Valencia un año después de la dana: la memoria del dolor y la herida que sigue sin cerrarse

Puente tras el paso de la dana en Paiporta, en Valencia. / @VOX_Paiporta
La Comunitat Valenciana encara el primer aniversario de la tragedia con avances parciales en la reconstrucción y un sentimiento colectivo de duelo que sigue sin disiparse por las 229 víctimas mortales.

Un año después de que la dana transformara en un lodazal el corazón de la provincia de Valencia, la reconstrucción continúa, pero el tiempo no ha sido suficiente para desvanecer las cicatrices. Las calles, los hogares y las conciencias de los afectados siguen luchando por recuperar una normalidad que parece esquiva. Mientras las instituciones celebran homenajes oficiales y funerales de Estado, los vecinos reclaman soluciones y coordinación ante una reconstrucción que avanza a paso lento.

El proceso de recuperación ha estado marcado por la falta de coordinación entre administraciones. A diferencia de lo ocurrido en otras tragedias, no se constituyó una comisión mixta entre el Gobierno central y la Generalitat Valenciana. Ambas administraciones emprendieron planes paralelos sin una hoja de ruta común, lo que ha derivado en retrasos, solapamientos y una sensación generalizada de abandono institucional.

El Ejecutivo del president de la Generalitat, Carlos Mazón, puso en marcha un plan de reconstrucción con 339 medidas y una inversión prevista de 29.000 millones de euros, de los cuales 12.600 deberían proceder del Estado. Hasta ahora, la Generalitat ha ejecutado 2.500 millones, mientras que el Gobierno central ha comprometido 16.600 millones en ayudas, con un grado de ejecución que ronda la mitad. Sin embargo, la falta de cooperación entre el vicepresidente valenciano, el general Francisco Gan Pampols, y el comisionado estatal ha dejado al proceso en tierra de nadie.

Buena parte de las ayudas se han canalizado directamente hacia los ayuntamientos, muchos de ellos pequeños y con estructuras administrativas limitadas. El resultado ha sido un cuello de botella en la gestión: tienen los fondos, pero carecen de personal técnico para tramitar proyectos y licitaciones. Según datos oficiales, solo el 12 % de los proyectos presentados a Tragsa —la empresa pública encargada de la redacción de memorias y dirección de obras— están en ejecución efectiva.

Las heridas visibles: viviendas, ascensores y colegios

Alcaldes como Guillermo Luján (Aldaia) y Vicent Císcar (Paiporta) piden más margen y herramientas ágiles. En municipios como Benetússer o Alfafar, la recuperación abarca hasta el 70 % del tejido urbano y requiere apoyos externos para avanzar. Los plazos para justificar los fondos europeos vencen en febrero y la preocupación crece ante la posibilidad de perder parte de las ayudas.

El balance de daños sigue siendo desolador. Según el Instituto Valenciano de la Edificación, más de 11.000 edificios residenciales sufrieron algún tipo de daño estructural y más de 300 necesitan demolición total. Torrent, Paiporta, Picanya y Catarroja encabezan la lista de localidades más afectadas.

El problema se repite en colegios y centros públicos. De los 115 centros educativos dañados, ocho siguen funcionando en aulas prefabricadas. Los retrasos en las obras y la lentitud administrativa han provocado malestar en la comunidad educativa, que exige infraestructuras adaptadas a los nuevos riesgos climáticos. “Tardaremos años en volver a la normalidad”, reconocen los alcaldes de L’Horta Sud.

La recuperación psicológica: la herida invisible

Pero la reconstrucción más difícil es la emocional. Las secuelas psicológicas de la catástrofe siguen muy presentes. La saturación del sistema público de salud mental ha obligado a muchas familias a recurrir a terapias privadas, con costes inasumibles para la mayoría.

Asociaciones de víctimas denuncian la falta de acompañamiento psicológico y piden que se amplíen los recursos en salud mental. Para muchos afectados, volver a la rutina —el colegio, el trabajo, el deporte— ha sido la única forma de recuperar un sentido de normalidad.

Pero la dana también dejó lecciones que ahora empiezan a aplicarse. Muchas comunidades de vecinos han adoptado protocolos de emergencia, revisado pólizas de seguros y aprendido medidas básicas de autoprotección. En ese sentido, el Instituto Valenciano de la Edificación trabaja en la elaboración de mapas de riesgo y guías para reforzar edificaciones en zonas inundables.

En materia hidráulica, la Confederación Hidrográfica del Júcar ha iniciado las obras de encauzamiento del barranco de La Saleta, en Aldaia, pero aún no se ha avanzado en el polémico proyecto del barranco del Poyo, cuya paralización pudo agravar los efectos de la catástrofe. La alcaldesa de Valencia, María José Catalá, advierte de que cualquier intervención deberá aumentar la capacidad del nuevo cauce del Turia para no poner en riesgo a la capital.

Un duelo colectivo que no termina

El aniversario de la tragedia ha estado marcado por un doble tono: la solemnidad del funeral de Estado —presidido por los Reyes en la Ciutat de les Arts i les Ciències— y la protesta ciudadana en las calles de Valencia, donde miles de personas reclamaron responsabilidades políticas al grito de “Ni oblit, ni perdó”. Para las familias de las 229 víctimas, el duelo sigue abierto. El barro se ha ido, pero el vacío permanece.

Un año después, la Comunitat Valenciana avanza en su reconstrucción entre la resiliencia y la frustración. La dana no solo destruyó infraestructuras: desnudó las carencias de un modelo de gestión de emergencias que, sin coordinación y planificación, multiplica el sufrimiento. @mundiario