El gatopardo (1963) es uno de los mayores logros alcanzados por Luchino Visconti. El director italiano da rienda suelta a su amor por los signos de la grandeza, tomando como tema el que a partir de entonces sería reincidente en su cine: la decadencia de la clase dominante. En esta ocasión, examina un momento de la aristocracia a la que pertenece, mientras que en La Caída de los dioses o en Confidencias se fijaría en la degeneración de una familia burguesa. Pero siempre con el gusto por mostrar escenarios lujosos, palacetes o palacios, como en Luis II de Baviera o en El inocente. Aquí, Visconti se impone el objetivo de construir unas escenas cuya organización estética imite a los mejores cuadros. Para ello cuida muy particularmente todos los detalles de la dirección artística.
La historia que nos cuenta le viene dada por la novela homónima de su paisano, y también aristócrata, Giuseppe Tomasi di Lampedusa. La acción se sitúa a mediados del siglo XIX en Sicilia, y se centra en la forma en que la casa de los Salina afronta el cambio político que se está produciendo, con la revolución alentada por Garibaldi, que dará como resultado la unificación de Italia.
La mirada de Visconti se obsesiona con dos distintas admiraciones. Por un lado, la del príncipe de Salina, Fabrizio −interpretado por un descomunal Burt Lancaster, capaz de describir en cada mínimo gesto el vértigo que siente ante de los cambios sociales−, un hombre que, a su edad, a sus 45 años, ante la emergencia de la juventud, de su fuerza y de su belleza, se siente superado; no precisamente por ninguna excelencia moral, sino por otra generación, de procedencia distinta, que ocupará la dominancia del mundo que hasta esa fecha correspondía solo a la nobleza. La otra obsesión de Visconti −y del propio Fabrizio, aunque deba renunciar a ella− es la belleza de Angélica, esa joven burguesa sobrevenida a su mundo, encarnada por Claudia Cardinale.
El retrato de esa familia aristocrática se inicia con una escena en la que todos sus miembros están de rodillas rezando el rosario frente al cura de la familia. La hipocresía parece encarnarse en al menos su cabeza dominante, en Fabrizio, un hombre que cumple de cara a la galería con esos ritos religiosos, pero que íntimamente tiene su propia guía moral, la que finalmente siempre ha impuesto en los momentos importantes, como personaje poderoso que es, o la que despliega secretamente. Así, lo vemos acudir a los barrios bajos de la ciudad para visitar a una prostituta habitual, mientras, por otro lado, cumple con las apariencias en su relación con su “insignificante” esposa, una mujer pusilánime, relegada por él a un papel totalmente secundario. Por otro lado, cuando es informado por el cura de que su hija Concetta está enamorada de su sobrino Alfredo, se resiste a considerar el futuro de esa relación, la desaprueba. Para ese sobrino quiere una dote mejor que la de su hija, que tendrá que compartirla con seis hermanos.
Después, cuando Angélica, la hija del alcalde Calogero, como una casi sobrenatural iluminación, aparezca en el palacete de los Salina, Alfredo se sentirá inmediatamente seducido. De hecho, todos los ocupantes del salón quedarán de una u otra forma deslumbrados. Concetta se sentirá derribada, incapaz de competir con esa belleza. Fabrizio también quedará fascinado, pero nunca la querrá para sí mismo −pues ya se considera sobrepasado por los tiempos−, sino que se la concederá a su sobrino, ese joven al que adora, pese a que esté dando claras muestras de apoyo a los garibaldinos, y luego se lo dará al siguiente gobierno, ya el de un reino unificado, ajeno a los excesos revolucionarios. El príncipe no puede dejar de estar de acuerdo con esos cambios: “Para que todo siga igual, es preciso que todo cambie”. Es curioso como Fabrizio no da apenas muestras de compasión por su hija desechada, por esa joven inocente, buena, pero poco agraciada.
De alguna forma, el príncipe Salina se siente atrapado en la confluencia de dos tiempos distintos, a la vez que en un momento en el que empieza su decadencia física. En la larga escena del baile −cuarenta y cinco minutos− se le ve solitario entre todos los alegres participantes; melancólico, como cuando se refugia en una biblioteca presidida por un cuadro que representa la muerte. Allí acuden Alfredo y Angélica a animarlo. Esta coquetea con él ante la mirada celosa de su novio. El príncipe se deja besar, luego baila con ella, pero tiene claro que esa joven ya no le corresponde. Luego se mira en el espejo y percibe las ominosas huellas de la edad. En su solitario deambular por los salones, observa a un grupo de mujeres jóvenes, cándidas, risueñas, y su comentario es el de que tantos casamientos entre primos han traído la fealdad. Es su visión crítica de un estamento social al que pertenece y aún ama.
Antes, un emisario del gobierno había viajado al palacio para ofrecerle un puesto de senador. El príncipe lo rechaza: “En política no me siento seguro. Me devorarían”. A lo que le responde ese hombre: “Si los hombres honestos como vos os retiráis, el campo quedará libre para los que carezcan de escrúpulos o ideales como los Sedara (la familia del alcalde, el padre de Angélica)”. Él se siente desencantado con respecto a sus paisanos: “En un prolongado sueño viven los sicilianos. Y odiarán siempre a todo el que pretenda despertarlos, aunque sea para ofrecerles maravillosos dones”. “Los sicilianos no harán nada por superarse, porque se creen perfectos. Su vanidad es aún más fuerte que su miseria”. Cuando ese emisario cuestiona esa afirmación, aclara: “No me he explicado bien, he dicho sicilianos y debiera de haber dicho Sicilia. Este ambiente, la crudeza del paisaje, el clima, la continua tensión de la vida”.
La escena siguiente nos muestra un madrugador paseo por el pueblo, en el que Fabrizio acompaña al emisario a la diligencia. Es un recorrido por unas calles llenas de incuria, de miseria. El príncipe había dicho: “Esto seguirá así uno o dos siglos, y luego todo cambiará, pero a peor”. Curiosa es la forma de iniciarse la antes citada larga escena del baile. Oímos los valses, pero la primera y breve imagen no es la del lujo del palacio sino la de los campesinos en pleno esfuerzo. Es uno de los pocos guiños a la sensibilidad social que se permite el comunista Visconti. La fiesta es eso: la vistosa educación, esos bailes finos, afectados, castos, distantes, la superficialidad, las lisonjas, la pedantería, el militar fanfarrón, la estupidez, el lujo en cada centímetro, el servicio impoluto y esclavizado. Y, por otro lado, esa soledad del príncipe, recorriendo la amplia escena como un observador entre tierno, cansado, lleno de creciente decepción, mareado de tanto guirigay que lo sobrepasa, pero aún inserto en ese mundo que ha sido el suyo.
Los cambios sociales, de poder, modifican a las personas. Alfonso ve bien que se fusile a unos desertores que iban a unirse a Garibaldi. “Mucho has cambiado en poco tiempo”, le contesta Concetta. Y él, ya claramente despectivo, engreído en esa posición dominante: “Te equivocas. Soy el mismo de siempre. Sin embargo, estas son cosas que tú no puedes comprender”. Pero quizá tenga razón el príncipe cuando afirma: “Nosotros fuimos los gatopardos, los leones. Quienes nos sustituyan serán chacales y hienas, pero todos, gatopardos, chacales y ovejas, continuaremos creyéndonos la sal de la tierra”. En la última escena, vemos al príncipe alejarse, internarse en un callejón oscuro, separado de todos, buscando su final. A lo largo de más de tres horas, Visconti, bajo la exigencia de la belleza en cada fotograma, ha descrito un mundo en crisis, una familia en contradicción, a un hombre al que admira pese a todos sus pecados. @mundiario


