El ataque al reactor de Arak: ¿cómo afectan los bombardeos de Israel al programa nuclear de Irán?

El reactor de agua pesada de Arak en Irán. / RR.SS
El ejército israelí ha atacado el reactor de agua pesada de Arak para imposibilitar la producción de plutonio, una alternativa al uranio para fabricar una bomba atómica.

La reciente ofensiva aérea de Israel contra el reactor de agua pesada de Arak en Irán ha situado nuevamente el foco sobre este complejo y su papel en el controvertido programa nuclear iraní. Si bien la atención internacional suele centrarse en las actividades de enriquecimiento de uranio, el reactor de Arak representa otra vía potencial hacia la fabricación de armas nucleares, mediante la producción de plutonio. Con este ataque, Israel apunta directamente a desmantelar esa alternativa.

La Fuerza Aérea israelí lanzó una serie de bombardeos coordinados durante la madrugada del jueves, en el marco de una campaña más amplia contra instalaciones militares y nucleares en Irán. Según las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), más de 40 aviones participaron en la ofensiva, lanzando al menos 100 municiones sobre objetivos en Teherán, Isfahán, Natanz y Arak. El ataque sobre este último buscó inutilizar el componente esencial del reactor diseñado para la producción de plutonio, en un intento de imposibilitar su uso futuro para fines militares.

Teherán confirmó que dos proyectiles impactaron en el complejo de Arak, aunque no detalló el alcance de los daños. En su defensa, afirmó que el reactor aún no estaba operativo —su puesta en marcha estaba prevista para el próximo año— y que su diseño estaba orientado a propósitos civiles. Sin embargo, informes anteriores del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) advertían de que, sin modificaciones adecuadas, la instalación podría generar aproximadamente 9 kilogramos de plutonio al año, suficiente para fabricar una bomba atómica.

Israel justificó el ataque argumentando que el reactor, aunque incompleto, constituía una amenaza estratégica inminente. Las autoridades israelíes subrayaron que el uso de agua pesada —que permite la producción de plutonio como subproducto del proceso de fisión— representa un riesgo de proliferación nuclear que no puede ser ignorado. En ese sentido, el reactor de Arak es visto como una vía paralela al enriquecimiento de uranio, que permitiría a Irán avanzar en un programa nuclear militar bajo una fachada científica.

Este ataque se enmarca dentro de la cruzada israelí para eliminar las capacidades atómicas de Irán. En ofensivas previas, Israel también ha alcanzado instalaciones clave en Natanz, incluyendo la planta subterránea de enriquecimiento y su centro piloto de centrifugado (PFEP), este último ha sido completamente destruido según el director del OIEA, Rafael Grossi. Además, se reportaron daños severos a la infraestructura eléctrica y de respaldo, lo que podría haber afectado miles de centrifugadoras. En Isfahán, los ataques alcanzaron centros de conversión de uranio y laboratorios de metalurgia, piezas clave en la fabricación del núcleo de una bomba.

El impacto acumulado de estos ataques es significativo. Diversas agencias y expertos internacionales sugieren que el programa nuclear iraní ha sufrido retrocesos sustanciales. La pérdida de instalaciones técnicas, la posible eliminación de científicos —al menos 14 habrían muerto, según los informes regionales— y el deterioro de infraestructura crítica afectan directamente la capacidad de Irán para enriquecer uranio o producir plutonio en el corto plazo, pero todavía no supone un impedimento para nuevas reactivaciones.

Sin embargo, el ataque también ha generado consecuencias políticas y estratégicas. Irán ha prometido tomar “medidas no declaradas” para proteger su material nuclear y ha amenazado con reducir su cooperación con el OIEA. En paralelo, el Parlamento iraní evalúa abandonar el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), en un giro que replicaría la estrategia seguida por Corea del Norte en su momento.

La incertidumbre sobre el futuro inmediato del programa nuclear iraní aumenta con cada golpe asestado. Según estimaciones de la agencia atómica de la ONU, Irán posee suficiente uranio enriquecido al 60% como para fabricar hasta nueve bombas nucleares, además de contar con reservas de uranio de menor enriquecimiento que podrían servir para más. A esto se suma el hecho de que el organismo internacional ha perdido la “continuidad del conocimiento” sobre la producción de agua pesada en Arak, debido a las restricciones impuestas por Teherán.

La operación militar de Israel ha cruzado una nueva línea: ya no se limita a sabotajes encubiertos o ataques quirúrgicos, sino que se orienta a desmantelar físicamente los componentes fundamentales del programa nuclear iraní. La magnitud de los ataques y el número de objetivos afectados está diseñada para impedir a largo plazo cualquier capacidad de Teherán para desarrollar un arma nuclear.

La pregunta que persiste es hasta qué punto este tipo de acciones podrán detener definitivamente los avances nucleares de Irán, o si solo los empujarán hacia una postura más clandestina, menos cooperativa y más decidida a dotarse de capacidad armamentista. Mientras tanto, la región se aproxima peligrosamente a una confrontación prolongada, con consecuencias imprevisibles tanto para la estabilidad estratégica como para el equilibrio en Oriente Próximo. @mundiario