acudir al funeral, y definitivamente desistieron. Para ellos, era más importante no interrumpir la gira de conferencias, las recepciones en varias ciudades europeas y en la Alemania que habían abandonado dieciséis años atrás; y no pasar por el mal trago de tener que contemplar la inhumación de su hijo. A los pocos días del entierro, Michael escribiría a su padre: “Estoy seguro de que el mundo le agradece su entrega absoluta a sus libros, pero nosotros, sus hijos, no sentimos ninguna gratitud hacia usted, y tampoco hacia nuestra madre, que está a su lado”. Michael también se suicidó, pero en 1977 ese disgusto solo lo padeció su madre Katia, que había sobrevivido a su marido.

De Thomas Mann obtenemos un retrato casero. La enorme aureola que adquirió como escritor y como figura pública —solo rebatida por los extremismos nazis o de la izquierda revolucionaria— quedaba anulada en su ámbito familiar, donde todo le era rebatido, y se lo tenía por un hombre capaz de escribir buenas novelas en el encierro de su gabinete, pero torpe incluso en sus predicciones políticas (no vio venir a Hitler hasta muy tarde, como sí lo vieron sus hijos); un hombre, en definitiva, que fuera de su obra, era poco sabio, valiente y sensible, pese al porte superior con el que se presentaba al mundo.  

Como en cualquier biografía o historia, este relato de la vida de Thomas Mann adquiere su mayor relevancia en los momentos más dramáticos, exigidos o convulsos, que, en este caso corresponden mayoritariamente a la terrible deriva de la nación alemana tras la Primera Guerra Mundial. Pero, en principio, Mann temió más a la efímera revolución comunista que tuvo lugar en Baviera en 1919, en la que sus ostentosas pertenencias e incluso su vida peligró —estuvo en la lista de posibles ajusticiados— por haberse destacado en su vida burguesa. A medida que la influencia y el poder de Hitler crecían se fue convenciendo de su peligrosidad, hasta el punto de elegir el exilio, abandonando su bonita mansión, dejándola a expensas de los futuros acontecimientos. Hay que tener en cuenta que su esposa era judía, y que, para los nazis, no era eximente el que nunca hubiera ejercido tal pertenencia.  

El suyo fue un exilio bastante dulcificado por un dinero que Mann siempre usó para sus lujos y para obtener privilegios en las situaciones difíciles, para eludir mezclarse con el pueblo en sus penalidades, para sustentar una decidida altivez. Primero se trasladó a Francia y a Suiza y finalmente a los Estados Unidos. Tras unos años en Princeton, fijó su residencia en Los Ángeles. Mann renegaba de sus compatriotas. Como importante figura pública que era, se le exigía que se manifestase ante la gravedad de lo que estaba pasando en su país, pero tardó muchos años en hacerlo claramente. Su excusa era el miedo a las posibles y fatídicas represalias contra los familiares que aún quedaban en Alemania, y contra su editor. Sus libros se salvaron durante muchos años de la prohibición y la quema gracias a su silencio. Sus hijos Klaus y Erika discrepaban de esa actitud, y también su hermano Heinrich, también escritor. Había animadversión mutua en su relación con algunos compatriotas suyos en el exilio, como Bertolt Brecht.

Ya en Estados Unidos, sometido a presiones políticas, se decidió a introducir paulatinamente, en sus conferencias, la denuncia de lo que estaba pasando en su país. Finalmente, durante la Segunda Guerra Mundial se decidió a lanzar sus proclamas antinazis a través de las ondas de la radio. No obstante, no tenía muchas esperanzas de que sus mensajes pudieran alterar a un pueblo alemán al que juzgaba como cómplice de las atrocidades de su Fhürer. Acabada la guerra, realizó una gira por Europa, en la que incluyó su patria. En contra de las presiones del gobierno americano, visitó también la antigua República de Weimar, que había quedado en la parte de la Alemania Oriental.

A Thomas Mann le hubiera gustado ser un nuevo Goethe, vivir en una torre de marfil y ser respetado en sus sabias alocuciones, que deberían ser—al menos para las mentes formadas— incontrovertibles. Pero el mundo y su familia se lo pusieron difícil. Le obligaban a posicionarse, lo que suponía caer en la posibilidad del error, de la contradicción, en ir mucho más allá de emitir las seguras opiniones que lo investirían de autoridad moral ante el mundo. De alguna manera quiso ser el aristócrata que no era, al menos ser considerado como tal en el mundo de las letras. Su estilo literario tendía a la pomposidad: “Los lectores se habían quejado a menudo de la longitud de sus frases, del tono elevado de su estilo”. En los años más convulsos, utilizaba los libros que estaba escribiendo para refugiarse en el pasado. Así su Carlota en Weimar o su saga de José y sus hermanos. Solo avanzada la Segunda Guerra Mundial, escribió un libro del que no cabía duda que rastreaba el camino seguido por la insania de los últimos tiempos.

El mago (título tomado de cómo llamaban sus hijos al escritor, por distraerlos cuando pequeños con simples juegos de prestidigitación) se compone de dieciocho capítulos titulados con el nombre de una ciudad relacionada con los mismos, y con el año al que se refieren. A Tóibín le basta esa selección de periodos salteados para trazar un minucioso retrato del hombre público y el familiar. Hacia el final, imagina al escritor repasando el estante que contiene todos los libros que ha escrito: “Y se preguntó en qué medida el esfuerzo invertido en ellos nacía del impulso de impresionar a su padre”. Es algo que suele suceder, la larga respuesta de una vida al desprecio de un progenitor. Thomas Mann se consideraba a sí mismo el gran hombre que hubiera podido convencer a su padre del error de haberle querido marcar una vida mucho más modesta. @mundiario

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