El comercio de vida silvestre fomenta el salto de patógenos: un riesgo para la salud global

Foto de un pangolín. / Servicio de Pesca y Vida Silvestre de los Estados Unidos (FWS)
Un estudio internacional confirma con cifras lo que durante años fue una sospecha: el comercio de animales salvajes multiplica las probabilidades de transmisión de virus, bacterias y parásitos a los humanos.

El comercio de vida silvestre —legal e ilegal— ha sido durante décadas un fenómeno difícil de medir en términos de impacto sanitario. Sin embargo, un nuevo estudio publicado en la revista Science aporta una base empírica sólida: tras analizar 40 años de datos globales, concluye que las especies de mamíferos implicadas en este mercado tienen un 50% más de probabilidades de compartir patógenos con los seres humanos.

La investigación, liderada por la Universidad de Lausana, convierte en evidencia cuantificable una preocupación que había ganado visibilidad tras crisis como la pandemia de la covid-19.

El comercio de animales salvajes abarca desde mascotas exóticas hasta productos derivados como pieles, cuernos o carne. Según los investigadores, afecta aproximadamente a una cuarta parte de todas las especies de mamíferos del planeta. En ese flujo constante de captura, transporte y venta se producen múltiples puntos de contacto entre humanos y animales, creando un entorno propicio para el intercambio de microorganismos.

El estudio no se limita a describir el fenómeno, sino que lo mide. Al cruzar datos de comercio internacional —tanto legal como ilegal— con bases de datos sobre relaciones entre hospedadores y patógenos, los científicos identificaron un patrón claro: las especies comercializadas tienen 1,5 veces más probabilidades de transmitir agentes infecciosos a los humanos que aquellas que no participan en este mercado.

Uno de los hallazgos más relevantes es el papel del tiempo. Cuanto más tiempo permanece una especie dentro del circuito comercial, mayor es el número de patógenos que comparte con los humanos. En promedio, cada década en el mercado añade un nuevo agente infeccioso al repertorio compartido.

Este dato sugiere que el riesgo no es estático, sino acumulativo. A medida que aumenta la exposición —ya sea en mercados, criaderos o cadenas de suministro— también lo hace la probabilidad de que un virus, bacteria o parásito cruce la barrera entre especies.

El papel de los animales vivos y el comercio ilegal

El riesgo se intensifica cuando los animales se comercializan vivos, especialmente como mascotas exóticas. En estos casos, el contacto directo con humanos es más frecuente y prolongado. A ello se suma el comercio ilegal, que suele escapar a controles sanitarios y regulaciones, lo que multiplica la incertidumbre sobre las condiciones de transporte y manejo.

Los investigadores subrayan que el peligro no reside tanto en el producto final —por ejemplo, una prenda de piel— como en las etapas iniciales del proceso: captura, manipulación, hacinamiento y traslado. Es en esos momentos donde se concentran las oportunidades de transmisión.

El estudio sitúa el comercio de vida silvestre en la intersección entre la ecología y la salud pública. Tradicionalmente, este fenómeno se ha abordado desde la conservación —especialmente por su impacto en la biodiversidad y el riesgo de extinción—. Sin embargo, los resultados refuerzan la idea de que también constituye un problema sanitario global.

Casos como el brote de viruela del mono en Estados Unidos en 2003, vinculado a animales vendidos como mascotas, ilustran cómo estos intercambios pueden desencadenar episodios epidémicos. La pandemia de la covid-19, aunque aún objeto de debate en cuanto a su origen exacto, también puso el foco sobre los mercados de animales vivos (especialmente entre pangolines y murciélagos).

El principal marco internacional que regula el comercio de especies, el convenio CITES, está orientado a evitar la sobreexplotación y la extinción, pero no aborda de forma directa el riesgo sanitario. Esta laguna regulatoria deja sin cobertura un aspecto clave: la vigilancia de patógenos en animales comercializados.

Los autores del estudio plantean la necesidad de reforzar los sistemas de biosupervisión, tanto en animales vivos como en productos derivados. Detectar de forma temprana agentes infecciosos permitiría evaluar su potencial de transmisión antes de que se conviertan en una amenaza mayor.

Más allá de casos concretos, el estudio apunta a un problema estructural: el aumento del comercio global de vida silvestre en las últimas décadas ha incrementado exponencialmente las oportunidades de contacto entre especies. Redes de transporte más rápidas, mercados digitales y una demanda creciente —impulsada en parte por tendencias culturales y redes sociales— han ampliado el alcance de este fenómeno. @mundiario