Cómo las ballenas se reparten los recursos para coexistir en un océano que se calienta

Ballena minke. / Pixabay
Un estudio de casi tres décadas en el Atlántico Norte revela cómo varias especies han ajustado su dieta y su uso del ecosistema para adaptarse a la presión combinada del cambio climático y la actividad humana.

El calentamiento del Atlántico Norte altera de forma silenciosa pero profunda las reglas de convivencia en el océano. A medida que suben las temperaturas del agua, disminuye el hielo marino y cambian las corrientes, también se transforman las cadenas tróficas.

En ese contexto, un estudio publicado en Frontiers in Marine Science aporta una de las evidencias más sólidas hasta ahora de cómo distintas especies de ballenas pueden reorganizar su forma de alimentarse para coexistir bajo condiciones ambientales cada vez más exigentes.

La investigación se centra en el golfo de San Lorenzo, en Canadá, una zona clave de alimentación estacional para numerosas especies de cetáceos. Allí, científicos analizaron durante 28 años la dieta de tres rorcuales —ballena azul no incluida, sino rorcual común, ballena jorobada y ballena minke— con el objetivo de entender cómo han respondido a los cambios climáticos y a la creciente presión humana en la región.

El concepto central del estudio es el de partición de recursos, un mecanismo ecológico mediante el cual especies que comparten un mismo espacio reducen la competencia directa diversificando qué comen, cuándo lo hacen o en qué zonas se alimentan.

Según la autora principal, Charlotte Tessier-Larivière, el aumento reciente de esta partición entre las ballenas del golfo sugiere que los recursos se han vuelto más limitados y que la competencia, tanto entre especies como dentro de ellas, se ha intensificado.

Para llegar a estas conclusiones, los investigadores reunieron 1.110 muestras de piel de ballenas recolectadas entre 1992 y 2019. A partir de ellas, analizaron las proporciones de isótopos estables de nitrógeno y carbono, una técnica ampliamente utilizada en ecología marina para inferir la dieta de los animales y su posición en la red alimentaria. El largo periodo de estudio permitió comparar tres fases climáticas diferenciadas: una etapa más fría en los años noventa, otra intermedia en la década siguiente y una claramente más cálida en los años 2010.

Los resultados muestran un patrón claro: con el paso del tiempo, todas las especies estudiadas han tendido a consumir más peces y a depender menos del kril ártico, cuya abundancia parece haber disminuido en el Atlántico Norte.

El rorcual común, por ejemplo, pasó de una dieta dominada por kril en los años noventa a una basada en peces como el capelán, el arenque o la caballa, y más tarde a presas como el lanzón y el kril del norte. Las ballenas jorobadas mantuvieron una dieta relativamente especializada en ciertos peces, mientras que las minke mostraron mayor flexibilidad, compartiendo recursos con las otras especies pero ajustando su nicho con el tiempo.

Un aspecto clave del estudio es el análisis del solapamiento de nicho, es decir, hasta qué punto distintas especies dependen de los mismos recursos.

En periodos de mayor abundancia, ese solapamiento fue alto; cuando los recursos se volvieron más escasos, las ballenas redujeron ese solapamiento diversificando su alimentación. Este patrón refuerza la idea de que el ecosistema del golfo sigue siendo productivo, pero ya no de forma homogénea, lo que obliga a las especies a repartirse el “menú” disponible.

A pesar de la mayor competencia, los investigadores no observaron un fenómeno de exclusión competitiva, en el que una especie desplaza a otra hasta hacerla desaparecer de un área. Por el contrario, el estudio sugiere que la diversidad de presas y la capacidad de las ballenas para moverse y adaptarse en espacio y tiempo han favorecido la coexistencia. Es un ajuste dinámico, no exento de tensiones, pero que hasta ahora ha evitado un colapso en la convivencia entre estas grandes consumidoras del océano.

El trabajo también reconoce sus limitaciones. El análisis isotópico no siempre permite distinguir con precisión entre especies de presas similares, ni determinar exactamente dónde y cuándo se produjo la alimentación.

Aun así, el tamaño de la muestra y la duración del seguimiento convierten al estudio en una referencia poco habitual para entender cambios a largo plazo en la ecología alimentaria de las ballenas.

En conjunto, la investigación aporta una imagen matizada de cómo el cambio climático ya está influyendo en la vida de los grandes cetáceos del Atlántico Norte. Más que una historia de colapso inmediato, describe un proceso de adaptación progresiva, basado en la redistribución de recursos y en la flexibilidad ecológica. @mundiario