Subvenciones convertidas en acciones: el experimento de Trump para revitalizar Intel

El secretario de Comercio de EE UU, Howard Lutnick y el presidente Donald Trump. /White House
Tras semanas de tensiones entre la Casa Blanca y la tecnológica, la Administración republicana evalúa un movimiento inédito que transformaría ayudas gubernamentales en el 10% de la participación de la empresa.

Las semanas de tensión entre la Administración del presidente Donald Trump, y el atribulado gigante de los semiconductores Intel ha dado un giro inesperado. Tras los roces provocados por la exigencia presidencial de destituir a su consejero delegado, Lip-Bu Tan, el Gobierno de Estados Unidos estudia ahora convertirse en accionista del fabricante de chips, en un intento de reimpulsar a la compañía y garantizar el liderazgo tecnológico del país.

De concretarse, el plan supondría que Washington se hiciera con cerca del 10% de la participación mediante la conversión en capital de las subvenciones concedidas durante la Administración Biden bajo la Ley de Chips y Ciencia. Se trata de un mecanismo inédito que transformaría recursos originalmente diseñados como ayudas no reembolsables en participación accionaria, lo que implicaría un cambio en la política industrial de Estados Unidos.

Para Intel, la noticia ha tenido un efecto inmediato en los mercados. Sus acciones subieron alrededor de un 10% en la apertura de Wall Street tras conocerse la posibilidad de que el Gobierno federal se convirtiera en su mayor accionista. A esta euforia bursátil se sumó la confirmación de que SoftBank, el conglomerado japonés liderado por Masayoshi Son, invertirá 2.000 millones de dólares en la compañía, reforzando la apuesta internacional por el papel de Intel en el auge de la inteligencia artificial.

El movimiento también responde a tensiones políticas recientes. A comienzos de mes, Trump pidió públicamente la dimisión de Lip-Bu Tan por presuntos conflictos de interés por sus vinculos con China. Sin embargo, tras un encuentro en la Casa Blanca, las diferencias parecieron suavizarse y se abrió paso la idea de una colaboración más estrecha entre el Gobierno y la empresa, con la inversión accionaria como posible desenlace.

Los argumentos oficiales, según declaraciones del secretario de Comercio Howard Lutnick, giran en torno a un principio de “retorno justo” para los contribuyentes de lo que consideraba la entrega de dinero por parte del Gobierno de Biden. “No se trata de regalar subvenciones, sino de transformarlas en acciones que beneficien al pueblo estadounidense”, explicó. Lutnick subrayó además que la eventual participación sería de carácter pasivo, sin derecho a voto, descartando, de momento, cualquier intento de control directo sobre la gestión de Intel.

El trasfondo es la carrera mundial por los semiconductores. Estados Unidos busca reimpulsar su capacidad de fabricación frente a la hegemonía de Asia y la presión competitiva de empresas como TSMC y Samsung. Intel, que durante décadas lideró la industria, ha perdido terreno en tecnologías de vanguardia y acumula retrasos en proyectos estratégicos, incluido el megaproyecto de fábricas en Ohio. Para la Administración Trump, revitalizar a la compañía representa una oportunidad de reforzar su estrategia de reindustrialización nacional.

En paralelo, la inyección de capital privado desde SoftBank apunta a un interés creciente por integrar a Intel en la ola expansiva de la inteligencia artificial. La compañía japonesa, dueña de Arm Holdings, ve en la experiencia de Intel en fabricación una oportunidad para ampliar su papel en la producción de chips destinados a entrenar y ejecutar modelos de IA para compitir directamente con Nvidia.

Las dudas, sin embargo, permanecen. Los críticos señalan que la entrada del Estado en el accionariado de Intel podría distorsionar la competencia o retrasar reformas internas necesarias para la recuperación de la empresa. Además, aún no está claro si la participación accionaria será suficiente para revertir años de declive tecnológico y pérdidas sostenidas.

El propio Tan ya había reconocido que Intel no expandirá capacidad de fabricación avanzada hasta asegurar compromisos firmes de clientes, lo que genera incertidumbre sobre la rapidez con la que podría recuperar el liderazgo en la industria. Para algunos analistas, la iniciativa de Trump es tanto un gesto político frente a China y Biden como una apuesta estratégica para devolver protagonismo a Estados Unidos en un sector crítico.

Lo cierto es que, tras semanas de tensión y especulación, Intel ha pasado de estar bajo amenaza a colocarse en el centro de un ambicioso proyecto de rescate y relanzamiento. Con los mercados respondiendo de forma positiva y con capital fresco a la vista, el gigante de los chips encara una nueva etapa en la que el Estado podría convertirse en socio silencioso, pero decisivo, en su futuro inmediato. @mundiario