Crítica a Echo Valley: cuando tienes una buena premisa, pero mal ejecutada

Póster de Echo Valley. / RR SS
Ya se encuentra disponible en Apple TV+ la película Echo Valley, un thriller emocional cargado de tensión familiar, culpa y protagonizado por Julianne Moore y Sydney Sweeney, la película promete una historia poderosa, pero...

La película arranca con fuerza: Kate (Julianne Moore) vive en un rancho semiderruido, rodeada de caballos, deudas y un duelo que la atraviesa tras perder a su esposa. A esa existencia silenciosa y herida regresa su hija Claire (Sydney Sweeney), una joven con problemas de adicción, una actitud inestable y un pasado cargado de decisiones cuestionables.

En un giro repentino, Claire aparece ensangrentada y le pide a su madre que le ayude a ocultar el cuerpo de un hombre. A partir de ahí, se desarrolla una historia que mezcla el drama familiar con el suspense criminal, y que pone sobre la mesa dilemas morales sobre hasta qué punto se puede proteger a alguien que amas, incluso cuando sus actos resultan indefendibles.

El guion, firmado por Brad Ingelsby (Mare of Easttown), tenía ingredientes de sobra para una gran historia: trauma, secretos, un entorno rural inhóspito y personajes con cicatrices emocionales profundas. Sin embargo, el desarrollo se desinfla conforme avanza el metraje. Lo que podría haber sido un thriller psicológico potente se convierte en un ejercicio deslavazado, con giros poco creíbles y una estructura narrativa que pierde cohesión.

Julianne Moore está impecable, como siempre. Su interpretación es intensa, contenida y profundamente dolorosa. Lleva sobre los hombros el peso emocional de la película, y aunque el guion no le da margen para una evolución clara, ella logra dotar a su personaje de matices y humanidad.

Sydney Sweeney también brilla, aunque el papel de hija problemática no le permite tanto juego. Su personaje es más funcional que complejo: sirve como catalizador del drama, pero nunca termina de estar desarrollado como figura autónoma. Lo mismo ocurre con Jackie, el traficante interpretado por Domhnall Gleeson, que empieza como un villano intrigante y termina desdibujado por un guion que opta por el atajo fácil.

El mayor problema de Echo Valley llega en su recta final. Cuando el espectador espera un clímax emocional o narrativo, la película se desvía hacia resoluciones abruptas y poco verosímiles. El conflicto principal se resuelve de forma casi milagrosa, con un giro de guion que parece sacado de otro proyecto. La hija, que debería ser pieza clave del desenlace, desaparece prácticamente de escena, y lo que queda es un intento torpe de cierre simbólico que no resulta ni catártico ni convincente.

Es una pena, porque había una base sólida para construir un drama emocional con tintes oscuros, al estilo de Prisoners o Leave No Trace. Pero Echo Valley se queda a medio camino entre el thriller, el melodrama y el cine contemplativo, sin llegar a destacar realmente en ninguna de esas vertientes.

Echo Valley no es una mala película en esencia, pero sí es una obra fallida. Tiene actuaciones memorables, una atmósfera cuidada y un punto de partida prometedor. Sin embargo, su ejecución desordenada, un guion que pierde fuerza a medida que avanza y un desenlace débil terminan por empañar el conjunto. Es una propuesta que se deja ver, pero que deja un regusto amargo: el de lo que pudo ser y no fue. @mundiario