La industria que mató a sus propias estrellas

Durante décadas, el nombre de un actor bastaba para llenar salas de cine. Hoy, las grandes franquicias parecen importar más que quienes aparecen en pantalla.
Glamour versus blockbuster en la alfombra roja. / Mundiario
photo_camera Glamour versus blockbuster en la alfombra roja. / Mundiario

Hubo un tiempo en el que los espectadores elegían una película por quién la protagonizaba. Bastaba ver el nombre de Tom Cruise, Leonardo DiCaprio o Will Smith en un cartel para saber que aquella producción tenía muchas posibilidades de convertirse en un éxito de taquilla.

Hollywood construyó durante años un sistema basado en estrellas. Los actores eran la principal herramienta de promoción y los estudios invertían millones en convertirlos en rostros reconocibles para todo el planeta. El público seguía carreras, no universos cinematográficos.

Leonardo DiCaprio es uno de los mejores ejemplos. Películas como Titanic, Atrápame si puedes, Shutter Island o El lobo de Wall Street atraían espectadores independientemente de la historia que contasen. El actor era el reclamo principal.

Lo mismo ocurría con Will Smith. Títulos como Men in Black, Independence Day, Soy leyenda o Hancock funcionaban gracias a una combinación de espectáculo y carisma. El público compraba una entrada porque quería ver a Will Smith.

Sin embargo, algo ha cambiado en los últimos años. Muchas superproducciones protagonizadas por actores de primer nivel han tenido resultados discretos, mientras que franquicias consolidadas siguen dominando la taquilla incluso cuando cambian de protagonistas.

La mejor prueba está en sagas como Jurassic World, Fast & Furious, Star Wars o el universo Marvel. Millones de espectadores acuden al cine porque conocen la marca, no necesariamente porque les interese quién encabeza el reparto. La franquicia se ha convertido en la auténtica estrella.

Incluso actores muy populares tienen dificultades para garantizar el éxito por sí solos. La industria parece confiar más en personajes, sagas y universos compartidos que en intérpretes concretos. El reconocimiento de una propiedad intelectual vale más que el de una cara conocida.

Quizá por eso muchos analistas consideran que Tom Cruise es una excepción. Películas como Top Gun: Maverick o las últimas entregas de Mission: Impossible siguen vendiéndose, en gran parte, alrededor de su figura. Es uno de los pocos actores que todavía conserva la capacidad de movilizar espectadores únicamente por su nombre.

La gran paradoja es que Hollywood pasó décadas creando estrellas para vender películas. Ahora dedica gran parte de sus esfuerzos a crear franquicias capaces de venderse solas. Y eso plantea una pregunta inevitable: cuando desaparezcan los últimos grandes actores estrella, ¿quedará alguien capaz de llenar una sala sin el respaldo de una saga detrás? @mundiario