Gritos y susurros, sobre la enfermedad de los cuerpos y las almas
En Gritos y susurros (1972), Ingmar Bergman vuelve a reincidir en la enfermedad, en la muerte, en los egoísmos. En cuanto a la primera, esta pasa del ámbito psiquiátrico −por ejemplo, en la película Como en un espejo− al físico; y lo hace, cómo no, de la manera más dura, presentándonos una fase terminal, los preludios de la muerte.
Como siempre en Bergman, las actrices están excepcionales. Ingrid Thulin (Karin) tiene un papel más activo y protagonista, y aquí Liv Ullman (María) ha de lidiar con un personaje difícil que tiene que expresarse a través de unos silencios reveladores de los impactos que le propina la perturbación psicológica de una hermana y el padecimiento físico de la otra. Harriet Andersson, como Agnes, y Karl Sylwan, como Ana, también cumplen perfectamente con sus personajes.
María y Karin acuden a la casa familiar, donde su hermana Agnes, entre terribles dolores, espera la muerte. Pronto descubriremos la personalidad de las tres a partir de los pequeños rasgos que vayan manifestando, de las hondas heridas que tendrán que verbalizar. La más evidente es la de la distancia entre las dos hermanas que han acudido a la casa para cumplir con un trámite moral, pero a las que contemplamos en su pusilanimidad ante la contemplación del sufrimiento, asustadas ante los terribles alaridos que solo puede soportar una cuarta mujer, Ana, la criada que lleva muchos años en la casa, una joven religiosa que perdió a su hijo pequeño y cada día le reza, una mujer capaz de unirse a Agnes, de ampararla mediante el calor de su cuerpo, mostrándole una compasión infinita.
La situación se configura en torno a la ausencia de cuidados paliativos de una época que podría estar situada en torno al año 1900. La película nos presenta una interioridad asfixiante, solo aliviada por las cortas escenas en el prado que rodea una casa tan amplia como apabullante, con sus tonos rojizos, carmesíes, sus cortinajes pesados, opacos. Allí suena el tic tac bergmaniano de las horas en relojes solemnes que denuncian la congoja de los corazones.
Una de las características de la película es el fundido en rojo tras cada una de las escenas, a veces, tan breves, como los segundos en los que queda retratado un rostro convulso que no se expresa solo en su imagen, sino también en los sonidos de fondo, en las campanas o en los gritos. Es el rojo de la pasión, pero también de la sangre, o tal vez el del infierno. Y otra de las características es la de los flashbacks, o las escenas que nos muestran el mundo habitual de las hermanas visitantes, cada una inmersa en una relación con hombres fríos y despiadados, mentirosos y distantes.
Cuando Agnes muere, nos hallamos ante un cuerpo inane del que se dispone con extremo miramiento; ese cuerpo callado es el fin de una presencia perturbadora, el tiempo limítrofe del estar y el ya no estar; el tiempo en que las hermanas tienen que enfrentarse a una realidad pavorosa, una mezcla de terror y pesar en el que empieza a revelarse un creciente alivio, el tiempo para ellas de mirar a su hermana muerta y no ser vistas ya sino por su propia conciencia adulterada.
La visión religiosa de la vida no puede ser aquí más pesimista. Los primeros rezos del reverendo no pueden desprender una visión de la vida más oscura: “Agnes ruega por nosotros que nos quedamos en esta tierra oscura y sucia, bajo un cielo vacío y cruel. Pídele que nos libere por fin de nuestra ansiedad, nuestra melancolía y nuestra profunda duda. Pídele que dé sentido a nuestras vidas”. Y acaba diciendo de ella: “Su fe era más fuerte que la mía”. Siempre la duda y el terror, el silencio de Dios en la visión religiosa de Bergman.
Ana viene a ser al mismo tiempo la sirvienta necesaria de unas mujeres soberbias y cerradas, y la mirada inoportuna, desnudadora; el juicio silente y magnánimo de un alma más pura que contempla el derrumbe, lo siente y lo padece desde la salvación de un amor manchado por el desastre que la envuelve. En un momento dado, Karin le espeta: “No me mires”. Y le da una bofetada. Luego viene una restringida petición de perdón. Le pide que la ayude a desnudarse de todas esas ropas superpuestas que la constriñen, hasta llegar al final, al cuerpo como ser desconocido, oculto tras tanta supuración del mal, y sin embargo menos impúdico, menos delator que su mirada.
En otro momento, vemos a Karin en la larga mesa ante a su marido, separados por la distancia que a ella le causa tanto dolor, tanta rabia que esta vez la expresa mediante la opresión de una copa que estalla en su mano. Esos cristales simbolizan la ruptura de cualquier intento de cohesión. Uno de ellos se lo lleva al dormitorio, y se lo clava en la vagina. La sangre que mana y mancha el camisón se convierte en la inesquivable denuncia de su dolor, en el grito que no puede dar y ahora recibe su despiadado marido, intensificado cuando con ella se embadurna la cara mirándolo, vengativa, retadora.
Y por otra parte tenemos a María, una mujer aparentemente dulce, pero insincera. Su hermana Karin la odia desde la infancia. Y no acepta, en principio, los intentos de su hermana de reconciliación: “¿Te das cuenta de que te odio? ¿De lo ridícula que te encuentro con tu coquetería y tus sonrisas?” Es el odio gritado, que no produce alivio, que perpetúa el rostro duro, la lúgubre mirada.
María insiste: “Karin, quiero que seamos amigas”. “Odio todo tipo de contacto” es la contestación, porque su hermana se está acercando físicamente a ella. “No quiero que seas amable conmigo”. La resistencia de Karin es muy fuerte, o la que le imponen sus propios traumas. Pero hay un conato de beso en la boca propiciado por su hermana. Es solo un momento, pero ahora viene la confesión de Karin: “Ya no puedo respirar por el sentimiento de culpa”. “He pensado muchas veces en suicidarme…Es asqueroso”. En un primer plano, nos adentramos en un grito desgarrado, y luego llegan, inopinadas, las milagrosas palabras de la reconciliación, ocultas por un violonchelo que esgrime una armonía improbable. El amor, por fin, como redención, pero tan breve, tan insostenible.
¿Es esa tregua el sueño de alguien? No hay fronteras en el tiempo de esta narración, ni tampoco entre la realidad y las pesadillas o las imaginaciones, los deseos. Lo que importa es la representación de los sentimientos. Ana escucha el llanto de una niña. Se dirige a las hermanas: “¿No lo oyen?” Pero a estas las encuentra en estado de paroxismo, detenidas en el terror, y entonces la criada comprende. Se dirige a la habitación. Agnes se ha despertado de la muerte: “Estoy muerta pero no puedo dormir”. “Es solo un sueño”, le dice Ana. “Puede que sea un sueño para vosotras, pero no para mí”.
“Quédate conmigo hasta que pase el horror. Todo está vacío alrededor”. Es Agnes, camino del otro mundo, importunando a Karin, que se revuelve. “Quizá si te quisiera…pero no te quiero. Lo que me pides es repulsivo”. Y se va. A continuación, Agnes inquiere la presencia de María. Y esta no se niega. Temblorosa de pánico, se dirige a la habitación. Pero, dentro, logra sobreponerse, mostrarse más cercana. Le habla a su hermana de su niñez, de cómo se abrazaban cuando sentían miedo. Pero lo que no puede soportar son sus manos en su rostro, el contacto con ese ser frío, fantasmagórico, sufriente. Y menos cuando la quiere besar, cuando se cuelga de ella. Llena de pavor, de posible asco, huye de la habitación.
Y tiene que ser Ana la que entre, la que no teme a los muertos. Comprende su desconsuelo, y la abraza. Las hermanas, horrorizadas, se ha excusado, se han retirado de esa realidad tenebrosa. La siguiente imagen, Ana sentada en la cama, con la cabeza de Agnes apoyada en su pierna, es una réplica de La piedad de Miguel Ángel. Es el amor maternal, absoluto, de una mujer limpia de egoísmos, sencillamente espiritual.
La antepenúltima escena muestra la insensibilidad de las parejas de las dos hermanas, su cruel ingratitud al despedir a Ana. Uno de los maridos propone indemnizarla, pero el de Karin se niega rotundamente. No valora que haya estado doce años cuidando, de insuperable manera, a Agnes. Al final es María la que lo hace mejor. No le dice “gracias”, no pronuncia esa palabra, porque los tres anteriores han sonado tan falsas que no quiere remedarlas, pero se entiende la gratitud insoslayable en cada nota de su silencio. Son los diferentes grados de esa dignidad humana que solo se aprecia en la desnudez de los sentimientos.
En la despedida, ahora es María la que rechaza el esfuerzo de acercamiento de Karin. Aún perduran en ella unas heridas que parecen incurables. Ana, ya en su soledad, saca el diario de Agnes. Lee una página luminosa, en la que relata un instante de felicidad con sus hermanas, un momento de armonía afectiva. Agnes es lo contrario que sus hermanas, siempre tan quejosas, tan insatisfechas. Aquel día lejano, en el columpio, siente la gratitud, ese sentimiento que es propio de las almas más sanas y más nobles: “Durante unos minutos, pude sentir la plenitud. Y estoy muy agradecida a mi vida, que me ha dado tanto”. @mundiario