La sombra del laboratorio sobre el brote de peste porcina en Barcelona

Un camión cargado con cerdos. / RR. SS.
La aparición de jabalíes infectados a pocos metros del CReSA ha desatado dudas que van más allá de la coincidencia. Los ensayos con cepas del virus en esas mismas fechas y las condiciones del laboratorio en obras han abierto un debate urgente sobre bioseguridad y transparencia científica.

La aparición de jabalíes infectados a escasos cientos de metros del Centro de Investigación en Sanidad Animal de Bellaterra ha sacudido el tablero. No es habitual que un virus tan letal para cerdos y jabalíes, pero inofensivo para humanos, se manifieste justo donde se trabaja con él. Esa coincidencia explica por qué la hipótesis de un posible escape —aún sin pruebas concluyentes— se ha abierto paso en la conversación pública.

El Ministerio de Agricultura se permitió insinuarlo tras constatar que la variante detectada en los animales presentaba un parentesco estrecho con la cepa Georgia 2007, responsable de la actual pandemia porcina europea. España había logrado esquivar este virus durante años, lo que hace que el hallazgo repentino suene, como mínimo, a una campana disonante.

No se trata de acusar sin fundamento. Se trata de comprender por qué un laboratorio en obras, sin doble vallado y trabajando con material altamente sensible, se convierte en el epicentro natural de las preguntas.

Entre agujeros de queso y protocolos impecables

Los expertos en gestión de riesgos suelen recurrir a la metáfora del queso suizo para ilustrar cómo los accidentes son la alineación improbable de fallos pequeños. El CReSA, según sus propios documentos, operaba bajo protocolos estrictos. Doble filtración del aire, descontaminación química de residuos, duchas obligatorias y un nivel de bioseguridad que sobre el papel parecía infranqueable.

Pero la teoría del queso recuerda que ningún sistema es perfecto. Incluso los mejores laboratorios dependen en última instancia del factor humano, ese elemento que no se puede esterilizar. Y la historia reciente del propio centro, con episodios internos que revelan fallas en el control y la supervisión, demuestra que la excelencia técnica convive con la vulnerabilidad humana.

¿Significa eso que hubo una fuga? No necesariamente. Significa que la duda es legítima cuando los tiempos, los ensayos y los lugares coinciden como piezas que encajan sin esfuerzo.

La necesidad de una transparencia valiente

Mientras algunos sectores claman por responsabilizar de inmediato al laboratorio, otros científicos recuerdan que aún hay hipótesis alternativas. Desde errores en la cadena alimentaria hasta la llegada de un producto contaminado, como ya ocurrió en Cerdeña en los años setenta. Frente a un virus resistente en el ambiente, conviene no descartar ningún escenario.

Sin embargo, lo que sí está claro es que la respuesta institucional ha sido menos ágil que la expansión de las sospechas. La opacidad alimenta narrativas tóxicas y erosiona la confianza pública en la investigación científica, que es precisamente uno de los pilares que necesitamos reforzar. La ciencia no solo debe ser segura, también debe ser capaz de demostrar que lo es.

La solución no pasa por señalar con el dedo sin pruebas, sino por establecer mecanismos de auditoría independientes, reforzar los sistemas de vigilancia y asumir que la sociedad exige explicaciones completas. Cuando la ciudadanía entiende los riesgos y las decisiones, desaparece el caldo de cultivo para el alarmismo y se construye un suelo sólido para el debate democrático.

Este caso no debe resolverse con silencios, sino con datos, investigación rigurosa y un compromiso real con la verdad. Solo así evitaremos que los agujeros del queso vuelvan a alinearse en el futuro. @mundiario