Cine sin permiso: cómo los festivales europeos se han convertido en refugio para las películas censuradas
En un momento en el que la libertad de creación continúa enfrentándose a presiones políticas, morales y económicas, los festivales europeos se han convertido en un refugio imprescindible para las películas que no pueden proyectarse en sus países de origen. Un fenómeno que se ha reforzado en los últimos años y que España ha protagonizado de manera destacada gracias a festivales como Sevilla, Valladolid, Gijón, Sitges, Gerona o Málaga.
La historia reciente del cineasta cubano Orlando Mora Cabrera lo confirma. Su cortometraje Matar a un hombre (2024) recibió una mención honorífica en el 37º Festival de Cine de Gerona, un año después de que su proyección fuera cancelada sin explicación en el Festival de La Habana y de que el propio director fuera detenido tras denunciar censura. La película, que narra la relación homosexual entre un militar cubano y un bailarín que planea emigrar, fue retirada del programa aludiendo a “cortes eléctricos”, un argumento habitual en casos de censura cultural en la isla, como han documentado organizaciones como PEN Internacional, Human Rights Watch y Artículo 19.
Europa como espacio seguro para el cine crítico
La acogida de Matar a un hombre en Gerona no es un caso aislado. En los últimos años, festivales europeos han impulsado obras censuradas o perseguidas, actuando como altavoces globales. En 2023, 20 Días en Mariupol (Ucrania), de Mstyslav Chernov, encontró en Sundance y luego en Europa su plataforma internacional tras la prohibición rusa.
En 2022, Holy Spider, del iraní Ali Abbasi, fue vetada en Irán mientras triunfaba en Cannes. Este año, La voz de Hind (2025), de la tunecina Kaouther Ben Hania, ganó el Gran Premio del Jurado en Venecia denunciando el asesinato de la niña palestina Hind Rajab.
España es especialmente relevante en esta red de apoyo, ya que festivales como el Festival de Cine Europeo de Sevilla, el FICX de Gijón, el Festival de Huelva, el Zinemaldia de San Sebastián y el Festival de Sitges se han posicionado como espacios de resistencia cultural acogiendo cine político y obras prohibidas.
La importancia del cine independiente en la denuncia
El caso de Mora evidencia la tensión creciente entre creadores independientes y sistemas de control cultural. La cancelación de Matar a un hombre en La Habana coincide con patrones documentados por organizaciones internacionales: censura por motivos políticos, homofobia institucional, desprogramación de contenidos disidentes y persecución de artistas que exponen estructuras de poder.
Estas prácticas también han afectado a otros cineastas cubanos como Carlos Lechuga (Vicenta B.), Yeisy Alpízar, Miguel Coyula o Jose Luis Aparicio, cuyas obras fueron desprogramadas, confiscadas o prohibidas en espacios oficiales.
La proyección de obras censuradas en Europa no solo garantiza visibilidad, sino también archivo, memoria y legitimación internacional. La obra de Mora ya ha sido seleccionada por muestras y escuelas de cine en Madrid, Lisboa, Buenos Aires y Toulouse, confirmando que su película seguirá circulando aunque Cuba intente silenciarla.
El director ha declarado que su objetivo es seguir filmando historias que revelen “las zonas oscuras del poder”. Su reconocimiento en Gerona reafirma que la censura puede encerrar una película en su país, pero no puede detener su camino fuera de él. @mundiario