Hay películas que fueron un acontecimiento el día de su estreno, de las que recordamos el cine en el que las vimos, la cola que tuvimos que hacer, rodeados de una supuesta fraternidad en torno al arte. Acabo de volver a ver Annie Hall (Woody Allen, 1977), después de muchos años de no hacerlo, y no sabría comparar mis emociones de hoy con las de entonces. Supongo que las de aquel momento fueron las de una revelación, pero las de ahora han resultado sorprendentemente frescas, potentes, un abanico amplio de mezclados sentimientos, unas escenas que me han ido tocando de lleno, pulsando las teclas de la risa, de la crítica, y la sentimental. Al final me he sorprendido con un humedecimiento de mis ojos no sé si producido por alguna escondida nostalgia que ahora se me ha destapado, de unos tiempos confusos, nobles y falsos a la vez, ilusionados de una forma adolescente.
Alvin representa al antihéroe, al hombre débil que se esfuerza por mantenerse en una posición genuina. A los ojos del espectador, su sola presencia es una impugnación, un desvelamiento de la mentira de los triunfadores. Las personas con las que se cruza responden a patrones desvirtuadores, a posiciones adulteradas; en este caso, siempre por un culturalismo mal entendido, por un embadurnamiento en la pose intelectual. Su amigo Rob representa todo aquello que lo puede disminuir, hundiéndolo en el pozo de la nula autoestima. Es el hombre guapo y ligón, seguro de sí mismo, exitoso en los terrenos más ansiados por los acólitos de la banalidad. Un hombre sin escrúpulos, sin preguntas inoportunas que no se sabría responder. Representa al hombre que se suma a una corriente vencedora, que tiene taponados los orificios de la nariz ante el hedor a mentira que corroe el tránsito que debe acometer. Finalmente, se convierte en el representante de esa antítesis entre las ciudades de Nueva York y Los Ángeles, entre la intelectualidad —también, muchas veces criticable, por petulante y vacía— y el mundo que entroniza el placer y el entretenimiento como metas del hombre.
Pero, entre esos personajes, aparece Annie, una joven de la que Alvin lentamente se enamora, a la vez que no puede dejar de acercarse a ella, como a todos, desde un espíritu crítico exacerbado. Pese a la intimidad que busca y encuentra en ella, nunca dejará de verla como perteneciente a otro mundo distinto del que se configura en él. Su relación es la de una frágil confluencia constantemente estropeada por los desencuentros nacidos de sus respectivas tendencias indeclinables. Ella es una mujer cándida, susceptible de ser abducida por tantos elementos deslumbradores como la envuelven, como buitres al acecho del descubrimiento de un vacío, de una alienación. Él es el hombre neurótico, inadaptado, que siempre está dispuesto a decepcionarse incluso, a veces, de lo más excelso.
El personaje que, a partir de Annie Hall, transitaría sus comedias, partía de aquel alocado protagonista de situaciones intensamente disparatadas, y que paulatinamente se iría refinando, hasta adquirir cualidades de hombre extremadamente sensible. El mejor precedente de Annie Hall sería una película magnífica, que no dirigió Allen pero que rezuma su personalidad creadora: Sueños de un seductor. Allí empezaba a consolidarse esa actitud de hombre acomplejado, que justifica su disidencia del mundo con un espíritu crítico, hipersensibilizado. Los que entonces nos sumábamos a la progresía, por ser esta congregación la más afín a nuestras inquietudes, y a esa confusión entre nuestras alergias y nuestras impotencias, elevamos a ese hombrecito hasta los altares de nuestros héroes, sobre todo cuando supimos que los ligues que ilustraba en la pantalla tenían lugar en la realidad, y que Diane Keaton podía acoger a un mequetrefe feo y poco estabilizado, pero graciosamente inteligente.
Con el paso de los años, he ido comprobando en Woody Allen una deriva hacia un descarado aburguesamiento. El mobiliario de sus películas empezó a cobrar un destacado protagonismo, sus críticas pasaron de la mordacidad a un maquillaje que moderaba su ya tímida y triste insolencia. La parte desencantada del personaje fue ganando enteros. La posición intelectual se transformó en algo demasiado parecido a la que criticaba. Woody Allen ha construido su cine encerrado en una burbuja de hombres y mujeres burgueses adornados de singularidades supuestamente auténticas. Ha desechado cualquier aproximación al mundo real de los más desfavorecidos, hizo que nos engañáramos como tontos con su cosmética pose de izquierdas.
Pero, en Annie Hall, Allen aún estaba pletórico de su fuerza. Aunque, ya desde el principio, su humor nunca pudo remontar la tristeza de su rostro, la desesperanza de su mirada. Como buen cómico que era nunca reía. Pero, en esas primeras comedias, cuando nos carcajeábamos, lo hacíamos felices de comprobar la contundencia de su atrevida palabra, capaz de desmontar los argumentos falaces. Se ha dicho que Allen siempre ha venido haciendo la misma película, y es en buena medida cierto, salvo excepciones que fue introduciendo, algunas claras como las bergmanianas, Zelig, o después Delitos y faltas, Match point. Pero comprobábamos como, en cada una de sus repetidas películas se iba desgastando, quemando buena parte de sus mejores recursos, hallándose cada vez más escaso de ideas que no solo fuesen ocurrentes, sino que verdaderamente ahondasen en las fibras internas del ser, en aquello que nos interesa.
Sí, en Annie Hall, Allen aún se hallaba en su plenitud. No había terminado de decir todo el cúmulo de lo más importante. En esta película aunaba la comicidad con una mirada más seriamente crítica, a todo lo cual añadía la importancia de la ineludible relación sentimental. Estábamos ante una película casi incesantemente arrolladora. Allen aún se mantenía virgen en muchos de los temas sobre los que incidía su pensamiento, y pudo impactar al espectador con una serie de golpes abrumadores. Era este un Allen casi por estrenar, una obra inaugural y rotunda. Sus ideas se consolidaban en cada escena. Tomaba lecciones de sus admirados Bergman y Fellini y las reelaborada. Imprimía su personalidad en cada fotograma. Arreciaba la crítica y la autocrítica, ese humor triste que arrancaba pensativas carcajadas. Su poder de comicidad era desbordante.
En realidad, cada película de Allen contiene un tremendo pesimismo que es el que se trasluce en el rostro del director. Ni las más hilarantes escenas están exentas de un matiz de melancolía. Aquí —y en tantas otros de sus personajes— Alvi Singer es el prototipo de hombre celoso, acomplejado, inseguro, asqueado del mundo, pero enamoradizo, ocurrente, gracioso, aunque finalmente desesperanzado. Alvin es ridículo, pero como si lo fuera exprofeso, asumiéndolo. Los demás lo son en sí mismos, inconscientes, sin perdón. Y, ¿quiénes son él y ella sino dos seres perdidos en su ignorancia esencial?
La penúltima escena es también recurrente en su filmografía. Denota ese dolor que siente porque la vida no sea como se sueña, aunque también exista la constatación de cierta duda en la pertinencia de algunas de las propias proyecciones. Alvin crea una obra de teatro, en la que se reproduce el momento de su definitiva separación con Annie. Están en una terraza de un bar de Los Ángeles. Él, para recuperarla, ha accedido a visitar ese mundo hollywoodiense que detesta. Busca una reconciliación, pero no es posible en la realidad, aunque sí en la obra de teatro. Así, el arte se reafirma como alternativa a una vida cruelmente imperfecta, a menudo descorazonadora, aunque, por momentos, tan bella. Pero las comedias de Allen no pueden mentir, al final confiesan la urdida patraña, revelan la finitud de cualquier entusiasmo, la endeblez de cualquier perfección. Así es, o así fue, y aún podemos rememorarlo volviendo a sus primeras obras, tan risueños como emocionados. @mundiario


