Dogville (2003) es una de las películas que más admiro del director danés Lars von Trier, uno de los mejores creadores cinematográficos de las últimas décadas, ahora lamentablemente situado en el ámbito menos ambicioso artísticamente de la televisión. En esta ocasión, irrumpió con un planteamiento revolucionario para el cine. La acción se desarrolla completamente sobre una tarima teatral en las que están dibujados los contornos de las casas, sus límites ante la inexistencia de las paredes, cuya ausencia favorece una transparencia que es la que busca el autor para analizar los comportamientos de los habitantes de un pueblo, Dogville, perdido en las montañas, en un apartado lugar de los Estados Unidos.
Trier rodó la película en inglés y se rodeó de nombres famosos que ocuparon personajes secundarios, como los de James Caan, Lauren Bacall o Ben Gazzara. La protagonista fue una ya eminente Nicole Kidman, que no repitió en la que sería la segunda película de una proyectada trilogía, Manderlay, en la que hubiera debido de interpretar nuevamente a Grace. La tercera entrega nunca se realizó. La idea de Trier era la de analizar la putrefacción de la América profunda, una concreta forma de ejercer los seres humanos sus bajezas, pero situando la acción en los años treinta del siglo pasado.
Dogville se nos presenta como un cuento moral nada simple, que incluye numerosos giros y contradicciones y que va derivando desde la descripción casi idílica que hace el narrador (John Hurt) hasta el desvelamiento de las tremendas deficiencias espirituales de unos habitantes sometidos a unas sobrevenidas circunstancias que hacen emerger la degradación personal.
Un día, en ese pueblo aparentemente tranquilo, aparece una joven tras haberse oído unos disparos en la lejanía. Esa joven es Grace. Tom Edison, un aspirante a novelista que suele convocar a sus paisanos a reuniones con fines éticos, la acoge. Pronto aparecerán unos coches ocupados por gánsteres. El jefe de estos −el padre de la chica− le ofrece a Tom una recompensa si la localiza. Este joven no tiene tan buena opinión de su pueblo, su espíritu crítico ahonda en sus ocultas perversidades. “Si amas a este pueblo, me sorprende tu manera de demostrarlo”, le dice Grace, que aún no conoce el terrible fondo de esos habitantes.
Pero los primeros signos aparecen. Es Jonás, el niño repelente, el único que, de momento, dice lo que piensa, o lo que los demás aún no saben que pronto pensarán. Le dice, como un reproche, a Grace: “Quieres caernos bien”. Y dice verdad, en eso pone ella al máximo cada uno de sus esfuerzos. Es una joven que depende de esa gente para seguir oculta, para vivir a salvo. Ahora no puede salir de esa pequeña población, pues hay anuncios de búsqueda por todas partes. No le queda más remedio que confiar en esos lugareños. Es comprensiva. A Ben, el hombre que le confiesa que va semanalmente de putas y dice no sentirse orgulloso de ello, Grace le dice que esos actos pueden ser irreprochables, por necesarios.
Grace se ha convertido en la persona útil para muchos, la que cumple un cometido social y genera afectos. Pero el que la policía la busque, hace dudar a esa gente de si debe seguir escondiéndola. Tom organiza una reunión para que se decida si deberá ser expulsada. Finalmente, se queda, pero esa supuesta generosidad se la hacen pagar caro. Las exigencias de los vecinos se convierten en agresivas. Es como, si plenamente conscientes del poder que tienen sobre ella, debido a su situación, convencidos de que ha de sentir que les debe algo, esa ilegal protección, sintieran la tentación del abuso. Es como uno de esos experimentos psicológicos que se hicieron hace ya muchos años, de los que se desprendió que personas bondadosas y pacíficas, puestas en una determinada situación de poder, actuaban implacablemente contra los débiles.
Los títulos de los diferentes capítulos anuncian lo que vamos a ver: “Capítulo Seis: Dogville enseña los dientes”. La situación se agrava. Tras otra reunión, Tom recoge el sentir de sus convecinos y se lo traslada a esa dulce fugitiva: “Desde un punto de vista empresarial, ahora es más peligroso tenerte aquí, No quieren que te vayas, pero… debería haber una compensación”. Grace le responde: “Son palabras que usarían los gánsteres”. Que trabaje más y que cobre menos, es lo que quieren de ella, y vejarla, humillarla, mintiendo, traicionándola.
Una cámara rápida sigue a Grace atendiendo estresada a todo el mundo. Se sucede el relato en off, la música de Vivaldi, los planos cenitales, y los que recogen la transparente simultaneidad de lo que sucede en cada casa. Lo que hace Grace por esa gente, lo que le piden, casi siempre es prescindible. La castigan por todo, pero ella sigue en su actitud sumisa. Hay muchas muestras de xenofobia. Ella, tímidamente se queja cuando la riñen por pisar un camino que le sirve de atajo: “¡Pero si todo el mundo pasa por aquí!”, alega. “Es verdad, pero ellos llevan aquí mucho tiempo, tú acabas de llegar”, le contestan. Las injusticias que comenten esos pueblerinos −para las que no renuncian a las mayores indignidades, a las más pérfidas interpretaciones y trampas−, encenderían los más fuertes impulsos de venganza, pero Grace las sigue asumiendo dócilmente.
Tom y Grace dicen amarse, pero ella mantiene las distancias, sobre todo a partir del momento en que empieza a ser violentada sexualmente por cada uno de los vecinos. Él se desespera, pero aguanta. Ella le dice que hacer el amor con él lo igualaría a los demás, sería como si él hubiera estado buscando eso y todo su apoyo no hubiera sido sino una estratagema. En cada ocasión, en que él tímidamente lo intenta, lo frena; “Tenemos toda la vida por delante. Lo que más me gusta de ti es que no me pides nada”. Tom es un hombre que quiere ser juicioso, pero es débil, que quiere defender a Grace, pero le miente cuando dice haber quemado la tarjeta que le dejó el gánster. Acabará traicionándola, y quién sabe si no habrá sido porque ella finalmente no haya querido acostarse con él: “Todos te han poseído excepto yo”.
“Me han pedido que elija entre ellos y tú. Te he escogido a ti, Grace”. Y a continuación, Tom, respetuosamente, lo intenta de nuevo, con idéntico frustrante resultado. Él es el nexo, el hombre que está delante del pueblo, el intermediario, el único que supuestamente la quiere, pero que, en su proceder cauto, racional, no está dispuesto a entregarse a ella totalmente, sino a ocupar una posición cercana a la neutralidad. Cuando decide denunciarla, decide la conveniencia de que sea encerrada antes de que lleguen los gánsteres a recogerla. Así el pueblo, a los ojos de esos temibles malhechores, quedará mejor.
Respecto a Grace, el narrador comenta: “Grace tenía el don de apartar las cosas más desagradables, un dios generoso le había concedido el talento de mirar adelante, y solo adelante”. Es como si hubiera querido erróneamente para sí el estoicismo que había intentado inculcar a los hijos de Vera. Ahora, ya tan agredida, no le queda otra opción que intentar huir. Tom la ayuda a conseguir algo de dinero para pagar a Ben, el putero, pero este, en su hipocresía no lo querrá: “No quiero aprovecharme de la desgracia ajena”. Porque lo que busca es cobrarse en sexo ese porte supuestamente peligroso. Grace, bajo la lona del camión, junto a las manzanas, se deja hacer. Siempre se deja hacer. Pero no basta eso para salir segura de un obstáculo. Ben la ha engañado. La devuelve al pueblo y allí la acusan de haber robado el dinero del padre de Tom. Sin embargo, había sido este quien lo hizo y ahora la traiciona con su silencio. Ella también, sin esperanzas, prefiere quedarse callada. Le ponen una cadena de hierro, como al peor de los penados, adherida a una rueda pesada, para que no pueda andar.
Cuando llegan los gánsteres, avisados por Tom, Grace sube al coche del jefe, que es su padre, y allí mantienen una conversación. Su padre le discute su forma tan buenista de pensar: “Para ti, un homicida con una niñez difícil no es un homicida. Pueden ser las víctimas. Yo les llamo perros. A los perros podemos enseñarles muchas cosas, siempre y cuando no les perdonemos si siguen su instinto”. La acusa de ser arrogante porque se cree con derecho a la magnanimidad, capaz de ese don superior. Grace: “¿Soy arrogante porque perdono a la gente?”. Y su padre: “¿Te das cuenta de lo condescendiente que eres? Tienes la idea de que nadie puede conseguir tu elevado sentido de la ética, y por eso los exoneras”. “¿Por qué no puedo ser compasiva?” Y su padre le espeta: “El poder no es tan malo. No dudo que encontrarás una manera de usarlo a tu modo”. Y Grace insiste en su afán comprensivo, en su afán de indulgencia, de misericordia, como actitud superior: “La gente de aquí se comporta de la mejor manera que puede en circunstancias muy duras”- Y el narrador comenta: “¿Cómo podía odiarles por lo que eran sus debilidades? Seguramente ella hubiera hecho lo que le hicieron, si hubiera vivido aquí”.
Pero, de pronto, la luna ilumina, y deja de esconder los defectos del pueblo, de camuflarlos en forma de debilidades. Ahora Grace contempla la implacable realidad. De las grosellas que hacía un momento había ensalzado ahora solo ve las espinas. Ahora piensa de otra manera opuesta: “Si hubiera actuado como ellos, no sería capaz de defender un solo gesto. Nunca podría condenarles lo suficiente. Era como si su tristeza y su dolor por fin ocuparan el lugar que se merecían. No. No se habían portado bien. Si uno tenía el poder de rectificarlo, tenía el deber de hacerlo, por el bien de la humanidad”. Grace quiere el poder: “Quiero que el mundo sea un poco mejor”. Para eso habrá de limpiarlo de sus malos ejemplares humanos. Inicia la gran venganza que tanto había pospuesto. A uno de los gánsteres les dice: “Mata a los niños delante de su madre (Vera). Dile que te detendrá si aguanta las lágrimas”. Es la tortura que le había impuesto esa madre, cuando la amenazaba con romperle las figuritas que había comprado, que eran un símbolo de su conciliación con el pueblo. Y ya solo queda Tom, que −tal vez desde su afán de sinceridad, a veces contrariado por sus miedos− ya antes había reconocido haberla utilizado a esa joven que decía amar y hora lo mata, casi sin dolor, convencida de que está actuando por un bien general, por una limpieza que no debe quedar constreñida por los afectos: “Goodbye, Tom”. Finaliza así una película extraordinaria, que plantea ampliamente una serie de disquisiciones morales, de cuestionamientos éticos, de una forma cruda y pormenorizada, expresando las posibles contradicciones y desvelando los seguros engaños. Las imágenes finales son las de unas fotos que retratan aquella América profunda, luchadora, oscura, en guerra consigo misma.